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Viernes, 7 de Abril del 2000.

Edición No. 546

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EL PODER CONTRA LA RAZÓN

Carlos Castillo López
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A través de la historia del pensamiento que podríamos considerar "occidental", cruza un sueño jamás concretado como realidad. Éste consiste en lograr que los Estados sean regidos por filósofos-políticos que apliquen las reglas de la razón y la ética a su forma de gobierno. Según algunas teorías, de esta manera se llegaría a concretar un equilibrio entre el poder y el pensamiento, que devendría en una nación con mandatarios justos, nobles y conscientes de la necesidad de anteponer la reflexión a los deseos de poder que, tarde o temprano, terminan por corromper las buenas intenciones de los hombres.

Quien primero reflexionó acerca de la necesidad de un gobernante que fundamentara sus acciones en las normas de la moral fue Platón. Nos lo hace saber en el libro de sus "Diálogos" titulado "La República". El pensador griego sostenía la idea de que el Estado perfecto podría llegar a crearse con la base, la tutela, el mando y la dirección de lo que llamó "rey-filósofo". Platón, con el deseo de difundir la sabiduría de su maestro Sócrates, fundó la Academia —llamada por el filósofo español Emilio Lledó "la primera universidad europea"—, escuela en la que eran preparados los futuros monarcas y dirigentes de los Estados… Ésos que, con un equilibrio que mantuviera una correcta relación entre moral y política, se encargarían de poner en práctica lo que su mentor propuso como sistema ideal de gobierno.

No hay objeción, por lo menos de mi parte, en contra de que la moral domine los actos del ser humano y rija sobre las decisiones de éste; sin embrago, la propia experiencia fue la que se encargó de demostrar a Platón que existen conceptos perfectos en teoría (en la mente) que, una vez adaptados a la experiencia humana, son casi insostenibles y de compleja aceptación por parte de quienes disienten de tal pensamiento.

Así, aquel griego que tanto contribuyó a la historia de la filosofía como teórico, práctico y educador, estuvo a punto de ser vendido como esclavo en uno de sus numerosos intentos por instruir a alguno de los reyes tiranos de Sicilia; uno que, sin lugar a dudas, sostenía la idea de que la política y la filosofía no se pueden mezclar, y menos cuando se trata de conservar y preservar el poder. De esta forma, la experiencia puso en tela de juicio los conceptos platónicos y confirmó que la buena voluntad, la moral y la razón son bastante incompatibles con la compleja labor de gobernar… Ésa que conlleva acciones que podríamos denominar como "bajas y burdas", y que no obedece casi en ningún aspecto a lo que, algunos años después, quizá Aristóteles bautizó con el nombre de Ética.

Siglos más tarde, merced a que los pueblos árabes conservaron los textos de la sabiduría griega y la legaron al mundo "occidental", monjes católicos se encargaron de traducir el conocimiento1 antiguo al idioma que la ciencia utilizaba: el latín. Así, Santo Tomás de Aquino, en la "Summa Theologica", adapta los conceptos éticos de Aristóteles a su visión cristiana. De esta forma, llega a nuestro saber la Ética tal y como la conocemos, como la "ciencia del fin al que debe dirigirse la conducta de los hombres, y de los medios para lograr tal fin y derivar, tanto el fin como los medios, de la naturaleza humana2".

Por otro lado, y con respecto a la política, existe la creencia de que fue Nicolás Maquiavelo, en el siglo XVI, quien fundó las bases de la llamada "Ciencia Política"3; la obra de este italiano fue durante muchos años la piedra angular de la toma de decisiones, las acciones y los consejos a todo aquel que pretendiera algún puesto en el gobierno. Tanto en "El Príncipe" como en los "Discursos sobre la primera década de Tito Livio", Maquiavelo presenta una serie de "leyes" que todo gobernante debe seguir; esto, si el interesado en el poder desea triunfar sobre sus enemigos y no ser sometido, tarde o temprano, por acciones en su contra que bien se hubiesen podido prever y controlar con un poco de cautela "maquiavélica".

La obra de Maquiavelo ha sido sometida, a través de los años, a los análisis, la crítica y la reprobación de diversos pensadores, filósofos y moralistas4; la inmensa mayoría coincide en que los argumentos, sobre todo aquéllos que aparecen en "El Príncipe", son una atentado contra cualquier razón que pueda existir, pues es imposible que el interés del poder atropelle con sus "malas artes" una ciencia que solamente busca la felicidad final del ser humano a través de los medios éticamente correctos. Y así, una vez más, la historia da fe de que la política y la filosofía son líneas paralelas que, siguiendo la definición matemática de tal concepto, jamás podrán converger en punto alguno.

Han sobrado intentos de consolidar el sueño platónico; el llamado "filósofo-rey" ha sido solamente un concepto alejado de la verdad humana. La política —principalmente el poder— ha separado de tal empresa a quienes han intentado emprender la compleja hazaña de gobernar un Estado. Entonces, y según las teorías de Platón: "A menos que los filósofos reinen en los Estados, o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía, no habrá fin de los males para los Estados ni para el género humano"5.

Sin embargo, y a pesar de los intentos fallidos que diversos gobernantes han emprendido por conciliar la razón con el poder, existió uno que estuvo a punto de lograrlo: Federico II "el Grande", rey de Prusia de 1740 a 1786. Este monarca era la concepción ideal del "rey-filósofo": durante su juventud dedicó sus estudios a la filosofía, a la música y a las letras. Asimismo, y asesorado por los consejos de Voltaire, escribió poco antes de llegar al poder "El Antimaquiavelo", obra en la que se daba a la tarea de criticar con firmeza los preceptos del pensador italiano, al tiempo que proponía olvidar la influencia de "El Príncipe" en los gobernantes. Pretendió así lograr la prosperidad en una Europa dividida, bélica y en constantes conflictos. De esta manera, el entonces príncipe escribió en su obra: "Se debería exterminar de una vez por todas aquella espantosa política (refiriéndose a la maquiavélica), por ser incapaz de plegarse a las máximas dictadas por una sana y depurada moral"6.

La obra del rey prusiano fue llevada a prensas por Voltaire, quien tuvo que suspender la impresión del libro cuando su mecenas llegó al poder. La causa de tal decisión se debió a que, con el dominio de un imperio bajo su mano, Federico II cayó en cuenta de cuán necesarias eran las lecciones maquiavélicas para lograr que los gobernantes no perdieran su trono. Así, un hombre sabio, conocedor de la necesidad indispensable de la moral y amante de la ética y la filosofía, tuvo que retraerse en su opinión acerca de Maquiavelo, pasar por alto los dictámenes moralistas y sacrificar su creencia por preservar el imperio que su padre le había heredado. Fue entonces cuando "la conducta del monarca prusiano desmintió con rotundidad los buenos deseos expresados por él mismo en su famoso ‘Antimaquiavelo’"7.

Ciertamente, tal decisión no debió ser sencilla; no es fácil separarse de un modo de pensar, de ser y de vivir para lograr el bienestar de un pueblo. Tampoco debe ser agradable dejar atrás las teorías adoptadas en la juventud y comprobar, años después, lo inservibles que son en la práctica. Voltaire fue quien más condenó las acciones del monarca prusiano, pues éste, poco tiempo después de consolidarse como rey, se dio a la empresa de invadir la región de Silesia (situada en gran parte de Polonia y, en menor proporción, en la antigua Checoslovaquia) y, con esto, hacer de nuevo un sueño la posibilidad de que un "rey-filósofo" llegara a gobernar y a demostrar que la moral sí es compatible con la política.

Son muchos los autores y pensadores que se han dado a la tarea de intentar someter las formas de gobierno a las pautas de la filosofía; el resultado de tales estudios no es más que una idea abstracta —platónica— que aún no es posible concretar ni sujetar a la realidad. A pesar de esto, no cabe duda de que adaptar la moral al poder sería un beneficio no sólo para el Estado y sus habitantes, sino también para todos aquellos que busquen en el poder la forma de servir y no de servirse. Un aprendizaje que bien podría mejorar la vida de un mundo que cada vez se empeña más en olvidar los valores permanentes y sustituirlos por los pasajeros, que no duran más que la moda.

Sin embrago, todo conlleva a aceptar que el rey-filósofo —esa utopía pensada hace casi tres mil años— no tiene espacio en un mundo de hombres ambiciosos de poder, fama, riqueza, y todas aquellas desgracias que han logrado que nuestra "historia universal" sea un enorme conjunto de guerras y matanzas, de incomprensión, traiciones y ambiciones… Una historia que si bien nos ha hecho ser lo que somos, quizá bajo otras circunstancias nos habría heredado un mundo donde las humanidades, su estética y su belleza fuesen la gota de agua que la clepsidra utiliza para contar el tiempo. Un tiempo en el que algunos pueblos realmente no merecen el gobierno que padecen. (C.C.L., México, D.F., abril del 2000)

1 Contrario al pensamiento popular de que los monjes en las abadías medievales se dedicaban a esconder textos antiguos, Alfonso Junco, en su obra "Inquisición sobre la Inquisición", demuestra lo contrario; el autor mexicano afirma que la católica Universidad de Salamanca fue la primera en apoyar algunas teorías que a la Iglesia se atribuye haber condenado; una de éstas fue "La Revolución de las órbitas celestes", de Nicolás Copérnico, adoptada por tal universidad como libro de texto fundamental.

2 Nicola Abbagnano, "Diccionario de Filosofía", Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

3 A pesar de tal creencia, quien escribió por primera vez de este tema fue el canciller indio Kautilya, en el siglo III a.C.; el nombre de la obra —descubierta en 1905 y publicada por vez primera en inglés en 1909— es "Arthasastra". (Para mayor referencia al respecto recomiendo el libro "La quimera del Rey Filósofo", de Roberto R. Aramayo.

4 Sin embargo, Arthur Schpoenhauer defiende al pensador florentino y a los "métodos" que aparecen en "El Príncipe": "El problema de Maquiavelo consistió en responder a la cuestión de cómo puede un príncipe mantenerse sobre su trono ‘a toda costa’. Por lo tanto, su problema no era una cuestión ética… sino una cuestión puramente política sobre cómo podría llevar a cabo tal cosa ‘si así lo quería’. Él se dedica a dar solución a tal problema".

5 Platón, "La República", Libro VI, Editorial Porrúa, 1993.

6 Federico II de Prusia, "Antimaquiavelo", editorial Cit, Madrid, 1984.

7 Roberto R. Aramayo, "La quimera del Rey Filósofo", editorial Taurus, Madrid, 1997.

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