La fiesta de los toros no escapó a la
corrupción que invadió todas las actividades del ser humano de mediados del siglo pasado
a la fecha. En nuestro terruño, antes de la construcción del Circo Teatro Yucateco (CTY)
ya se daban toros en placitas improvisadas, y se compraba a los introductores de ganado
tabasqueño para el rastro, la bravura de algunos toros escogidos por los toreros de
aquella época, que ya hacían sus cosas ante el toro que les eran aplaudidas. Pero es
construido el CTY a principios de siglo, y la afición se desborda; la fiesta comienza a
estructurar sus formas de toreo, para buscar eliminar la crueldad que sí existía al
herir despiadadamente al toro, incluyendo la desjarretadera o media luna, y dando lugar
por ello a que aflorara la valentía y posteriormente el arte entre los toreros. Con mucha
antelación a estos tiempos, en los pueblos ya se hacían ciertos festejos que tenían
perfiles o remedos de las fiestas españolas, claro, con la amalgama de nuestras
costumbres y folclore; si acaso algún toro tabasqueño para que calmaran sus ansias los
aficionados. Y empezó el desfile de toreros del altiplano y uno que otro español. Ya en
los años 20s, aficionados mayores forman las ganaderías de Palomeque y Sinkehuel,
y en 1929 se inaugura la plaza de toros Mérida, y el desfile de figuras no se hizo
esperar. Un poco antes, en 1923, el Circo Teatro Yucateco, muy querido por la afición
boxística y taurina yucateca, tuvo muchas noches de gloria en lo boxístico y tardes de
apoteosis en la fiesta de los toros. El Universal Taurino del 9 de
septiembre de 1923 dice en su página 26 que "Alcareño" estuvo colosal
en Mérida, Yuc., y publica un elegante tarjetón que hoy reproducimos, suscrito por un
grupo de aficionados como recuerdo de su campaña taurina en el CTY.
Con nostalgia y tristeza hemos visto que el
toro de hoy, salvo muy raras excepciones, está muy falto de raza, muy amañado su manejo,
con exceso de kilos para aparentar edad reglamentaria, muchos defectos en su embestida,
etc.; los picadores son un peligro para la propia fiesta al asesinar con la vara del toro
a los novillos engordados, para beneplácito del matador y para burla del público (¿ésa
es la fiesta que queremos?). Por ello preferimos retirarnos de la plaza, porque nos han
robado nuestra fiesta que debe ser de alegría, de tensión, de locura cuando el torero se
sabe poner a distancia del nacimiento del arte, cuando el picador mantiene la reunión con
el toro sin barrenar y el tiempo justo, cuanto todos los que intervienen en la lidia
están en sus lugares de acuerdo al desarrollo de cada faena, para evitar los riesgos que
siempre están presentes y que son la sal de la fiesta.
Lo que se debe señalar y nunca se ha
hecho, a pesar de que son diversas las plumas que de esto hablan y hay comentaristas
especializados (como nuestro paisano Ad-hiel), es la modalidad que ha llegado para
quedarse en nuestras corridas pueblerinas: que con la complacencia de la Unión o
Sindicato de Toreros que organizó en 1936 don "Pepe" Barrios y
hoy lo comanda "Manolo" Soto, se lidien toros de casta toreados,
con el grave peligro que esto representa; ya hemos sido enterados que más de un torero
(por ejemplo, "el Pebo") ha sido empitonado y se ha visto al borde de la
muerte. Estos toros los rentan individuos que nada tienen de taurinos y es su modus
vivendi esta punible actividad que debe terminarse para bien de la fiesta. Si en
ninguna plaza o tablado del Estado (salvo en la Mérida) existen servicios médicos
urgentes para garantizar la vida de los toreros, razones hay para no permitir la lidia de
toros de casta toreados (a la usanza portuguesa). Estos toros deben ir al rastro. (G.P.,
Mérida, Yucatán, Méx., septiembre de 2000)
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