Editorial

T

reinta años después...
la historia se repite

¿No es la historia sino
una fábula aceptada?
Napoleón

"Es natural que el hombre ame a su país y a sus amigos y odie a los enemigos de ambos. Pero al escribir la historia debe prescindir de tales sentimientos y estar dispuesto a alabar a los enemigos que lo merezcan y censurar a los amigos más queridos y más íntimos", aconsejaba Polibio, el más grande historiador —sin ser romano— de la antigua capital del mundo.

Devoto admirador del filósofo griego, nuestro semanario recoge sus enseñanzas en este editorial para salir en defensa de los indispensables organismos de inteligencia mexicanos —civiles y castrenses— que, al margen de las muchas atrocidades cometidas —no pocas veces— en nombre de la seguridad de la Nación, celosamente custodian en sus archivos —para la posteridad— esa memoria histórica que nos permite —como sociedad— evitar repetir los errores del pasado.

El "Treinta años después... la historia se repite" con que titulamos el presente editorial, es el nombre de la recopilación —en esos archivos— de los hechos sucedidos en los lejanos ayeres y la similitud que guardan con el presente.

En efecto, hace treinta años —lo recordamos tal y como si fuera hoy—, siendo director del semanario Por qué? el ahora editor del pasquín diario —Por Esto!— que sirve de vocero oficial a los gobernadores de Quintana Roo y Yucatán —ambos indiciados ¿coincidentemente? como sospechosos de diversos delitos— emprendió una feroz campaña en las páginas de su revista contra el entonces Presidente de la República —lo acusó de intentar secuestrarlo y después matarlo— para distraer así la atención de la opinión publica sobre sus verdaderas actividades al margen del periodismo: la formación de grupos guerrilleros con el propósito criminal de levantarse en armas contra el gobierno de la República.

Treinta años después —la historia se repite—, disfrazado nuevamente de periodista, Renato Menéndez vuelve acusar al presidente en turno —ahora en el libelo que sostienen Mario Villanueva, Víctor Cervera y la familia Abraham Mafud— de querer secuestrarlo para matarlo, sólo para distraer —otra vez— la atención de la opinión pública sobre sus actuales actividades delictivas. Porque si bien es cierto que hace tres décadas las agencias de inteligencia —civiles y militares— encontraron pruebas irrebatibles para consignarlo y encarcelarlo por complicidad en acciones subversivas —asesinatos, secuestros y robos de bancos—, el presente es distinto en cuanto a los verdaderos ilícitos cometidos en el presente por el ex guerrillero, ilícitos que lo obligan a intentar tender una nueva cortina de humo para curarse en salud.

Lavado de dinero, evasión fiscal, adeudos millonarios al Seguro Social, al Infonavit, a Nacional Financiera —sólo por nombrar a los más importantes— con la protección y complicidad de dos gobernadores —de Yucatán y Quintana Roo—, sospechosos ambos de tener vínculos con el narcotráfico. "El presidente Zedillo me quiere secuestrar para matarme", vocifera Renato en el presente, utilizando la misma estrategia que empleara hace treinta años cuando los organismos de inteligencia mexicanos ¾ civiles y militares¾ ya tenían en sus manos las pruebas de su participación en la guerrilla. Hoy como ayer, la pregunta brota de manera natural: ¿Se repite la historia de hace treinta años?

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