
Las ciudades son pasado. Cada pueblo, cada
región, cada país y, en su conjunto, la raza humana, posee una historia, una prueba del
paso de otros hombres a través de los caminos que hoy en día recorremos. Este legado
que por lo menos en nuestro México data de tiempos inmemorables es la piedra
angular de lo que ahora somos, de la idiosincrasia, la cultura, las costumbres y las
tradiciones que nos identifican como nación: la "comunidad de personas que viven en
un territorio regido por el mismo gobierno y unidas por lazos étnicos o de
historia".
Así, cada calle que da forma a una urbe, o
cada rincón, o cada parque, etc, guarda la memoria de los días que fueron, de las
historias que por boca de los viejos resucitan, evitando las trampas del olvido
En
fin de cuentas, la ciudad es tal vez el mayor centro de convivencia del ser humano, un
edén de formas que recrea los sentidos tanto del nativo cuanto del extranjero, ése que
acude a "contaminarse" de sonidos, olores, sabores y colores nuevos, en
ocasiones diversos y a veces similares pero nunca iguales- a los que en su propia
tierra encuentra.
Hay ciudades cuyo embrujo es instantáneo,
que cautivan y asombran como lo hace el amor a primera vista. Ciudades que podrían
permanecer ajenas al paso del tiempo -distantes de la modernidad y el progreso- para así
conservarlas intactas, como un recuerdo que, al voltear hacia atrás la vista, siga siendo
siempre el mismo, congelado en un espejo por el que los días no transcurran y las noches
sean tan solo otra maravilla más.
Ejemplos para lo anterior deben sobrar y,
ciertamente, cada persona podrían formar una lista que incluyese al mundo entero. En lo
personal, guardo en la memoria a Mérida, ciudad señorial, ciudad blanca, ciudad que es
la combinación de muchas épocas insustituibles, algunas de mayor gloria, algunas de
pena, pero que, sin lugar a dudas, han dado como fruto la maravilla que hace unos días
tuve la fortuna de visitar.
Como cada vez que regreso, y con nueva
admiración en las pupilas, recorrí sus calles, sus rincones, sus majestuosas casas, sus
olvidados recovecos; me admiré con sus atardeceres ardientes y sus mañanas tranquilas,
con su gente buena y alegre; me deleite con el milagro de su cocina, de sus flores, de los
frutos que sólo ahí encuentro. Y, también como siempre, fui víctima total de la
belleza y la armonía que aún es posible descubrir en el Paseo de Monetjo. Caminando por
este camino de memorias me topé, con cierta tristeza y mayor melancolía, con un conjunto
de vigas metálicas que en la esquina de "El Carnavalito" pretenden ser las
bases de un nuevo supermercado. La obra que, como todas aquellas que en esta vía se
encuentran, pertenecen a la mano humana, anuncia ser de dimensiones impresionantes
por lo que pude ver, casi una cuadra- y, como muchas veces suele suceder, obedece a
las necesidades de una ciudad que con el crecimiento físico arrastra la exigencia de
nuevos servicios. Ante eso, ni hablar. No se puede detener el desarrollo urbano ni privar
a los meridanos de lugares de esta índole.
Sin embrago, también considero que la
esquina elegida para hacer esta construcción no es el adecuado, ya que un supermercado no
solo atenta contra la integridad de una calle por la que la estética camina, se huele, se
siente y se contempla; atenta contra la historia, contra las raíces comunes, contra el
pasado que dio forma a un magnífico presente, contra la integridad de una zona por demás
hermosa, como esas que ojalá pudiéramos conservar tal y como fueron, o al menos tal y
como son. Asimismo, lo que en "El Carnavalito" se lleva a cabo rebasa los
límites de la tolerancia, pues ya han sido demasiadas las casas sacrificadas en beneficio
de lo actual, los campos devastados por una mejoría que nunca llegó, los edificios que
la moda dejó para demostrar cuán efímero y pasajero es lo que se pierde con el paso del
tiempo, aquello que se apega a lo banal y no a lo eterno.
La fortuna, no obstante, se encuentra en
quienes se oponen a lo que Frenando espejo bautizó como aberración: en todos los que han
aportado su voz, su firma o su opinión en contra de este paso absurdo de la modernidad,
en aquéllos dispuestos a evitar que Mérida pierda o siga perdiendo- esa señorial
presencia que se impone ante los ojos de cualquier visitante, pero sobre todo, ante los
ojos de los propios yucatecos. En resumen, por suerte existen los que no piensan que un Wal-Mart
se capaz de embellecer un lugar ya de por sí hermoso, sino que lo consideran una muestra
de lo que hay que evitar a toda costa: la destrucción de la memoria en pro de un interés
particular.
De esta forma, expreso mi total desacuerdo
con el cúmulo de vigas que opacan al Paseo de Montejo, con la intención de la empresa Wal-Mart
de expandir su cadena de supermercados hacia donde no es necesario, con el olvido del
pasado, de la historia y de la memoria que atenta contra el futuro de Mérida, con la
aberración en la que se pretende convertir "El Carnavalito" y, sobre todo, con
el descuido que logra que los espacios comunes para la vista de todos sean transformados
en construcciones donde se pierde la intención que lleva la ciudad: ser un espacio para
todos en el que todos podamos convivir en paz.
Hace unos días fue publicado un desplegado
que demostraba la legalidad de esta nueva edificación, pero que expresaba el desacuerdo
de quienes lo firmaban. Sirva este artículo para evitar que el silencio nos convierta en
cómplices de lo que sucede. Para que, en el futuro, otros no olviden que una voz
solitaria es presa sencilla del viento, pero que un conjunto de éstas en no pocas
ocasiones ha conseguido mucho más de lo que el miedo, el silencio y la indiferencia
pueden lograr. (C.C.L. México D.F. agosto 2000)
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