Semanario de Información y Análisis Político No. 568
Septiembre 8 de 2000


Globalización: la construcción de
un nuevo paradigma

Ariel Ruiz Mondragón

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Ibarra, David. "El nuevo orden internacional. Esperanzas democráticas, soberanías marchitas, crisis financieras". México, Aguilar, 2000. 196 p.

Las profundas transformaciones tecnológicas, económicas, sociales y políticas que han surgido con la globalización, han traído aparejados problemas y retos complejos que deben ser enfrentados con instrumentos teóricos aún insuficientes que todavía no han dado buena cuenta de los novedosos fenómenos mundiales. De la construcción de esa panoplia teórica que nos permita enfrentar la actual realidad internacional depende la elaboración de políticas que permitan un efectivo desarrollo humano. La insatisfacción ante la imposibilidad que hasta ahora han mostrado las ciencias sociales para explicar los cambios que ha vivido el mundo, es la que condujo al destacado economista mexicano David Ibarra a pergeñar este libro.

Si bien el trabajo está enfocado principalmente desde el punto de vista económico, no se han dejado de lado varios temas sociales y políticos que se interrelacionan mutua e ineludiblemente con la economía. Buena parte del texto está enfocada a la tensión existente entre lo que el autor denomina los dos principios organizativos de la sociedad posmoderna: la democracia y el mercado. La primera está guiada por la participación y la igualdad, además de la formación de acuerdos consensuales en la definición de las orientaciones sociales, resolución de controversias y la protección de las soberanías nacionales. Por el contrario, los valores del mercado, tales como la eficiencia, la competitividad, la desregulación y el cosmopolitismo, van por otras rutas, ya que postulan que el juego irrestricto de los intereses individuales lleva al bienestar común, eleva la eficiencia productiva y evita los abusos del poder. El choque entre ambos es una de las principales preocupaciones del mundo moderno.

La presunción neoliberal de que debe procurarse la máxima libertad negativa de los individuos e imponer al mercado como mecanismo coordinador de la vida económica, ha llevado al embate contra el Estado benefactor, que pretendía alcanzar la convivencia de la justicia social y la libertad económica, mediar los conflictos de clase y el establecimiento de gobiernos democráticos. La liberación de mercados y regulaciones han conducido, como ocurre en América Latina, al agravamiento de las desigualdades sociales. Aquí, a decir de Ibarra, hay una paradoja: "Se avanza en la modernización democrática sin que ésta tenga todavía los alcances de articular y dar salida con programas efectivos a la acumulación de demandas sociales insatisfechas".

Lo anterior se da en un escenario internacional marcado por la globalización económica, la desaparición de fronteras y eliminación del proteccionismo. De esas condiciones ningún país puede escapar, debido al alto costo que ello le implicaría. Sin embargo, tampoco ningún país puede renunciar a un par de principios democráticos: igualdad y justicia social. Ese es un gran reto, ya que las empresas globalizadas producen e intercambian en los lugares que les otorgan más ventajas, sin interesarse por las condiciones de empleo, ingreso o crecimiento de las economías nacionales; sin embargo, seguirán existiendo demandas político-democráticas en los ámbitos nacionales.

Es por ello que el mercado y la democracia requieren de acomodos que permitan armonizar, en la medida de lo posible, metas como la eficiencia y la igualdad. En el marco de la globalidad es necesario asumir nuevos paradigmas sociopolíticos.

Ibarra propone lo siguiente: "Fortalecer a las instituciones democráticas nacionales para compensar la pérdida de autonomía en el frente internacional y propiciar en los foros mundiales el fortalecimiento de los derechos humanos, la corresponsabilidad ecológica y el rediseño, en el sentido de humanizar las consecuencias económicas de las políticas auspiciadas por los organismos internacionales y los gobiernos de muchos países industrializados". De tal forma, es necesario también normar la globalidad de la economía y las finanzas: deben crearse —y de hecho ya hay algunos avances aún embrionarios— instituciones regulatorias internacionales que se materialicen en convenios, acuerdos, tratados que traspasen los límites nacionales. Pero el autor propone que esto vaya acompañado por una concepción moral que vincule justicia social y racionalidad económica.

Mientras la normatividad internacional aumenta, a nivel nacional deben establecerse reglas que hagan a los países menos permeables a las vicisitudes globales, especialmente el resguardo de los equilibrios macroeconómicos, cuidar el alineamiento del tipo de cambio y el endeudamiento externo. A este respecto, Ibarra aconseja sostener el valor real del tipo de cambio sin apreciaciones sistemáticas, en vez de utilizarlo como ancla antiinflacionaria y aliviar las presiones alcistas de las tasas de interés.

Asimismo, Ibarra destaca la crisis de los paradigmas socioeconómicos ante los cambios mundiales, aunque algunos de los problemas persistan. Uno de los puntos fundamentales de esa crisis son los papeles que corresponde jugar al Estado y al mercado, y sobre la visión del desarrollo. De los setenta a los noventa hubo un movimiento pendular paradigmático, que pasó de la ingeniería social y del proteccionismo nacionalista a la apología del mercado y al Estado minimalista. Esto provocó, entre otras cosas, la destrucción innecesaria de instituciones —como las del Estado benefactor— y a aumentar los costos sociales de las transformaciones. Pero, para crear un nuevo paradigma que equilibre mercado y Estado, libertad con igualdad, eficiencia con justicia social, resulta indispensable que las políticas económicas y las de orden social formen una unidad indisoluble de propósitos; el divorcio entre esferas ya resulta intolerable pues implica costos muy altos para ambas.

Los componentes integradores de la política social que el autor considera más importantes son los siguientes: la cobertura de riesgos a los que se vea expuesta la población; formación de capital humano; medidas encaminadas a corregir desviaciones en la distribución de beneficios del desarrollo o de las cargas de los procesos de ajuste; participación de la población en la formación de los consensos sociales básicos.

La inclusión de estos elementos en la política económica eliminarían la visión del darwinismo social y abrirían paso a una nueva síntesis teórica sobre el desarrollo, misma "que sirva de puente entre las realidades de la fusión internacional de los mercados y las necesidades relacionadas con la superación de los rezagos de los países pobres. Se trata de enfoques menos economicistas, más realistas, menos cargados de ideología, que poco a poco perfilarán los términos de un arreglo fructífero entre Estado y mercado". (A.R.M., México, D.F., agosto de 2000)

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