| Bajo el
título "Recuperar la esperanza", el diario español ABC publicó en toda
una plana, el 9 de julio, en la sección semanal "Los Domingos de ABC", el
artículo que reproduce La Revista con permiso de su autor.
El PRI fue fundado en 1929 con otras
siglas PNR, Partido Nacional Revolucionario que por un tiempo fueron PRM
(Partido de la Revolución Mexicana). Pero el grupo en el poder, sin importar las
etiquetas, fue el mismo desde 1917, con sus crímenes interiores y sus fraudes electorales
exteriores. Dicho de otro modo, el régimen político mexicano nació antes que el
soviético y ha comenzado a morir once años después de que cayera el muro de Berlín.
De allí la alegría que, el domingo 2 de
julio, invadió a millones de mexicanos cuando se supo que, por primera vez en su
historia, México cambiaba de gobierno sin derramar sangre y el PRI perdía la elección
presidencial a manos de la Alianza por el Cambio, formada por los partidos Acción
Nacional y Verde Ecologista de México, que tuvo por abanderado al panista Vicente Fox
Quesada. De allí también que esa alegría desbordada quedara condimentada por la
perplejidad, por el asombro, por el síndrome de lo nunca visto, especialmente a partir de
las 23:15 horas, cuando el presidente priísta Ernesto Zedillo Ponce de León,
adelantándose a su propio candidato Francisco Labastida Ochoa, apareció en todas
las pantallas de televisión y reconoció el triunfo ajeno. Gozo y azoro.
El PAN venía de lejos. Desde 1939, en
condiciones muy difíciles, su fundador Manuel Gómez Morín había hecho la
increíble apuesta por la democracia, por el sufragio, por el Estado de Derecho, por una
etapa constructiva que dejara atrás la fase necesariamente destructiva de la Revolución
Mexicana. Los panistas fueron acusados de ingenuos, de "místicos del voto" y
hasta de cómplices de la "farsa democrática" y legitimadores de un régimen
nada democrático. Entre la apatía de unos, la desesperanza de otros y la violencia de
otros más, el PAN siguió tercamente apostando por los ciudadanos y su participación y
organización. La apuesta fue ganada el domingo.
Las declaraciones de Zedillo
apaciguaron los temores latentes en mexicanos y extranjeros, relativos a un posible fraude
electoral y a una turbulencia sociopolítica que, a partir del lunes, sacudiera las bases
recién construidas de la economía y las finanzas mexicanas. Las palabras inmediatas de Fox
Quesada, conciliadoras y de reconocimiento del Presidente, heraldos de un cambio de
gobierno terso y sin convulsiones ni cacerías de brujas, contribuyeron de inmediato a
aumentar la tranquilidad interna y externa. Los mercados premiaron el cambio y el modo en
que éste se dio, desde la mañana del lunes.
Por tercera vez consecutiva, Cuauhtémoc
Cárdenas perdió la elección presidencial. El desmoronamiento de su Alianza por
México en las urnas lleva a su partido el PRD, Partido de la Revolución
Democrática a un tercer lugar (16% el conjunto, 8% el PRD) apenas consolado por la
victoria en la Ciudad de México, ya que en ésta, no obstante el triunfo, los votos
perdidos fueron muchos: el PAN creció del 17% al 34% y, si el Tribunal Electoral le da la
razón, habrá obtenido mayoría en la Asamblea Legislativa de la capital. El PRI no ganó
uno solo de los puestos en esta liza.
Si bien los comicios no fueron, en
términos absolutos, un desastre para el PRI, sí lo despojaron de la clave o piedra
angular del sistema que manejó durante al menos siete decenios, es decir, de la
Presidencia de la República. Este golpe sicológico, político e histórico ha tenido
efectos brutales sobre el partido que, empero, conserva 208 de 500 curules en la Cámara
de Diputados, así como 58 de 128 escaños en la de Senadores. El PAN, respectivamente,
obtuvo 224 y 53. Pero, en el fondo, la cuestión era la de la Presidencia de la
República, tan simbólica como real en la urdimbre del poder priísta desde hace
demasiados años.
Muy rápidamente, el PRI ha entrado en una
gravísima crisis y ha comenzado a dar un espectáculo de riñas, venganzas, querellas y
recriminaciones sin cuenta ni cuento. Tal parece que los priístas sólo estaban
adiestrados para la victoria y que la derrota los ha puesto en un complejo y violento
predicamento. El drama consiste en que el PRI ha tenido siempre su centro de gravedad en
la Presidencia de la República y que, paulatinamente, el partido se convirtió en una
humillada correa de transmisión para las decisiones tomadas en la oficina presidencial.
Este tránsito, según la investigadora Isabelle Rousseau, se consumó entre 1982 y
1991. Y el PRI parece tener un obstáculo muy alto que saltar en la búsqueda de un centro
que no esté en Los Pinos. Los pleitos entre gobernadores y dirigentes, las
recriminaciones a Zedillo y la pesquisa de chivos expiatorios se dan a puerta
cerrada, pero por debajo de las puertas fluye algo de información. Como hilillos de
sangre.
Para el PAN, el problema de la victoria
será otro, aunque no muy distinto del del PRI. Podría decirse que es el mismo, pero en
sentido contrario. En efecto, el partido siempre tuvo su centro en sí mismo y, desde esta
realidad, criticó duramente la sumisión del PRI a la Presidencia. Ahora, el desafío que
el PAN afrontará será el de no dejar que ese centro pase a Los Pinos o al Palacio
Nacional, o, dicho de otro modo, el de no convertirse en lo que el PRI fue: un partido de
Estado. Fox Quesada, en cierto modo, avasalló al PAN como candidato y orquestó a
su alrededor, durante la campaña, a un conjunto de personas no sólo ajenas, sino
históricamente adversas al PAN. Habrá que ver cómo resuelve el problema de hacer equipo
de gobierno y cómo quedará el PAN en esta jugada.
Por lo que atañe al PRD, su problema no es
de centro, sino de circunferencia, pues Cuauhtémoc Cárdenas ha sido el centro
absoluto, antidemocrático y caudillista de este partido para el cual el candidato
derrotado ha sido al mismo tiempo salvación y desgracia. Salvación, porque sólo en la
sumisión a él podían resolverse los conflictos constantes entre las "tribus"
perredistas; desgracia, porque en virtud de su dominio, muchos de los mejores líderes
perredistas dejaron el partido y los que quedaron no pudieron crecer, ni el grupo pudo
vivir democráticamente.
En el Congreso, ningún partido tiene
mayoría suficiente para hacer, solo, reformas constitucionales. Para éstas, además, el
PRD no tendrá gran peso, pues sus votos no le alcanzan ni al PRI ni al PAN para
constituir mayoría. Parece que el PRI y el PAN estarán condenados a entenderse, salvo si
un grupo priísta nostálgico del PRI "nacionalista revolucionario"
se desplaza hacia el PRD, que conserva esta línea. Todas las monedas del futuro
legislativo de México están en el aire.
Pero en ese aire hay alegría. Y ésta, a
pesar de la perplejidad, es buena consejera. El País ha recuperado un entusiasmo y una
esperanza que no conocía desde hace años. La expectativas de cambio son altas. Las
frustraciones pueden ser muy graves. Vicente Fox lo sabe y, hasta donde se ve,
está poniendo las bases para no defraudar a los electores que, por fin, despertaron y,
parafraseando a Monterroso, descubrieron que el dinosaurio ya no estaba allí.
El cambio, en fin, ha sido enorme. Digamos
que México logró ya la democracia cuantitativa, la de la emisión y el conteo decentes
de los votos, la de la confiabilidad en las instituciones electorales. Y añadamos que lo
que le queda por obtener es la democracia cualitativa: la de la justicia social, la del
Estado de Derecho, la de la seguridad jurídica y la seguridad pública, la de la
educación y la salud públicas. El termómetro del ascenso en la calidad servirá para
medir al nuevo gobierno dentro de tres años, cuando se realicen las elecciones
intermedias legislativas. (C.C.P., México, D.F., julio de 2000)
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