La ruta de
las ventanas
"...pour ne point voir, par la glace..."
Arthur Rimbaud
(Fragmento de "Rêvé pour lhiver")
La ruta de las
ventanas, se envuelve en los párpados de las sombras finales de
un cuarto soñoliento y frágil ante las campanadas vacías y crueles que anuncian con
rapidez la hora de tu llegada.
En la ventana
Por Alicia Ferreira
El salto lo tenías ensayado desde
antes, cuando mirabas por la ventana el horizonte salpicado de mar.
El salto no era problema. Imaginabas el
descender del cuerpo, el ondular ajeno de las manos, el rostro brevemente desencajado, el
sonido de la ruptura, ese grito final involuntario dejando escapar el aire.
La altura ofrecía seguridad de una muerte
rápida, sin agregar sufrimiento, sin culpas ni responsables. Así, sólo ensayar el
salto...
La hora también estaba prevista, en la
oscuridad de la noche profunda, a hurtadillas de esperanzas, sin retornos.
La causa había sido pensada y repensada.
La juventud de ella, su hermosura, la escena de su intimidad apenas vislumbrada, pero que
valía por muchas confesiones: "La misma edad de nuestra hija, la misma".
No era la primera vez que era infiel, por
supuesto; eso también lo sabías.
Jamás una escena, nunca un reclamo, sólo
ese resentimiento. La rabia mordida de culpa por haber envejecido, por no ofrecer lo
mismo.
Además, la hija que intuye, que ha visto
desarrollarse la intriga, que también propicia con su silencio. El no atreverse, como
ella, amordazadas por la audacia del hombre, su cinismo y el derecho de anularlas.
Sabes que tendrás que hacerlo, has tomado
pacientemente cada una de las píldoras que te receta el médico, has intentado aceptar,
has pedido disculpas con una enfermedad continua, con el castigo al cuerpo que traiciona.
Ahora esperas el instante final. Has
decidido la libertad, el salto como sueles llamarlo, la libertad de elegir tu muerte.
No estás acostumbrada a planear tu futuro,
por eso te ha llevado tiempo, parada frente a la ventana, despierta en la noche, sola en
la cama inmensa que él abandona. Cayendo tantas veces en el sueño, intuyendo ese
contacto del aire que adormece tu rostro, que parece besarlo en un adiós definitivo.
Por eso, ahora que por fin llega el
momento, cierras la puerta de la cocina con un golpe seco, y él, tu marido, la golpea
desde afuera mientras grita tu nombre.
Abres la ventana despacio, cumples el
ritual que planeaste. Subes tu cuerpo frágil a la silla, mientras el vestido rojo brilla
como una despedida.
Levantas la pierna con un gesto de triunfo
y te empuja firme hacia el salto, hacia el abismo.
Aún tienes tiempo de escuchar el grito de
protesta de tu boca, esperas el frío del piso que te estrecha, mientras subsiste arriba
la ventana, abierta inútilmente y tu libertad perdida para siempre.
- Tatuma
- Por Sendy Capetillo
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- Tatuma se largó
- a ocultar sus demonios
- dejando los cerillos,
- mis siete cartas rotas
- y el cigarro encendido.
- Tatuma tuvo el valor
- para volverse cobarde
- y mandarme todo aquello
- que mi ser le recordase.
- Caminando lento se marchó
- sin porte, sin llevarse nada,
- sin siquiera dejarme saber
- qué fantasmas dejaba.
- Tatuma en mis versos
- con sábanas y delirio,
- Tatuma mi deseo,
- placer y martirio.
- Busca quien idolatre
- lo que yo olvidé alabar;
- lo que puse por encima de
- mi vida misma
- Tatuma invade cada dedo,
- cada palma encendida
- recorriendo lo que ayer bebía
- haciéndome estremecer.
- Se va buscando quién le dé
- la mirada sin mentiras
- al calor de una noche apasionada
- sabe que no sólo el corazón,
- mi cuerpo y mi mente
- lo adoraban como nadie
- sino el orgullo, el valor
- e incluso mis agallas,
- por eso no le juzgo
- sino ese odio demente
- sin razón y sin motivos.
- Tatuma ausente:
- ¿Por qué merezco tu odio,
- por qué mereces mi olvido?
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