La corrupción, la
violación a los derechos humanos y la arbitrariedad en la aplicación de la justicia
podrá decirse que son casos comunes en el sistema político mexicano. Sin embargo, ni la
capacidad de indignación ante estos hechos, ni mucho menos la oportunidad de denuncia
ante las evidencias debe dejar pasarse, ni por la frecuencia de las situaciones, ni porque
un caso se distinga de los demás, como es en Yucatán el caso Medina-Abraham.
Particularmente notorio por la difusión pública de los hechos y las
irregularidades del proceso, también por tratarse de dos familias conocidas en el medio
yucateco y con capacidad de relaciones y de oportunidades económicas, sobre todo una de
ellas, este caso tiene especial importancia porque significa la constancia pública, la
evidencia que otros casos no tienen, de hasta dónde la justicia puede ser manipulada y
cómo los gobiernos que hemos tenido en México llegan a estos extremos con total
impunidad, precisamente por la falta de intervención y de decisión de la ciudadanía.
Con toda pena por el dolor humano que una muerte significa, por la
invasión de la privacidad en el seguimiento del proceso penal, y con el riesgo personal
de intervenir, los ciudadanos, y mucho más los que tenemos mayor responsabilidad social
por participar en política y ser funcionarios públicos, estamos obligados a denunciar y
a tratar de incidir en este caso que no deja lugar a dudas en cuanto a violaciones a la
ley se refiere.
Las pruebas que la defensa del Sr. Armando Medina ha expuesto de
alteración de hechos, de falsificaciones y de suplantación de evidencias son
contundentes para señalar que las autoridades competentes están actuando con
parcialidad, negligencia y corrupción graves.
Desde los primeros meses del proceso público del caso se fueron
haciendo notorias las irregularidades, derivando incluso en la renuncia del Procurador del
Estado, y mientras las investigaciones avanzaron, éstas fueron cada día más evidentes e
indignantes, así como también la actitud parcial de la Jueza en el trato dispensado a
ambas partes.
Todo esto ha llevado a la conclusión política de que el Gobernador de
Yucatán estaba involucrado, "metido en el asunto", como se dice popularmente,
violando la autonomía que corresponde al Poder Judicial. Sin embargo, todavía así, por
precaución, para que el caso no se "politizara" más, varios de quienes debemos
conjuntar esfuerzos para evitar injusticias sociales nos abstuvimos de emitir opinión
pública alguna. Al día de hoy, no queda duda de que el caso Medina-Abraham tiene
que ser tratado con claridad y apertura como un problema de índole social.
Resulta, por tanto, absurdo e inconsistente plantear que es un asunto
estrictamente jurídico o que es un problema entre dos familias. Se trata del poder
económico y del poder político coludidos para obtener los resultados deseados, pasando
por encima de todos los derechos constitucionales, a la clásica manera del sistema
corrupto que nos gobierna desde hace décadas y que tiene a uno de sus principales
exponentes en Víctor Cervera Pacheco, el gobernador inconstitucional de nuestro
Estado.
Es imprescindible que el caso Medina-Abraham se resuelva
conforme a Derecho, con la vigilancia y la intervención precisa de la sociedad y de las
instituciones que la representan, porque de otra manera será la sociedad yucateca la que
pagará el precio de la vulnerabilidad, de la indefensión ciudadana ante los abusos del
poder. Sin premisas falsas, sin intereses personales por encima de los sociales, y sin
temor ante la responsabilidad obligada, en Yucatán podemos evitar ser testigos callados
de la evidente corrupción que atropella derechos humanos fundamentales, como el derecho
del Sr. Armando Medina a un proceso y a un juicio justo e imparcial. (B.Z.P.,
Mérida, Yucatán, Méx., enero de 1999)