Las noticias nacionales
son a últimas fechas muy sustanciosas: una matanza entre priístas en Chimalhuacán, un
ex secretario de Turismo fugitivo, un secretario de Comercio y Fomento Industrial enredado
así como se oye en un caso de genocidio sudamericano, un gobernador
zacatecano que en vísperas del último informe presidencial marcha hacia Los Pinos en
protesta contra el primer mandatario... en fin, los síntomas del final de una era.
En Yucatán se respira también ese
ambiente finisecular, pero hasta el momento el Gobernador parece conservar aún todas las
riendas del poder, en gran medida gracias a que el principal partido opositor en el Estado
el PAN ha mostrado en los últimos años una total incapacidad para oponerse a
las arbitrariedades del Ejecutivo.
José Castañeda Pérez se salvó
del fracaso total en su gestión al frente del Comité Directivo Estatal del blanquiazul
gracias a la "ola Fox". La fidelidad tradicional del panismo yucateco y el
pánico popular ante la posibilidad de otros seis años de PRI al frente del Ejecutivo
federal le permitió a ese político mediocre y timorato una salida airosa: su pobre
desempeño quedó en un segundo plano frente a la euforia por el cambio nacional. Y la
inercia de esta euforia posiblemente le ayude al PAN yucateco a recuperar algo del espacio
perdido, aunque mucho del daño ya está hecho: fue bajo la dirección de Castañeda
que su partido pasó de 12 curules en el Congreso local (de un total de 25) a sólo ocho.
Y es precisamente en el plano legislativo
donde el partido blanquiazul nos mostró otra vez su incapacidad frente a la barbarie.
Nuevamente se vio la falta de una estrategia eficaz para combatir la cerrazón priísta;
no hubo ninguna medida drástica que revirtiera la tradicional nulidad que desde hace
muchos lustros caracteriza al Poder Legislativo del Estado. Muy al contrario, la bancada
opositora se mostró como parte de esa comparsa, a lo que ayudó grandemente el alcalde de
Mérida, Xavier Abreu Sierra, cuyas frivolidades y errores prepararon el terreno
para que las bombas de humo priístas estallaran en el momento preciso en que arreciaban
las denuncias blanquiazules.
Así como Víctor Cervera no tuvo en
Castañeda a un contrincante de peso, Myrna Hoyos tampoco ha tenido
oposición eficaz en el Congreso Local. Nada, ni siquiera el grave caso de la criminal
alteración del Código Penal, ha puesto en verdaderos aprietos a la bancada priísta. La
indignación blanquiazul por los procedimientos de los sirvientes cerveristas nunca se
materializó en acciones que no fueran simples y airadas declaraciones en la prensa amiga.
Por ejemplo, volviendo al caso del párrafo "achocado" en el texto del nuevo
Código Penal, ha tenido que ser un particular Armando Medina Millet el
que interponga un recurso jurídico contra ese delito; la fracción panista no ha movido
un dedo.
El Gobernador está tranquilo. Para
desgracia de los yucatecos, el Congreso local sigue siendo lo que siempre ha sido: más
una carpa de lucha libre que un recinto que produzca y reforme leyes; más un espectáculo
denigrante que un Poder vigilando a otro Poder; más una cueva de cómplices y
encubridores que un fiscalizador del gasto público.
Y es que ya se veía venir desde que Cervera
se sentó por segunda vez en la silla del Palacio de la 61. Su peculiar estilo de
administrar el erario es conocido: agarrar de aquí para poner allá y luego ver cómo
tapar el faltante; es decir, un manejo arbitrario y caprichoso de las finanzas públicas,
difícil de justificar contablemente. Y dado que un Poder Legislativo funcional es
incompatible con estos modos, el Gobernador promovió la vigencia de los "usos y
costumbres" priístas que aseguraron la continuidad de un Congreso local vergonzante.
Así las cosas, y por lógica, si los peces
grandes de las cuentas turbias no son molestados por auditoría alguna, los peces chicos
menos. La debilidad e insignificancia panista en este mar de corrupción quedaron
demostradas precisamente cuando un par de diputados blanquiazules creyó hace
algunos días haber atrapado en su red a algunos pececillos negros (uno de Tizimín
y otro de Kanasín, por ejemplo), ya que inmediatamente el agua se revolvió con el
escándalo de Xavier Abreu y el título que se compró: alcalde de la Primera
Capital Americana de la Cultura.
Definitivamente el PAN yucateco ha sido
guiado a una crisis profunda. El egoísmo, la soberbia, la egolatría, el chambismo, el
sectarismo y el mesianismo han sentado sus reales allí donde en otro tiempo trabajó
fructífera y hondamente la generosidad, la valentía y el ideal democrático. Hoy por hoy
el discurso panista tiene un sonido hueco, y lo único que le da sustancia verdadera son
los ecos del pasado. (J.C.F.M., Mérida, Yucatán, Méx., septiembre de 2000)
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