Semanario de Información y Análisis Político No. 560
Julio 14 de 2000


El cambio ha sido enorme México: alegre y perplejo

Por Carlos Castillo Peraza

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Bajo el título "Recuperar la esperanza", el diario español ABC publicó en toda una plana, el 9 de julio, en la sección semanal "Los Domingos de ABC", el artículo que reproduce La Revista con permiso de su autor.

El PRI fue fundado en 1929 con otras siglas —PNR, Partido Nacional Revolucionario— que por un tiempo fueron PRM (Partido de la Revolución Mexicana). Pero el grupo en el poder, sin importar las etiquetas, fue el mismo desde 1917, con sus crímenes interiores y sus fraudes electorales exteriores. Dicho de otro modo, el régimen político mexicano nació antes que el soviético y ha comenzado a morir once años después de que cayera el muro de Berlín.

De allí la alegría que, el domingo 2 de julio, invadió a millones de mexicanos cuando se supo que, por primera vez en su historia, México cambiaba de gobierno sin derramar sangre y el PRI perdía la elección presidencial a manos de la Alianza por el Cambio, formada por los partidos Acción Nacional y Verde Ecologista de México, que tuvo por abanderado al panista Vicente Fox Quesada. De allí también que esa alegría desbordada quedara condimentada por la perplejidad, por el asombro, por el síndrome de lo nunca visto, especialmente a partir de las 23:15 horas, cuando el presidente priísta Ernesto Zedillo Ponce de León, adelantándose a su propio candidato Francisco Labastida Ochoa, apareció en todas las pantallas de televisión y reconoció el triunfo ajeno. Gozo y azoro.

El PAN venía de lejos. Desde 1939, en condiciones muy difíciles, su fundador Manuel Gómez Morín había hecho la increíble apuesta por la democracia, por el sufragio, por el Estado de Derecho, por una etapa constructiva que dejara atrás la fase necesariamente destructiva de la Revolución Mexicana. Los panistas fueron acusados de ingenuos, de "místicos del voto" y hasta de cómplices de la "farsa democrática" y legitimadores de un régimen nada democrático. Entre la apatía de unos, la desesperanza de otros y la violencia de otros más, el PAN siguió tercamente apostando por los ciudadanos y su participación y organización. La apuesta fue ganada el domingo.

Las declaraciones de Zedillo apaciguaron los temores latentes en mexicanos y extranjeros, relativos a un posible fraude electoral y a una turbulencia sociopolítica que, a partir del lunes, sacudiera las bases recién construidas de la economía y las finanzas mexicanas. Las palabras inmediatas de Fox Quesada, conciliadoras y de reconocimiento del Presidente, heraldos de un cambio de gobierno terso y sin convulsiones ni cacerías de brujas, contribuyeron de inmediato a aumentar la tranquilidad interna y externa. Los mercados premiaron el cambio y el modo en que éste se dio, desde la mañana del lunes.

Por tercera vez consecutiva, Cuauhtémoc Cárdenas perdió la elección presidencial. El desmoronamiento de su Alianza por México en las urnas lleva a su partido —el PRD, Partido de la Revolución Democrática— a un tercer lugar (16% el conjunto, 8% el PRD) apenas consolado por la victoria en la Ciudad de México, ya que en ésta, no obstante el triunfo, los votos perdidos fueron muchos: el PAN creció del 17% al 34% y, si el Tribunal Electoral le da la razón, habrá obtenido mayoría en la Asamblea Legislativa de la capital. El PRI no ganó uno solo de los puestos en esta liza.

Si bien los comicios no fueron, en términos absolutos, un desastre para el PRI, sí lo despojaron de la clave o piedra angular del sistema que manejó durante al menos siete decenios, es decir, de la Presidencia de la República. Este golpe sicológico, político e histórico ha tenido efectos brutales sobre el partido que, empero, conserva 208 de 500 curules en la Cámara de Diputados, así como 58 de 128 escaños en la de Senadores. El PAN, respectivamente, obtuvo 224 y 53. Pero, en el fondo, la cuestión era la de la Presidencia de la República, tan simbólica como real en la urdimbre del poder priísta desde hace demasiados años.

Muy rápidamente, el PRI ha entrado en una gravísima crisis y ha comenzado a dar un espectáculo de riñas, venganzas, querellas y recriminaciones sin cuenta ni cuento. Tal parece que los priístas sólo estaban adiestrados para la victoria y que la derrota los ha puesto en un complejo y violento predicamento. El drama consiste en que el PRI ha tenido siempre su centro de gravedad en la Presidencia de la República y que, paulatinamente, el partido se convirtió en una humillada correa de transmisión para las decisiones tomadas en la oficina presidencial. Este tránsito, según la investigadora Isabelle Rousseau, se consumó entre 1982 y 1991. Y el PRI parece tener un obstáculo muy alto que saltar en la búsqueda de un centro que no esté en Los Pinos. Los pleitos entre gobernadores y dirigentes, las recriminaciones a Zedillo y la pesquisa de chivos expiatorios se dan a puerta cerrada, pero por debajo de las puertas fluye algo de información. Como hilillos de sangre.

Para el PAN, el problema de la victoria será otro, aunque no muy distinto del del PRI. Podría decirse que es el mismo, pero en sentido contrario. En efecto, el partido siempre tuvo su centro en sí mismo y, desde esta realidad, criticó duramente la sumisión del PRI a la Presidencia. Ahora, el desafío que el PAN afrontará será el de no dejar que ese centro pase a Los Pinos o al Palacio Nacional, o, dicho de otro modo, el de no convertirse en lo que el PRI fue: un partido de Estado. Fox Quesada, en cierto modo, avasalló al PAN como candidato y orquestó a su alrededor, durante la campaña, a un conjunto de personas no sólo ajenas, sino históricamente adversas al PAN. Habrá que ver cómo resuelve el problema de hacer equipo de gobierno y cómo quedará el PAN en esta jugada.

Por lo que atañe al PRD, su problema no es de centro, sino de circunferencia, pues Cuauhtémoc Cárdenas ha sido el centro absoluto, antidemocrático y caudillista de este partido para el cual el candidato derrotado ha sido al mismo tiempo salvación y desgracia. Salvación, porque sólo en la sumisión a él podían resolverse los conflictos constantes entre las "tribus" perredistas; desgracia, porque en virtud de su dominio, muchos de los mejores líderes perredistas dejaron el partido y los que quedaron no pudieron crecer, ni el grupo pudo vivir democráticamente.

En el Congreso, ningún partido tiene mayoría suficiente para hacer, solo, reformas constitucionales. Para éstas, además, el PRD no tendrá gran peso, pues sus votos no le alcanzan ni al PRI ni al PAN para constituir mayoría. Parece que el PRI y el PAN estarán condenados a entenderse, salvo si un grupo priísta —nostálgico del PRI "nacionalista revolucionario"— se desplaza hacia el PRD, que conserva esta línea. Todas las monedas del futuro legislativo de México están en el aire.

Pero en ese aire hay alegría. Y ésta, a pesar de la perplejidad, es buena consejera. El País ha recuperado un entusiasmo y una esperanza que no conocía desde hace años. La expectativas de cambio son altas. Las frustraciones pueden ser muy graves. Vicente Fox lo sabe y, hasta donde se ve, está poniendo las bases para no defraudar a los electores que, por fin, despertaron y, parafraseando a Monterroso, descubrieron que el dinosaurio ya no estaba allí.

El cambio, en fin, ha sido enorme. Digamos que México logró ya la democracia cuantitativa, la de la emisión y el conteo decentes de los votos, la de la confiabilidad en las instituciones electorales. Y añadamos que lo que le queda por obtener es la democracia cualitativa: la de la justicia social, la del Estado de Derecho, la de la seguridad jurídica y la seguridad pública, la de la educación y la salud públicas. El termómetro del ascenso en la calidad servirá para medir al nuevo gobierno dentro de tres años, cuando se realicen las elecciones intermedias legislativas. (C.C.P., México, D.F., julio de 2000)

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