Hablar de música es
hablar arte
Es referirse a una creación humana que, por nacer de lo humano, se
encuentra repleta de sentimientos conjugados en palabras (cuando no es instrumental) y
ordenados en pentagramas por medio de notas. Por provenir de una sensación, y en
consecuencia, la música es un arte, es el talento de algunos que deleita el silencio de
la mayoría.
Sin embargo todos cantamos. No creo que
exista quien, en algún momento de su vida, no se haya detenido frente a un paisaje, en el
cruce de una calle o en la soledad de un elevador, a tararear las frases que dan forma a
alguna canción, o las notas que, por medio de un silbido, expresan el recuerdo de alguna
melodía. O al revés: quien no haya volteado en alguna ocasión (o por lo menos
reconocido momentáneamente) en busca de la fuente del sonido conocido, así sea una radio
anónima o un peatón pasajero. Definitivamente, se trate de instrumentos o de palabras,
los acordes y las letras de muchas canciones ocupan un buen espacio de nuestra memoria
aunque no sean un recuerdo constante, es decir, aquel que tenemos siempre presente, el que
con relativa frecuencia suele acudir al llamado "Mundo de las ideas".
En particular, me considero admirador de
las canciones que, en su expresión, conducen al oyente a través de experiencias con las
cuales se identifica, con las que se comparte alguna frase y se piensa: "Quizá yo
hubiera dicho eso si supiera escribir". Canciones que más que una expresión revelan
confesiones profundas por medio de palabras en las que el sentimiento desborda y se
comunica, quizá sin mayor intención que platicar un desamor casi olvidado, un suceso
recordable, una mañana de lluvia, una flor que se marchita, una noche bajo el embrujo de
la luna y, así, mil y un escenarios para elegir1. En fin de cuentas, canciones
en que el amor es protagonista y cuya experiencia es adaptada a una historia particular.
Actualmente, los géneros musicales en los
que es posible encontrar lo descrito líneas arriba son innumerables: el bolero, la trova
(con todas sus variaciones), el pop (aunque en ocasiones, por su comercialización,
suele devenir en piezas un tanto banales) y hasta el rock, a pesar de ser
considerado algunas veces, y por fama de algunos de sus representantes, como superficial,
contestatario e incluso agresivo. No obstante, quizá la variante más socorrida en
nuestros días es la "nueva canción urbana" o "canción callejera",
género que últimamente ha cobrado adeptos a gran escala, así como intérpretes que,
armados con una guitarra y algunas canciones "fusiladas" la mayoría de las
veces, propias en otras, recorren las calles de México en camiones públicos, ocupan
espacios en pequeños bares y cafés, o deleitan a los viandantes en plazas y parques los
días de mayor concurrencia.
Nacida de la "nueva trova cubana"
que se dio a conocer en América principalmente por Silvio Rodríguez y Pablo
Milanés, la llamada "canción callejera" es el reflejo y el legado de
artistas como Joaquín Sabina, Fito Páez, Juan Manuel Serrat, Luis
Eduardo Aute, Milanés y Rodríguez. Estos exponentes son tal vez los
más importantes y algo así como los "maestros" de los que actualmente, y a
pesar de las enormes complicaciones que representa el carecer de disquera y publicidad, se
encuentran en escena y han logrado conseguir un espacio y un nombre dentro de la música
(aunque los "clásicos", cabe mencionarlo, no han pasado "de moda", a
pesar de largos años de trayectoria musical). Entre los más escuchados hoy en día se
encuentran Fernando Delgadillo (México), Hernaldo Zúñiga (Nicaragua), Pedro
Guerra (España), Jorge Drexler (Uruguay) y Alejandro Filio (México).
Por fortuna, esta nueva variante de la
trova no termina en sus actuales exponentes; son también muchos los que hoy continúan
consolidando un movimiento musical que, al parecer, no es simplemente una tendencia más
de la modernidad, sino un estilo, una forma de escribir, de componer y de cantar que lleva
varios años de desarrollo en México, por no hablar de países como Argentina o España
donde la "nueva canción urbana" es mucho más escuchada y apreciada. Quienes
hoy en nuestro país ocupan el espacio "underground" que hace unos años era de
los que ya han logrado salir del anonimato son: Enrique Quesada, Jaime Ades,
Álvaro Arbitia y Enrique Muñoz, principalmente. Son ellos los que tocan y
cantan en plazas públicas (Coyoacán, en el Distrito Federal), cafés y bares más o
menos conocidos (El Péndulo y El hijo del cuervo, también en el D.F.). Son ellos
también quienes, a pesar de enormes sacrificios, salen adelante en la grabación de
casetes y discos la mayoría de producción regular para dar a conocer su
trabajo, su labor, la expresión de sus sentires a través de una de las artes más
antiguas y hermosas: la música.
Contrario a lo que lo actual expresa en
modas, que devienen en aberraciones como la música electrónica, la nueva trova surge
como contrapeso ante la vacuidad de un mundo donde el sonido estridente que más
bien cabría clasificar como ruido parece expandirse como muestra del vacío
sentimental dominante, del silencio y del núcleo en el que muchos se recluyen para ser
absorbidos por las masa, por el anonimato o la indiferencia.
"Trágicamente, el hombre está
perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo
que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la
vida2". Quizá esta nueva tendencia musical, la trova, pueda ser una
propuesta para un encuentro con el corazón, con el orden de la expresión musical, con el
diálogo entre dos interlocutores que escuchan, callan y meditan lo platicado. En fin de
cuentas, escuchar una canción es solamente eso: escuchar. Y ésta es quizá la causa por
la que la "canción callejera" carece de admiradores y evita conciertos
tumultuosos: en un mundo donde las palabras pasan de largo como los días, difícilmente
se encuentra a alguien dispuesto a contemplar, a deleitarse un instante el corazón y
pensar que el tiempo empleado no ha sido un desperdicio, sino un recorrido por los
sentimientos, la memoria y la razón.
Por otra parte, creo que la construcción
de un Walmart en el Paseo de Montejo es una aberración para la ciudad de Mérida. (C.C.L.,
México D.F., agosto 2000)
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