La Revista Peninsular, Edición 451
12 de Junio de 1998. Mérida, Yucatán, México

Primero el diálogo, ahora la intermediación. ¿Qué sigue?

Roger Aguilar Salazar

F

inalmente, el gobierno de Ernesto Zedillo logró su propósito: la desaparición de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), a la que renunció primero su presidente, el obispo de San Cristóbal, Samuel Ruiz García, y tres horas después sus demás integrantes.

Al hacer pública su renuncia a la presidencia de la Conai, don Samuel enumeró las razones por las que la existencia de esa Comisión había perdido su razón de existir: el gobierno había renegado de los acuerdos y del modelo del diálogo que los hicieron posibles al proceder a ejecutar esos acuerdos unilateralmente, desconociendo en los hechos la necesidad de la intermediación.

El Obispo de San Cristóbal enumeró la extensa cadena de agresiones a su persona y a su diócesis por parte del gobierno de Zedillo y de sus subordinados: expulsión injusta de sacerdotes; negación de residencia a agentes de pastoral extranjeros; encarcelamiento de cuatro sacerdotes; cierre de 40 templos (uno de ellos ocupado por el Ejército); órdenes de aprehensión contra sacerdotes, religiosas y misioneros; presiones infructuosas sobre campesinos para que declaren que la diócesis les entrega armas; campañas en los medios de comunicación de tergiversación de las noticias con el fin de crear un clima de linchamiento y, por si fuera poco, la infamia cometida contra ellos por parte del mismo Ernesto Zedillo quien, sin nombrarlos, acusó a Obispo, sacerdotes y catequistas de practicar la "teología de la violencia". Por todo eso, con razón, don Samuel concluyó que la persecución ya no sólo se dirige a su diócesis sino que visualiza a la Iglesia católica de todo el país.

De inmediato, horas después, pese a ser domingo, la Subsecretaría de Asuntos Religiosos de Gobernación tildó al Obispo de San Cristóbal de falaz y doloso, negando que se persiga a toda la Iglesia e insistiendo en que los únicos puestos en la mira del Ejecutivo federal son don Samuel y los sacerdotes de su curia. En su declaración, Gobernación se ufana de las muy cordiales relaciones entre el gobierno y la inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia católica, refrendando su mayor aprecio y consideración a todos los cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes. El único enemigo del gobierno, según Labastida y sus empleados, es Samuel Ruiz, con quien "las diferencias se derivan de que ha utilizado métodos y apoyado acciones que incursionan en el campo de la política, contraviniendo lo que establece la Constitución sobre el particular".

°Cuánta hipocresía en tan breve espacio! °Cuánta mentira! Si de verdad les estuviera vedado a los sacerdotes de nuestro país mantener puntos de vista acerca de cuestiones políticas -no otra cosa significa apoyar acciones "que incursionan (sic) en el campo de la política"-, ni Berlie se pasearía de la mano de Cervera ni lo apoyaría de manera tan vergonzante y vergonzosa, ni ningún sacerdote podría hablar de nada que no fuera de las cuestiones abstractas de la Teología. Todos los tiempos, y no sólo cuando se le ocurra al Arzobispo de Yucatán, serían de callar.

En México no hay día ni ocasión en la que jerarcas eclesiales católicos no hagan pronunciamientos en torno a asuntos políticos de la más diversa índole. Sin embargo, como lo reconoce Gobernación, todos ellos gozan de su más alta consideración. øPor qué entonces el odio hacia Samuel Ruiz? Porque la labor liberadora y pacífica del Obispo -a quien Ernesto Julio Teissier, como vil calumniador, llama "obispo rojo"- y de sus sacerdotes es un gran obstáculo en el que se ha estrellado hasta ahora la estrategia de guerra que gobierno, ejército y gorilas chiapanecos de uniforme llevan a cabo en Chiapas no para llegar a acuerdos sino para aplastar a quienes, desde su pequeñez, osaron rebelarse contra la situación de opresión, injusticia e ilegalidad que les imponen los caciques, los finqueros, los racistas y el régimen autoritario priísta que todavía domina al país.

Para los yucatecos que sufrimos ese mismo autoritarismo en su versión cerverista (que tiene en común con el del cercano Estado del Sureste mexicano su profundo desprecio por la dignidad de nuestros indígenas más pobres al mostrar con gran escándalo publicitario que puede ser comprada en tiempos electorales a cambio de unos cuantos pesos que los mantiene en la políticamente ventajosa, para Cervera y socios, pobreza extrema), la desaparición de la Conai no deja de ser preocupante.

En realidad, la renuncia de Samuel Ruiz y la desintegración voluntaria de la Conai no fue sino la formalización de un hecho: la Comisión prácticamente ya no ejercía función alguna debido a que había sido desconocida de hecho por una de las partes -el gobierno- mientras que la otra, el EZLN, se encerró en un comprensible silencio -del que hasta ahora no sale-, haciéndola por completo inútil. Ahora tendrá la diócesis de San Cristóbal mayor libertad para aportar a la causa de la paz y de la justicia su valiosa contribución.

Pero sin intermediación es imposible el diálogo. Y sin diálogo es imposible una salida negociada en Chiapas. El aplastamiento tal vez sí. Pero, øa qué precio? La situación tiene sus riesgos y sólo la movilización social podrá atajar a las mentes calenturientas que sueñan con la recuperación plena y total del régimen despótico y autoritario de los años sesenta y que son el mayor obstáculo para la salida pacífica en Chiapas.

La paz social para México es única e indivisible. No puede haber represión y encarcelamiento de inocentes en Chiapas o resucitamiento del mapachismo en Yucatán, sin que afecte al resto de la Nación. Don Samuel Ruiz cumplió; ahora nos toca a los demás. Ojalá no fallemos. (R.A.S., Mérida, Yucatán, Méx., junio de 1998)

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