La Revista Peninsular, Edición 405
25 de Julio de 1997. Mérida, Yucatán, México
La nueva tragedia de YucatánCervera Pacheco, el nuevo "Niño Fidencio"
Eduardo Menéndez
"No se puede entender la historia de la Revolución Mexicana sin el talento polémico de Cabrera, su visión crítica y su espíritu creador" -Felix Palavicini
Hace exactamente 56 años, el 28 de julio de 1941, uno de los tres más grandes libres pensadores que ha dado México -don Luis Cabrera- escribió y publico en la revista Hoy, con el titulo de "Leed", el artículo que a continuación reproducimos. Este mismo escrito sirvió como prólogo al libro del licenciado Gustavo Molina Font: "La Tragedia de Yucatán".
Por la asombrosa similitud que guarda con la realidad política que vive el Yucatán actual, LA REVISTA Peninsular aprovecha la ocasión del sexto y último informe constitucional de Víctor Cervera Pacheco como gobernador del Estado, para hacer un llamado a todos los sectores sociales de México, y en especial al Presidente de la República, para reflexionar sobre la responsabilidad que pesa sobre nosotros por haber permitido y tolerado que un simple mortal haya ocasionado el dramático daño que a Yucatán ha hecho Víctor Cervera Pacheco durante las ultimas dos décadas.
Al artículo de don Luis Cabrera que a continuación damos a conocer, sólo habría que cambiarle el nombre del general Lázaro Cárdenas del Río por el de Víctor Cervera Pacheco para actualizarlo con el Yucatán del presente. Así pues, con el solo agregado entre paréntesis del nombre del Gobernador en cada ocasión que se le menciona a Lázaro Cárdenas, el escrito bien pudo haber sido redactado por cualquier yucateco libre y sin compromisos, el mismo día de hoy. Valga la explicación.
LEED
Por Luis Cabrera
El general Cárdenas (Cervera Pacheco), el gobernante más impreparado, más ignorante, y más audaz que ha tenido México, podría llamarse el "Niño Fidencio" de la política.
Recordaréis, sin duda, al "Niño Fidencio", aquel merolico audaz, que sin tener nociones de patología, ni siquiera idea de la anatomía humana, ni sospecha de las funciones fisiológicas del cuerpo, recorría el país ejerciendo la medicina trashumante. Y curaba la onchocercosis con emplastos de boñiga de vaca sobre los ojos; y la sordera con taponcitos de pápalo-quelite; y las jaquecas con chiqueadores de papel de periódico "independiente"; y la histeria con pases de pecho; y la dispepsia con pildoritas de alfalfa.
Pero el mal que el "Niño Fidencio" hiciera a sus pacientes es lo de menos. Lo más notable de su carrera fue la cantidad de gente que llegó a creer en él, y que emprendió largas peregrinaciones para ir a consultarlo. Y no solamente los indígenas ignorantes, sino hombres cultos, hombres inteligentes, hombres ricos, hombres poderosos, primates de nuestro medio, y hasta un director de una Facultad de Medicina conocí yo que acudieron a él, para ellos mismos o para personas de su familia. Y no revelo sus nombres porque constituiría ahora una verdadera difamación el que se supiera que habían llegado a tomar en serio al "Niño Fidencio", y habían ido a consultarlo.
Cosa semejante ha pasado con el general Cárdenas (Víctor Cervera Pacheco).
No sée quién, ni cómo, le otorgó un título de Presidente de la República (gobernador del Estado), y aunque no supiera de historia de México, ni nociones de sociología, ni principios de economía, ni de política (democracia), se puso a ejercer su gobierno trashumante y a recorrer la legua, entre apóstol y merolico, pretendiendo curar todos los achaques de nuestra pobre patria con una panacea, de procedencia rusa, que a la sazón estaba anunciada y recomendada por su virtud maravillosa de hacer feliz a todo pueblo que la tomara: el comunismo.
Lo que costó al país la parte comunista es la parte trágica.
Pero la parte cómica, por cierto la más dolorosa, desde el punto de vista moral e intelectual de nuestro medio, es que haya habido gente que de buena fe llegara a creer que el general Cárdenas (Cervera Pacheco) fuese realmente un estadista.
Hay que releer la prensa de aquella época, 1937, 1938 y 1939, cuando el general Cárdenas estaba en el apogeo de su fama y recorría el país desde La Laguna hasta Yucatán ejerciendo su magisterio, para comprender el grado de abyección a que fuimos capaces de llegar.
A cada utopía comunista, a cada acto de destrucción, a cada disparate gubernamental, a cada ridículo internacional, se levantaba un "respaldo" en forma de coro de elogios superlativos.
¡Oh!, el redentor de los proletarios, más grande que Marx.
¡Oh!, el creador de una nueva patria, más grande que Cuauhtémoc.
¡Oh!, el héroe de nuestra verdadera independencia -la económica- más grande que Hidalgo y que Morelos.
¡Oh!, el padre de los indios, más santo que Motolinía y que don Vasco de Quiroga.
¡Oh!, el revolucionario iluminado, más grande que Madero.
¡Oh!, el benemérito de las Américas, más grande que Juárez.
¡Oh!, el internacionalista de gran envergadura, más grande que Bolívar.
Etcétera, etcétera, etcétera.
Bien está que los periódicos oficiales por obligación, o los empleados públicos por necesidad, o los diputados y senadores por disciplina, o los magistrados de la Suprema Corte por solidaridad, o los líderes por conveniencia, o los lambiscones por abyección, formaran parte de ese coro de alabanzas y apretaran filas para respaldar los disparates de su jefe.
Pero, ¿y los demás?
Porque hubo hombres honrados, cultos, inteligentes, ricos, independientes, directores de periódicos, gerentes de bancos y de grandes empresas, industriales, con puestos de responsabilidad en la economía del país, que también llegaron a creer en las capacidades políticas del "Niño Fidencio", y que ahora se avergüenzan de haberlo tomado en serio y de haberlo creído un estadista, y de haberle rendido el tributo de sus elogios.
Cuando el general Cárdenas (Cervera Pacheco) fue a destruir a Yucatán y regresó campante de sus hazañas, había que oír las ovaciones, y los vítores y las marchas triunfales en forma de editoriales y de discursos en los mítines y de peroratas en las tribunas del Poder Legislativo con que fue recibido.
Porque había ido a Yucatán a redimir a los mayas de la injusticia de los blancos, a repartir por igual la riqueza de unos dándola a los otros, y sobre todo a establecer un nuevo género de vida en que todo sería abundancia y felicidad.
Leed, leed este libro y sabréis lo que es ahora de Yucatán, en qué condiciones ha quedado después de su famosa "redención".
Leed este libro y sentiréis la responsabilidad que pesa sobre los mexicanos por haber tolerado que nuestro mandatario fuera a destruir la riqueza yucateca.
Leed, y os convenceréis de que la única solución posible y justa que puede hallarse es la de que paguemos los daños causados por la fiera suelta, ayudando a Yucatán a levantarse.
* * * Para poder completar la actualización de este artículo, LA REVISTA sólo le agregaría unas palabras al ultimo párrafo: "Leed , y os convenceréis de que la única solución posible y justa que puede hallarse es la de que paguemos -el gobierno federal- los daños causados por la fiera suelta, llevándoselo de Yucatán para siempre". Decimos. (E.M., Mérida, Yucatán, Méx., julio de 1997)
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