Ibarra, David. "El nuevo orden internacional.
Esperanzas democráticas, soberanías marchitas, crisis financieras". México,
Aguilar, 2000. 196 p.
Las profundas transformaciones
tecnológicas, económicas, sociales y políticas que han surgido con la globalización,
han traído aparejados problemas y retos complejos que deben ser enfrentados con
instrumentos teóricos aún insuficientes que todavía no han dado buena cuenta de los
novedosos fenómenos mundiales. De la construcción de esa panoplia teórica que nos
permita enfrentar la actual realidad internacional depende la elaboración de políticas
que permitan un efectivo desarrollo humano. La insatisfacción ante la imposibilidad que
hasta ahora han mostrado las ciencias sociales para explicar los cambios que ha vivido el
mundo, es la que condujo al destacado economista mexicano David Ibarra a pergeñar
este libro.
Si bien el trabajo está enfocado
principalmente desde el punto de vista económico, no se han dejado de lado varios temas
sociales y políticos que se interrelacionan mutua e ineludiblemente con la economía.
Buena parte del texto está enfocada a la tensión existente entre lo que el autor
denomina los dos principios organizativos de la sociedad posmoderna: la democracia y el
mercado. La primera está guiada por la participación y la igualdad, además de la
formación de acuerdos consensuales en la definición de las orientaciones sociales,
resolución de controversias y la protección de las soberanías nacionales. Por el
contrario, los valores del mercado, tales como la eficiencia, la competitividad, la
desregulación y el cosmopolitismo, van por otras rutas, ya que postulan que el juego
irrestricto de los intereses individuales lleva al bienestar común, eleva la eficiencia
productiva y evita los abusos del poder. El choque entre ambos es una de las principales
preocupaciones del mundo moderno.
La presunción neoliberal de que debe
procurarse la máxima libertad negativa de los individuos e imponer al mercado como
mecanismo coordinador de la vida económica, ha llevado al embate contra el Estado
benefactor, que pretendía alcanzar la convivencia de la justicia social y la libertad
económica, mediar los conflictos de clase y el establecimiento de gobiernos
democráticos. La liberación de mercados y regulaciones han conducido, como ocurre en
América Latina, al agravamiento de las desigualdades sociales. Aquí, a decir de Ibarra,
hay una paradoja: "Se avanza en la modernización democrática sin que ésta tenga
todavía los alcances de articular y dar salida con programas efectivos a la acumulación
de demandas sociales insatisfechas".
Lo anterior se da en un escenario
internacional marcado por la globalización económica, la desaparición de fronteras y
eliminación del proteccionismo. De esas condiciones ningún país puede escapar, debido
al alto costo que ello le implicaría. Sin embargo, tampoco ningún país puede renunciar
a un par de principios democráticos: igualdad y justicia social. Ese es un gran reto, ya
que las empresas globalizadas producen e intercambian en los lugares que les otorgan más
ventajas, sin interesarse por las condiciones de empleo, ingreso o crecimiento de las
economías nacionales; sin embargo, seguirán existiendo demandas político-democráticas
en los ámbitos nacionales.
Es por ello que el mercado y la democracia
requieren de acomodos que permitan armonizar, en la medida de lo posible, metas como la
eficiencia y la igualdad. En el marco de la globalidad es necesario asumir nuevos
paradigmas sociopolíticos.
Ibarra propone lo siguiente:
"Fortalecer a las instituciones democráticas nacionales para compensar la pérdida
de autonomía en el frente internacional y propiciar en los foros mundiales el
fortalecimiento de los derechos humanos, la corresponsabilidad ecológica y el rediseño,
en el sentido de humanizar las consecuencias económicas de las políticas auspiciadas por
los organismos internacionales y los gobiernos de muchos países industrializados".
De tal forma, es necesario también normar la globalidad de la economía y las finanzas:
deben crearse y de hecho ya hay algunos avances aún embrionarios
instituciones regulatorias internacionales que se materialicen en convenios, acuerdos,
tratados que traspasen los límites nacionales. Pero el autor propone que esto vaya
acompañado por una concepción moral que vincule justicia social y racionalidad
económica.
Mientras la normatividad internacional
aumenta, a nivel nacional deben establecerse reglas que hagan a los países menos
permeables a las vicisitudes globales, especialmente el resguardo de los equilibrios
macroeconómicos, cuidar el alineamiento del tipo de cambio y el endeudamiento externo. A
este respecto, Ibarra aconseja sostener el valor real del tipo de cambio sin
apreciaciones sistemáticas, en vez de utilizarlo como ancla antiinflacionaria y aliviar
las presiones alcistas de las tasas de interés.
Asimismo, Ibarra destaca la crisis
de los paradigmas socioeconómicos ante los cambios mundiales, aunque algunos de los
problemas persistan. Uno de los puntos fundamentales de esa crisis son los papeles que
corresponde jugar al Estado y al mercado, y sobre la visión del desarrollo. De los
setenta a los noventa hubo un movimiento pendular paradigmático, que pasó de la
ingeniería social y del proteccionismo nacionalista a la apología del mercado y al
Estado minimalista. Esto provocó, entre otras cosas, la destrucción innecesaria de
instituciones como las del Estado benefactor y a aumentar los costos sociales
de las transformaciones. Pero, para crear un nuevo paradigma que equilibre mercado y
Estado, libertad con igualdad, eficiencia con justicia social, resulta indispensable que
las políticas económicas y las de orden social formen una unidad indisoluble de
propósitos; el divorcio entre esferas ya resulta intolerable pues implica costos muy
altos para ambas.
Los componentes integradores de la
política social que el autor considera más importantes son los siguientes: la cobertura
de riesgos a los que se vea expuesta la población; formación de capital humano; medidas
encaminadas a corregir desviaciones en la distribución de beneficios del desarrollo o de
las cargas de los procesos de ajuste; participación de la población en la formación de
los consensos sociales básicos.
La inclusión de estos elementos en la
política económica eliminarían la visión del darwinismo social y abrirían paso a una
nueva síntesis teórica sobre el desarrollo, misma "que sirva de puente entre las
realidades de la fusión internacional de los mercados y las necesidades relacionadas con
la superación de los rezagos de los países pobres. Se trata de enfoques menos
economicistas, más realistas, menos cargados de ideología, que poco a poco perfilarán
los términos de un arreglo fructífero entre Estado y mercado". (A.R.M., México,
D.F., agosto de 2000)
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