| ¿Quiénes eran? Los
precandidatos de chamacos:
"el Sabanitas", "el Moretón", Manuel
y "Paco"
Fernando del Collado
La vida infantil y juvenil
de los precandidatos del PRI parece que a nadie importaba antes de que fueran lo que ahora
son: aspirantes a la Presidencia de la República.
Hoy, los medios se ocupan hasta de qué
comían, si estudiaban o no, y si alguno sabía bailar tal o cual pieza. La mercadotecnia
ha sido envuelta en los vaivenes de la política, o bien la política está inmersa en la
publicidad. Cualquiera de las dos cosas hace que usted, amigo lector, sepa un poco más de
la vida y milagros de los hombres aparentemente carismáticos que hoy se disputan el
poder.
Ofrecemos a continuación el reportaje que
sobre la vida infantil y adolescente de Roque, Labastida, Madrazo y Bartlett
realizó el periodista Fernando del Collado. |
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Del mayor al menor los separan 16 años de distancia,
pero a los cuatro los une el haber compartido desde temprana edad una sola vocación y un
solo partido: la política y el PRI. Los cuatro se criaron bajo el abrigo de familias con
abolengo, crecieron "sanos" y tuvieron acceso a una formación académica de
punta. Dos cursaron sus estudios básicos en escuelas públicas y los otros dos en el
colegio privado de mayor renombre en su época, pero todos concluyeron sus estudios
universitarios en la UNAM. Dos se especializaron en abogacía y dos más en economía. Los
cuatro nacieron en la provincia y los cuatro vivieron sus "años maravillosos"
rodeados de su familia y comportándose lo mejor que podían. Son los cuatro precandidatos
del partido oficial a la Presidencia de la República: Humberto Roque, Roberto
Madrazo, Manuel Bartlett y Francisco Labastida, que en sus años de
infancia y juventud eran niños y jóvenes comunes y corrientes, con uno que otro
desplante propio de la edad. Retratos de unos años y de unos muchachos de antaño que en
esa etapa decisiva de su vida supieron definir y buscar su propia personalidad. Una
biografía que, de verse favorecida por el voto ciudadano en las elecciones del 2000,
podría coronar a uno de ellos en la silla presidencial.

Humberto Roque Villanueva.
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Roque, hogareño y sanote
En el verano de 1958, las autoridades
municipales de la ciudad de Torreón, Coahuila, aprobaban el aumento de cuotas al
transporte urbano. La reacción de los estudiantes no se hizo esperar. Alumnos de la
preparatoria pública con mayor prestigio en la entidad, la Venustiano Carranza, PVC,
junto con otras escuelas de la ciudad, se organizaron para protestar contra el alza. Su
ánimo reivindicativo los orilló a secuestrar e incluso incendiar camiones públicos. Humberto
Roque Villanueva, recién ingresado en sus estudios de bachillerato, pese a estar
entre el alumnado de ese plantel, se decidió por no participar en el movimiento.
Prefería no "andar en el borlote".
La anécdota es contada por quien fuera su
prefecto en disciplina y también su maestro de dibujo durante la preparatoria, Rubén
Fabela: "Le cuento esto para que se dé una idea del carácter de Humberto
Roque durante su juventud. No le gustaba andar en el borlote. Todo lo contrario,
siempre fue muy ordenado y arreglado".
En aquel tiempo, el joven de 15 años
gustaba más de la convivencia familiar y del calor hogareño que de las
"pachangas" y los "enredos de estudiantes".
Humberto Roque, el pequeño de
cuatro hermanos (María Eugenia, Ignacio, Fernando), se crió en el
seno de una familia de clase media, asentada pero sin lujos, en el segundo cuadro del
centro de la ciudad de Torreón, donde nació un martes 16 de noviembre de 1943.
Más apegado a su madre Emilia
Villanueva que a su padre Ignacio Roque, con quien sólo convivió hasta los
diez años pues este último decidió tomar un rumbo alejado de la familia, no le
impidieron recibir la tutela y el apreció de sus hermanos mayores y sus sobrinas Eugenia
y Mercedes, hijas de su hermana mayor, María Eugenia, a quienes sólo les
lleva cuatro años.
Para sus sobrinas, Humberto fue como
un "hermano mayor". Su hermana María Eugenia, fallecida el año pasado,
le llevaba 15 años. Pero es con sus hijas con quien Humberto compartió gran parte
de los juegos y travesuras de infante: "Humberto practicaba con nosotros tiro
al blanco. Nos ponía manzanas en la cabeza y las tiraba con dardos, de los que tienen
chupón en la punta. Tenía muy buena puntería", dice Eugenia. "También
le gustaba la lucha libre y con nosotros practicaba llaves y nos torcía los brazos por la
espalda", rememora la otra sobrina, Mercedes.
Era, en resumen de las sobrinas, "un
muchacho serio, hogareño, que nunca dio problemas".
Antonio Achem, esposo de María
Eugenia, que conoce a Roque desde los siete años, lo describe de esta manera:
"Era sano de mente, no tenía nada de malicia. Sanote, en una palabra".
Humberto es, hasta ese entonces, un
adolescente "sanote", que destaca en sus estudios y se empieza a vislumbrar en
él una cierta pasión por la oratoria:
"No recuerdo cuándo fue exactamente
creo que a los 14 o 15 años cuando Humberto se aficionó a la
oratoria. Su primer público fuimos nosotras mismas. Nos sentaba a las dos y nos leía
discursos, que para nosotras eran aburridísimos", reviven las sobrinas.
Esa afición lo hizo incluso animarse a
participar en los concursos de oratoria de su escuela. Con todo, su maestro Fabela
recuerda que pese a su "dedicación", nunca "logró alcanzar los primeros
lugares en esos concursos".
Pero también en sus años de preparatoria,
Humberto da muestras de interesarse en la política, aunque no con mucho éxito.
"En la preparatoria incursionó en la política estudiantil. En el primer año quiso
ser presidente de la Sociedad de Alumnos, pero perdió", recuerda Ricardo Tea Wong,
uno de sus amigos más cercanos de secundaria y preparatoria.
En la preparatoria fundó una revista
llamada El Cid, de corte cultural, con textos de alumnos y secciones
dedicadas a la vida estudiantil. En secundaria, según recuerda Antonio Achem, le
gustaba leer las aventuras de Sherlock Holmes y, según su sobrina Eugenia,
"le fascinaba el coleccionable Tesoro de la Juventud".
Es también en sus años de bachillerato
donde el hoy precandidato del PRI a la Presidencia recibe de su maestro Rafael del Río
una de sus mayores influencias: su afición por la literatura. "Fue gracias a ese
maestro, uno de los poetas y promotores culturales más notables que ha habido en
Torreón, quien influye en Humberto para entrar al círculo cultural y literario
Alfonso Reyes, conformado por estudiantes de la PVC que se juntaban para hablar de libros.
Discutían sobre Goethe, Verne, Maquiavelo, Balmes, Vasconcelos",
recuerda Tea Wong.
A esas aptitudes se le sumaba al joven Humberto
una vida nada licenciosa:
"Nunca tomaba riesgos o, más bien,
tomaba riesgos medidos, no es temerario. Diría que es muy racional. Nunca se metía a una
cantina, ni siquiera a los billares, y en preparatoria nunca le oí decir una mala
palabra. Tampoco era bromista ni vago", recuerda Tea Wong.
Como a su hermano Fernando, que
tenía la piel muy blanca, le decían "el Sábanas", a Humberto lo
bautizaron en preparatoria como "el Sabanitas".
A los 18 años, a Humberto le
parecía que su ciudad natal ya no le daba mayores perspectivas de crecimiento. Impulsado
por su hermano Fernando, quien se había trasladado a la Ciudad de México para
realizar sus estudios profesionales, Humberto Roque decide seguirle los pasos.
En 1961 viajó al D.F. a estudiar
Ingeniería Mecánica. El primer año de estudios, según recuerda uno de sus compañeros
y amigos, Ignacio Tea, "reprobó cinco de seis materias. Sólo pasó la
materia de dibujo. Fue la primera vez que Humberto Roque reprobó una
asignatura".
Sin embargo, recuerda Tea, los
primeros años en la capital no le cambiaron el carácter, "siguió siendo el mismo
muchacho serio y formal de siempre".
En 1965 decide que su elección de la
carrera había sido equivocada y se cambia a la Escuela Nacional de Economía, de la UNAM,
que en ese entonces dirigía Ifigenia Martínez. Aunque menor en edad, Roque
compartió cursos con Carlos Salinas, Manuel Camacho y Eduardo Valle,
entre otros.
Al terminar la carrera, dicen sus sobrinas,
Roque ya estaba trabajando en la capital, por lo que nunca consideró regresar a
Torreón: "Siempre tuvo vocación de servicio y en la capital se le presentaron más
oportunidades", dice Eugenia.
Cierto: durante sus estudios de economía,
a fines de los 60, Roque trabajó en Banobras y luego en el Instituto Nacional de
la Juventud, donde su jefe inmediato era Alfredo V. Bonfil, dirigente de la
Confederación Nacional Campesina durante los primeros años del sexenio de Luis
Echeverría. Así, Humberto Roque iniciaba una larga carrera en el sector
público que en julio próximo, si todo le favorece, pretende coronar con llegar a la
Presidencia de la República. (Javier Garza y Fernando del Collado)

Roberto Madrazo Pintado.
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Roberto "el Moretón" Madrazo
Hay en la infancia de Roberto Madrazo
Pintado un par de acontecimientos claves que, a la postre, serían definitivos en su
carácter: la muerte de su padres y el haber vivido sus primeros años de vida en la
residencia oficial del gobierno de Tabasco, la Quinta Grijalva.
Tenía seis años cuando llegó a ocupar
una de las recámaras de la Quinta Grijalva. Era el cuarto de los cinco hijo que tuvo el
ex gobernador Carlos Alberto Madrazo y su esposa Graciela Pintado. La vida
en la residencia oficial de Tabasco era lo bastante confortable para un niño que solía
tener todo lo necesario a su alcance. A los juegos propios de su edad se añadía un
extenso jardín lo suficientemente exótico como para echar a volar la imaginación.
Pero no todo en la Quinta Grijalva era
recreación. Desde niño, Roberto Madrazo tuvo la perspicacia necesaria para
observar los vericuetos del poder y sus formas. A los consejos "rectos" y la
"férrea disciplina" que su padre acostumbraba imponer en su casa, tal como lo
recuerda el hoy precandidato priísta a la Presidencia, se agregaban las buenas maneras de
otros políticos que solían visitar al Gobernador: desde Lázaro Cárdenas, Manuel
Avila Camacho y el entonces presidente Adolfo López Mateos (amigo personal,
protector y promotor de su padre) hasta el entonces delegado del PRI en el Estado, Carlos
Hank González. La salutación respetuosa, la reverencia y el sobrado respeto hacia la
primera figura política de Tabasco de entonces, formaban parte cotidiana de sus años de
infancia en tierras tabasqueñas.
Por eso, la noticia del accidente aéreo en
Monterrey, donde fallecieron sus padres la mañana del 4 de junio de 1969, acabó por
desconcertarlo.
A sus 16 años, Roberto Madrazo se
quedaba huérfano de padres y experimentaba en carne propia un pesar con visos de
venganza. "Creo que desde la muerte de sus padres, Roberto Madrazo fue otro.
Se volvió un tanto resentido. Lo recuerdo introvertido y, por momentos, rebelde, con un
dolor que dibujaba más un ánimo de venganza que de compasión. Sí, desde ese trágico
accidente, Roberto ya no fue el mismo", recuerda un ex compañero de
preparatoria que solicitó quedar en el anonimato.
Lo cierto es que desde aquel accidente,
cuya explicación nunca fue aclarada por no encontrarse la caja negra del avión, a Roberto
Madrazo y su familia les quedó la duda de si se trataba de un accidente o un complot.
"Hay muchos hechos que no han quedado claros, desde la época de mi padre; Luis
Donaldo Colosio, Ruiz Massieu... Hay muchos capítulos abiertos", definió
hace algunos días en entrevista el propio Roberto Madrazo.
Es, en todo caso, "un capítulo
abierto" que no entierra. Todo lo contrario. En las oficinas de campaña de la
colonia Del Valle, las mismas que ocupara su padre antes de su muerte, una fotografía da
cuenta de un joven de 16 años cabizbajo frente a los ataúdes de sus progenitores, hace
30 años.
En los salones 101 y 204 del primero y
segundo año de preparatoria con especialidad en abogacía, del Centro Universitario
México, CUM, el joven Roberto Madrazo Pintado comparte estudios y aficiones con
compañeros vecinos de su localidad natal, que más tarde se volverían referencia común
para los sureños; Jorge Salomón Azar, ex gobernador de Campeche, y Rafael
Loret de Mola, analista político e hijo del ex gobernador de Yucatán, Carlos
Loret de Mola, son algunos ejemplo.
Pero también en otras aulas, otros
compañeros de generación pasan junto con Roberto Madrazo los años que sucedieron
al movimiento estudiantil de 1968, y que posteriormente ocuparían la Secretaría de
Gobernación: Esteban Moctezuma Barragán y Emilio Chauyfett Chemor, que en
ese entonces obtiene la distinción de ser un "bachiller distinguido" por sus
"altas calificaciones". Sociable entre sus compañeros de escuela, Roberto
es conocido entre sus condiscípulos como "el Moretón", por la
combinación de sus dos apellidos: Madrazo Pintado.
En aquellos años, el joven Roberto
Madrazo parece tomarle poco interés a los asuntos de la política. Rehuye de la
política como ejercicio profesional, aunque no deja de opinar sobre el movimiento juvenil
de finales de los sesenta. "Todos comentábamos, como universitarios, sobre el
movimiento de 1968 y Roberto no era la excepción. Recuerdo que criticaba el
protagonismo de los líderes porque le parecía que buscaban más el poder político que
los intereses de los estudiantes. Era como muy visceral cuando hablaba de los políticos.
Decía que a él no le gustaba la política, pese a que su hermano el mayor (Carlos
Armando) e incluso su propio padre ya eran conocidos por su militancia en el PRI y por
estar en la política", recuerda su ex compañero de escuela.
Vestido a la usanza con pantalones
acampanados y camisas de terlenca, delgado y más cercano a los Beatles
que a los Rolling Stones, Roberto Madrazo es un estudiante que no
logra sobresalir entre los demás por sus "altas calificaciones" pero que, al
contrario, se distingue por su "capacidad de memoria" y por su participación en
las actividades deportivas con cierta dosis de adrenalina.. En 1970, por ejemplo, obtiene
un segundo lugar en la competencia de automóviles organizada por el CUM, el Rally.
Aunque también participa activamente en los encuentros de atletismo y en los eventos
interescolares de corte cultural como en la veladas poéticas, entremeses y pastorelas
organizadas dentro de las actividades culturales del CUM.
Pero si antes de la muerte de sus padres Roberto
Madrazo se decía no interesarse por la función pública, con la muerte de ellos las
cosas cambiaron. Después del avionazo, Roberto y el hermano menor, Raúl,
siguieron viviendo en la casa paterna de San Jerónimo, al cuidado de la abuela materna;
el hoy precandidato del PRI se decide por ingresar a trabajar y ayudar en los gastos de la
familia. Al salir del bachillerato se empleó una temporada como escribiente en el bufete
del abogado Néstor de Buen. Y sólo un año después de concluir sus estudios
preparatorianos, en 1971, mientras realizaba la licenciatura en Derecho en la UNAM, el
joven Roberto ya ocupaba la jefatura de la sección penal del bufete jurídico de
la Delegación Álvaro Obregón. Y para 1972, a sus 20 años, se estrenaba como secretario
auxiliar en la Dirección General de Averiguaciones Previas de la Procuraduría
capitalina.
Su ascendencia en la vida pública y en el
partido que su propio padre intentó modificar durante su breve presidencia en 1965,
tomaría altos vuelos desde que Roberto se hiciera priísta en 1971. A los 24 años
ocupó un escaño en la Cámara de Diputados al ser elegido por el segundo distrito
electoral de su Estado natal en la L Legislatura, de 1976-1979. Un años después, el PRI
lo nombraría secretario general del Movimiento Nacional de la Juventud Revolucionaria,
MNJR. Pero su carrera política cobraría nuevos vuelos cuando en 1979 el entonces regente
del Distrito Federal, Carlos Hank González, a quien había conocido desde su
niñez en Tabasco, lo llama como asesor del gobierno del D.F. y, después, para ocuparse
de la Delegación Magdalena Contreras.

Manuel Bartlett Díaz.
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Bartlett: lo mal del año
Año de 1952. En las páginas interiores
del Anuario del Centro Universitario México, CUM, una fotografía de generación sirve de
marco a una breve crónica que resalta los acontecimientos "más sobresalientes"
vividos por los 46 alumnos del primer año de bachillerato, con especialidad en abogacía.
De forma irónica, el joven Manuel Bartlett Díaz, de 16 años, es citado en dos
ocasiones. En la primera, su nombre aparece entre "lo mal del año" por sus
"complejos". En una segunda vez, el anónimo autor de la crónica lo describe
filmando la película "Trágica sospecha".
Pero más allá de la mofa, propia de los
preparatorianos de entonces, la crónica refleja también algunas de las "frases más
repetidas" por sus maestros durante el curso: "¡Aquí nadie tiene privilegios;
y devuelva esa silla, y deje de hacerse el payaso poniendo gis sobre mi mesa!",
"¿Qué se cree Ud., que los conocimientos se adquieren por ósmosis?",
"¡Eh! tontito, los tontos no tienen derecho a hablar, ¡cállese!, no me vea, cuando
yo digo sálgase, inmediatamente a la basura...", "Pasen estos exóticos con el
Sr. Director", son algunos ejemplos.
Corría el primer año de bachillerato para
el hoy precandidato del PRI a la Presidencia. En el CUM, el colegio marista por excelencia
donde estudiaban los hijos de los políticos de mayor vuelo de la época tales como Miguel
Alemán Valdés o Mario Antonio Moya, los alumnos eran reconocidos por sus
altas calificaciones y por obtener los mejores promedios en moral, asiduidad,
aprovechamiento, conducta y asistencia.
En 1952, el joven Manuel Bartlett Díaz
no sería distinguido con ninguno de esos premios. Un año después, sin embargo,
retomaría aires y no sólo obtendría reconocimiento por su "aprovechamiento"
escolar y su "moral", sino que lograría el cuarto lugar en el Concurso de
Declamación interescolar. Según la crónica del evento, Bartlett Díaz, con la
pieza poética "Despedida", había "convencido al jurado" por
sus "altas cualidades para modular la voz" y por "su firme presencia".
Javier Ibarra Araiza, maestro
emérito del CUM, de 83 años de edad y condecorado en 1992 por el ex presidente Carlos
Salinas de Gortari debido a "su larga trayectoria en la enseñanza de la niñez
mexicana", recuerda vagamente algunas impresiones de su ex pupilo Bartlett Díaz:
"A ver si la memoria no me traiciona.
Fueron tantos los alumnos que tuve... Pero, creo recordar al joven Manuel Bartlett
de forma especial por su actitud ante sus compañeros. Diría que era un líder natural,
aunque en ocasiones le gustaba llamar la atención de forma singular. Tenía ese talante
propio de los jóvenes que se creen saberlo todo, pero cuyo fondo parecía reflejar un
poquito de inseguridad, ¿no? Ahora lo recuerdo muy apasionado con su modo de pensar, como
que le gustaba imponer sus ideas. Era también entregado y disciplinado en sus estudios.
Lo recuerdo bien, sobre todo porque yo no tuve ningún problema con él".
Con todo, aquel Manuel Bartlett no
parece distanciarse del que diez años después, a los 26 años, luego de concluir su
formación en Derecho por la UNAM y de haber realizado un posgrado en Derecho por la
Universidad de París, participó en el sector juvenil del Partido Revolucionario
Institucional.
Datos biográficos de Manuel Bartlett
le adjudican haber sido el autor de la organización del Movimiento Nacional Juvenil
Revolucionario del PRI con base en el modelo de la Falange Española, mientras se ocupó
como secretario auxiliar, en un primer momento de Javier Rojo Gómez, ex dirigente
de la Confederación Nacional Campesina (CNC) entre 1962 y 1963; y después, al ocupar la
secretaría auxiliar de Carlos Alberto Madrazo, cuando dirigió el CEN del PRI, de
1964 a 1965. En ese tiempo, Manuel Bartlett Díaz dirigió el órgano oficial del
PRI, La República, en 1963.
La fórmula sustraída del movimiento
falangista español, herencia del ideólogo de extrema derecha español, José Antonio
Primo de Rivera, y que después de la Guerra Civil Española el "caudillo" Francisco
Franco tomaría para acrecentar el movimiento falangista en la península ibérica,
tiene por norma la "sumisión racional" a la autoridad y la creación de bases
militantes involucradas directamente con su comunidad y con normas morales de acuerdo a
las "leyes naturales", entre otros postulados:
"Requerimos de militantes que conozcan
esa ideología y lleven a cabo los programas, diferenciándose en su talante y estilo del
común de los políticos, en el sentido peyorativo del término. Militantes preparados,
vinculados activamente con su entorno municipal y laboral. Personas que tomen iniciativas
y actúen. Militantes convencidos y entregados", reza una de sus proclamas del
documento político de la Falange Española que en la actualidad se puede consultar vía
Internet.
Primogénito del matrimonio formado por Manuel
Bartlett Bautista, ex ministro de la Suprema Corte de Justicia (1941-1952) y ex
gobernador de Tabasco (1953-1955), y de Isabel Díaz Castilla, sobrina del poeta Salvador
Díaz Mirón, el hoy precandidato priísta tuvo una vida de adolescente tan ejemplar
como se lo pedían. Cumplía con sus estudios, se interesaba en los asuntos familiares,
era educado y hasta saludaba de buena manera a cuanto vecino se cruzara por su camino.
Rodeado de un ambiente por demás literario, cuyas lecturas a los clásicos griegos y los
libros de aventuras formaban parte de su disciplina cotidiana, Manuel Bartlett
tampoco era ajeno a los consejos sobre las tareas propias de su padre el ministro y
político.
En Puebla, la ciudad que lo vio nacer un
domingo 23 de febrero de 1936, cursó sus estudios básicos primarios en el Colegio
Americano. Concluidos sus estudios y por las actividades de su padre, la familia Bartlett
Díaz decide trasladarse a la Ciudad de México.
Afincados en la colonia Del Valle, el
adolescente Manuel Bartlett Díaz inicia sus estudios de secundaria y preparatoria
en el Colegio México y el CUM, ubicados en la misma zona. Ahí recibe la instrucción
religiosa para realizar la primera comunión y se prepara para lo que desde temprana edad
definió como su vocación: la abogacía.
José Luis López Gallo, compañero
de la generación de Bartlett Díaz, recuerda alguno de los aspectos propios de la
disciplina académica y formativa que vivieron en sus años de estudios básicos:
"En el CUM todos los días se pasaba
asistencia, por lo que había pocas probabilidades de irse de pinta. Recuerdo a Manuel
Bartlett Díaz como a muchos otros compañeros: jugando y participando de los
chascarrillos propios de entonces. Por ejemplo, tengo muy presente que ponía especial
énfasis en la higiene personal y todos nos hacíamos bromas por cualquier defecto: que el
barrito por aquí, que la nariz, etcétera. La revisión era desde los zapatos hasta las
orejas. Lo curioso era, por ejemplo, que todos los lunes, al revisar como norma los
pupitres de cada uno de los alumnos, el profesor encontraba cosas curiosas, como revistas,
fotos pornos, bichos, animales, chicles ya masticados, cigarrillos a medio prender. En
fin, era la etapa de adolescentes", revive.

Francisco Labastida Ochoa.
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"Paco", el bailador de cha-cha-chá
Mientras que en 1968 los universitarios
participaban en el movimiento estudiantil que sería reprimido la noche del 2 de octubre
en Tlatelolco, el joven Francisco Labastida Ochoa trabajaba de cerca con el
entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, en la Secretaría de la Presidencia.
Tenía 26 años, se desempeñaba como jefe del Departamento de Bienestar Social de la
Dirección General de Inversiones Públicas de la Presidencia, y le tocó,
paradójicamente, participar en los procesos para la asignación de recursos económicos
de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional de ese año.
Habían pasado apenas cuatro años desde
que concluyó sus estudios de Economía en la UNAM, pero ya contaba con seis años de
laborar para el Estado. En 1962, a los 20 años, casado por primera vez, y mientras
estudiaba su licenciatura, el joven Labastida Ochoa se inició como analista y
posteriormente jefe de Estudios Hacendarios de la Secretaría de Hacienda. Casi tres años
después, en 1965, pasaría a la Secretaría de Educación Pública, donde elaboró cursos
de capacitación para maestros. En 1966, a los 24 años, se encargaría de una nueva
jefatura departamental, la de Autotransportes, de la Secretaría de Comunicaciones, donde
se ocupó de desarrollar diversos estudios para determinar las tarifas del transporte.
Era, con todo, el inicio de una carrera en el sector público que hoy suma más de 37
años sin interrupción.
Su afición por la función pública,
reiterada por el hoy precandidato del PRI a la Presidencia, le llegó casi "por
herencia". La vena por el trabajo político la obtuvo por las dos vías. Su bisabuelo
paterno se unió a Benito Juárez como comandante del Escuadrón Guías de Jalisco;
su abuelo, Francisco Labastida Izquierdo, fue diputado constituyente en 1917 y fue
gobernador de Jalisco de 1921 a 1922. Pero también por su lado materno, como el mismo Francisco
Labastida lo recuerda, "han contribuido al desarrollo de Sinaloa". Su
bisabuelo Zacarías Ochoa, por ejemplo, fundó el ingenio El Águila en esa
entidad, a mediados del siglo pasado.
Francisco Labastida Ochoa, el cuarto
hijo de seis hermanos (Eduardo, Juan, Jaime, Gloria y Blanca),
vivió sus primeros años de infancia en el céntrico barrio de su ciudad natal, Los
Mochis, Sinaloa. Su padre Eduardo Labastida Kofahl, médico de profesión que
emigró del Estado de Jalisco para buscar mejor fortuna en Sinaloa, tuvo cierto
reconocimiento entre los 15 mil habitantes que poblaban Los Mochis, por su labor
altruista. Su madre, Gloria Ochoa, solía dividir su tiempo entre la dirección de
las labores domésticas y la atención de sus seis hijos.
En aquel entonces, el infante Francisco
Labastida, que fugazmente colabora con su padre en la atención médica de los
lugareños, destaca en los estudios realizados en una de las dos escuelas primarias
públicas de mayor prestigio en el lugar, la Escuela Federal No. 4, y tiene cierta
inquietud por la materia de Historia, el dibujo y los números.
La convivencia en casa con los hermanos es
por demás rica en lecturas y anécdotas propias de los abuelos que vivieron momentos de
gloria desde la época juarista hasta la Revolución. En casa, una amplia biblioteca da
cuenta de todo tipo de libros de héroes, leyendas y aventuras habidas, aderezados con
tratados de medicina y libros de botánica. De esos estantes adquiere el adolescente Francisco
Labastida una cierta avidez por la lectura, más bien centrada en Historia de México
y en particular del período revolucionario.
En las vacacionales, la familia Labastida
Ochoa viaja hacia el terruño de los abuelos paternos y pasan largas semanas en la
hacienda de Ahuacatepec, municipio de Atenguillo, Jalisco, una propiedad heredada del
abuelo que fuera gobernador de Jalisco, donde el joven Francisco se divierte
conviviendo con los hijos de los ejidatarios vecinos y se entretiene cazando animales,
coleccionando bichos del monte e, incluso, aprende a montar. Aunque ocho años mayor que Francisco
Labastida, el hoy administrador de la propiedad, Juan Castellón, recuerda que
de adolescente solía convivir con Labastida Ochoa y sus hermanos mientras éstos
acudían a la hacienda para vacacionar. "Yo soy del 35 y desde que me acuerdo, todos
los años venían a la hacienda y con ellos pasábamos gratos momentos jugando",
revive.
Tras concluir sus estudios de secundaria en
la Escuela Federal No. 1, en Los Mochis, es su propio padre quien decide enviar a Francisco
a la Ciudad de México para iniciar los estudios de bachillerato. La ciudad natal de Labastida
Ochoa que lo viera nacer un 14 de agosto de 1942 ya no cumplía con las exigencias del
joven que parecía tener fija desde temprana edad su vocación de incursionar en la vida
pública.
Sólo en el periodo juvenil que va de los
15 años hasta la etapa de preuniversitario se deja llevar por el comportamiento propio de
los adolescentes de la época. A mediados de los cincuenta, la Ciudad de México le parece
digna de inspeccionarse: excursiones a los cines de moda, rondas nocturnas con compañeros
de barrio, bailes (en los que adquiere fama de buen bailador de rock and roll y cha-cha-chá),
ocasionando un bajo rendimiento escolar. En respuesta, el joven Francisco Labastida
es inscrito en la Universidad Militar Latinoamérica, donde acaba sus estudios de
bachillerato.
En la universidad, Francisco Labastida
estudia Economía y se alimenta con las enseñanzas de sus profesores como Ifigenia
Martínez y Horacio Flores de la Peña; allí se distingue por su rendimiento
escolar y se vuelve un estudioso de los fenómenos fiscales en Latinoamérica. De 1964 a
1968, el joven Labastida Ochoa viaja a la ciudad de Santiago de Chile donde realiza
dos posgrados en planeación y evaluación financiera, en el Instituto Latinoamericano de
Planeación Económica y Social de la Cepal. Luego de su regreso, su tesis "Política
fiscal en países subdesarrollados", con la que se titula como licenciado en
Economía en 1968, es premiada con mención honorífica.
Son también los tiempos que le permiten
relacionarse con amigos que más tarde se apoyarían en los cuadros de gobierno. José
Andrés de Oteyza, quien fuera el miembro más joven del gabinete de José López
Portillo, al frente de la Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial, de
1976-1982, es uno de sus amigos más cercano desde la universidad, quien apoya a Francisco
para llegar a la Secretaría de Programación como director general de Promoción Fiscal
durante el sexenio de López Portillo. De ahí, Labastida pasará a ocupar
distintos cargos en el gobierno público. (Reportaje aparecido en Enfoque,
suplemento de Reforma, México, D.F., septiembre de 1999) |