A través de la historia
del pensamiento que podríamos considerar "occidental", cruza un sueño jamás
concretado como realidad. Éste consiste en lograr que los Estados sean regidos por
filósofos-políticos que apliquen las reglas de la razón y la ética a su forma de
gobierno. Según algunas teorías, de esta manera se llegaría a concretar un equilibrio
entre el poder y el pensamiento, que devendría en una nación con mandatarios justos,
nobles y conscientes de la necesidad de anteponer la reflexión a los deseos de poder que,
tarde o temprano, terminan por corromper las buenas intenciones de los hombres.
Quien primero reflexionó acerca de la necesidad de un gobernante que
fundamentara sus acciones en las normas de la moral fue Platón. Nos lo hace saber
en el libro de sus "Diálogos" titulado "La República".
El pensador griego sostenía la idea de que el Estado perfecto podría llegar a crearse
con la base, la tutela, el mando y la dirección de lo que llamó
"rey-filósofo". Platón, con el deseo de difundir la sabiduría de su
maestro Sócrates, fundó la Academia llamada por el filósofo
español Emilio Lledó "la primera universidad europea", escuela en
la que eran preparados los futuros monarcas y dirigentes de los Estados
Ésos que,
con un equilibrio que mantuviera una correcta relación entre moral y política, se
encargarían de poner en práctica lo que su mentor propuso como sistema ideal de
gobierno.
No hay objeción, por lo menos de mi parte, en contra de que la moral
domine los actos del ser humano y rija sobre las decisiones de éste; sin embrago, la
propia experiencia fue la que se encargó de demostrar a Platón que existen
conceptos perfectos en teoría (en la mente) que, una vez adaptados a la experiencia
humana, son casi insostenibles y de compleja aceptación por parte de quienes disienten de
tal pensamiento.
Así, aquel griego que tanto contribuyó a la historia de la filosofía
como teórico, práctico y educador, estuvo a punto de ser vendido como esclavo en uno de
sus numerosos intentos por instruir a alguno de los reyes tiranos de Sicilia; uno que, sin
lugar a dudas, sostenía la idea de que la política y la filosofía no se pueden mezclar,
y menos cuando se trata de conservar y preservar el poder. De esta forma, la experiencia
puso en tela de juicio los conceptos platónicos y confirmó que la buena voluntad, la
moral y la razón son bastante incompatibles con la compleja labor de gobernar
Ésa
que conlleva acciones que podríamos denominar como "bajas y burdas", y que no
obedece casi en ningún aspecto a lo que, algunos años después, quizá Aristóteles
bautizó con el nombre de Ética.
Siglos más tarde, merced a que los pueblos árabes conservaron los
textos de la sabiduría griega y la legaron al mundo "occidental", monjes
católicos se encargaron de traducir el conocimiento1 antiguo al idioma
que la ciencia utilizaba: el latín. Así, Santo Tomás de Aquino, en la "Summa
Theologica", adapta los conceptos éticos de Aristóteles a su visión
cristiana. De esta forma, llega a nuestro saber la Ética tal y como la conocemos, como la
"ciencia del fin al que debe dirigirse la conducta de los hombres, y de los medios
para lograr tal fin y derivar, tanto el fin como los medios, de la naturaleza humana2".
Por otro lado, y con respecto a la política, existe la creencia de que
fue Nicolás Maquiavelo, en el siglo XVI, quien fundó las bases de la llamada
"Ciencia Política"3; la obra de este italiano fue durante
muchos años la piedra angular de la toma de decisiones, las acciones y los consejos a
todo aquel que pretendiera algún puesto en el gobierno. Tanto en "El
Príncipe" como en los "Discursos sobre la primera década de Tito
Livio", Maquiavelo presenta una serie de "leyes" que todo
gobernante debe seguir; esto, si el interesado en el poder desea triunfar sobre sus
enemigos y no ser sometido, tarde o temprano, por acciones en su contra que bien se
hubiesen podido prever y controlar con un poco de cautela "maquiavélica".
La obra de Maquiavelo ha sido sometida, a través de los años,
a los análisis, la crítica y la reprobación de diversos pensadores, filósofos y
moralistas4; la inmensa mayoría coincide en que los argumentos, sobre
todo aquéllos que aparecen en "El Príncipe", son una atentado contra
cualquier razón que pueda existir, pues es imposible que el interés del poder atropelle
con sus "malas artes" una ciencia que solamente busca la felicidad final del ser
humano a través de los medios éticamente correctos. Y así, una vez más, la historia da
fe de que la política y la filosofía son líneas paralelas que, siguiendo la definición
matemática de tal concepto, jamás podrán converger en punto alguno.
Han sobrado intentos de consolidar el sueño platónico; el llamado
"filósofo-rey" ha sido solamente un concepto alejado de la verdad humana. La
política principalmente el poder ha separado de tal empresa a quienes han
intentado emprender la compleja hazaña de gobernar un Estado. Entonces, y según las
teorías de Platón: "A menos que los filósofos reinen en los Estados, o los
que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que
coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía, no habrá fin de los
males para los Estados ni para el género humano"5.
Sin embargo, y a pesar de los intentos fallidos que diversos
gobernantes han emprendido por conciliar la razón con el poder, existió uno que estuvo a
punto de lograrlo: Federico II "el Grande", rey de Prusia de 1740
a 1786. Este monarca era la concepción ideal del "rey-filósofo": durante su
juventud dedicó sus estudios a la filosofía, a la música y a las letras. Asimismo, y
asesorado por los consejos de Voltaire, escribió poco antes de llegar al poder "El
Antimaquiavelo", obra en la que se daba a la tarea de criticar con firmeza los
preceptos del pensador italiano, al tiempo que proponía olvidar la influencia de "El
Príncipe" en los gobernantes. Pretendió así lograr la prosperidad en una
Europa dividida, bélica y en constantes conflictos. De esta manera, el entonces príncipe
escribió en su obra: "Se debería exterminar de una vez por todas aquella espantosa
política (refiriéndose a la maquiavélica), por ser incapaz de plegarse a las máximas
dictadas por una sana y depurada moral"6.
La obra del rey prusiano fue llevada a prensas por Voltaire,
quien tuvo que suspender la impresión del libro cuando su mecenas llegó al poder. La
causa de tal decisión se debió a que, con el dominio de un imperio bajo su mano, Federico
II cayó en cuenta de cuán necesarias eran las lecciones maquiavélicas para lograr
que los gobernantes no perdieran su trono. Así, un hombre sabio, conocedor de la
necesidad indispensable de la moral y amante de la ética y la filosofía, tuvo que
retraerse en su opinión acerca de Maquiavelo, pasar por alto los dictámenes
moralistas y sacrificar su creencia por preservar el imperio que su padre le había
heredado. Fue entonces cuando "la conducta del monarca prusiano desmintió con
rotundidad los buenos deseos expresados por él mismo en su famoso Antimaquiavelo"7.
Ciertamente, tal decisión no debió ser sencilla; no es fácil
separarse de un modo de pensar, de ser y de vivir para lograr el bienestar de un pueblo.
Tampoco debe ser agradable dejar atrás las teorías adoptadas en la juventud y comprobar,
años después, lo inservibles que son en la práctica. Voltaire fue quien más
condenó las acciones del monarca prusiano, pues éste, poco tiempo después de
consolidarse como rey, se dio a la empresa de invadir la región de Silesia (situada en
gran parte de Polonia y, en menor proporción, en la antigua Checoslovaquia) y, con esto,
hacer de nuevo un sueño la posibilidad de que un "rey-filósofo" llegara a
gobernar y a demostrar que la moral sí es compatible con la política.
Son muchos los autores y pensadores que se han dado a la tarea de
intentar someter las formas de gobierno a las pautas de la filosofía; el resultado de
tales estudios no es más que una idea abstracta platónica que aún no es
posible concretar ni sujetar a la realidad. A pesar de esto, no cabe duda de que adaptar
la moral al poder sería un beneficio no sólo para el Estado y sus habitantes, sino
también para todos aquellos que busquen en el poder la forma de servir y no de servirse.
Un aprendizaje que bien podría mejorar la vida de un mundo que cada vez se empeña más
en olvidar los valores permanentes y sustituirlos por los pasajeros, que no duran más que
la moda.
Sin embrago, todo conlleva a aceptar que el rey-filósofo esa
utopía pensada hace casi tres mil años no tiene espacio en un mundo de hombres
ambiciosos de poder, fama, riqueza, y todas aquellas desgracias que han logrado que
nuestra "historia universal" sea un enorme conjunto de guerras y matanzas, de
incomprensión, traiciones y ambiciones
Una historia que si bien nos ha hecho ser lo
que somos, quizá bajo otras circunstancias nos habría heredado un mundo donde las
humanidades, su estética y su belleza fuesen la gota de agua que la clepsidra utiliza
para contar el tiempo. Un tiempo en el que algunos pueblos realmente no merecen el
gobierno que padecen. (C.C.L., México, D.F., abril del 2000)
1
Contrario al pensamiento popular de que los monjes en las
abadías medievales se dedicaban a esconder textos antiguos, Alfonso Junco, en su
obra "Inquisición sobre la Inquisición", demuestra lo contrario; el
autor mexicano afirma que la católica Universidad de Salamanca fue la primera en apoyar
algunas teorías que a la Iglesia se atribuye haber condenado; una de éstas fue
"La Revolución de las órbitas celestes", de Nicolás Copérnico,
adoptada por tal universidad como libro de texto fundamental.
2
Nicola Abbagnano, "Diccionario de
Filosofía", Fondo de Cultura Económica, México, 1996.
3
A pesar de tal creencia, quien escribió por primera vez
de este tema fue el canciller indio Kautilya, en el siglo III a.C.; el nombre de la
obra descubierta en 1905 y publicada por vez primera en inglés en 1909 es "Arthasastra".
(Para mayor referencia al respecto recomiendo el libro "La quimera del Rey
Filósofo", de Roberto R. Aramayo.
4
Sin embargo, Arthur Schpoenhauer defiende al
pensador florentino y a los "métodos" que aparecen en "El
Príncipe": "El problema de Maquiavelo consistió en responder a la
cuestión de cómo puede un príncipe mantenerse sobre su trono a toda costa.
Por lo tanto, su problema no era una cuestión ética
sino una cuestión puramente
política sobre cómo podría llevar a cabo tal cosa si así lo quería. Él
se dedica a dar solución a tal problema".
5
Platón, "La República", Libro
VI, Editorial Porrúa, 1993.
6
Federico II de Prusia, "Antimaquiavelo",
editorial Cit, Madrid, 1984.
7
Roberto R. Aramayo, "La quimera del Rey
Filósofo", editorial Taurus, Madrid, 1997.