Semanario de Informacion y Análisis Politico No.570

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CARTON DE CALDERÓN

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La visita de Fox
Historias de un mundo feliz

Gerardo García/La Revista

En verdad escupía palabras ese hombre. Allí, en los bajos de Palacio de Gobierno, gritaba y gritaba frente a los dos hombres que acaparaban las miradas: "¡Se va, el dinosaurio se va; viva Fox, viva Fox!". Brotaban de su boca los sonidos del silencio, y es que, parafraseando a Augusto Monterroso, cuando volteamos, el dinosaurio estaba ahí, sin irse, tranquilo y feliz.

Fue un día bueno para el Gobernador de Yucatán; la visita del presidente electo, ésa que se esperaba "incómoda", de tan cómoda se volvió un tanto gris. No hubo reclamos, no hubo encono, no hubo "sangre"... Lo único que hubo fue lo que muy pocos esperaban: Vicente Fox exaltó la obra de Víctor Cervera en Yucatán.

Fue pródigo en palabras. Que si Yucatán es un Estado en el que se respira un ambiente de trabajo; que si el puerto de altura es el detonador del desarrollo; que si aquí hay respeto y empleo y progreso y mil y una cosas más. Vicente Fox, en su primer visita como presidente electo, sorprende y coloca al que hace unos meses llamaba "cacique" como arquetipo del desarrollo. De nuevo resulta que la vida es una tómbola.

Rudeza innecesaria

Las 2:00 de la tarde y Cervera llega a la cita. Cruza veloz la suburban roja que lo trae a saludar al "enemigo". Cuarenta y tres minutos después aterriza el avión de la Fuerza Aérea Mexicana que trae al hombre de las botas a Yucatán. Cervera cambia de vehículo y lo sube a una camioneta verde. El calor arrecia; no hay clemencia bajo este cielo meridano. El sol dora, quema, ahoga. Pero ahí está, bien paradito en la línea amarilla, Víctor Cervera esperando a Fox. A su lado está Xavier Abreu; trae la representación panista y también está inerte en esta espera que a muchos desespera.

Las 14:50 y todo sereno. El avión TP-01 de la Fuerza Aérea Mexicana se planta enfrente del Gobernador. Se abre la escotilla y pasa un minuto y nada, pasa otro más y nada. Carajo, nomás no baja nadie de ese avión. Entonces lo que no hizo el sol lo hace la espera: el rostro del Gobernador se enrojece y él se inquieta. Lo sabe: sobre él están las miradas de al menos una treintena de periodistas que desean atestiguar el saludo de los contrarios. Quieren ver la sangre que nunca correrá.

Ciento ochenta segundos de una espera que inquieta. La escalerilla abajo, la puerta abierta y nadie baja. Sin embargo, ahora se asoma un hombre bigotón que viste de gris y azul, con botas pero sin mezclilla. Es Fox, el panista que le ganó al candidato preferido del Gobernador.

De tres tristes saltos baja del avión y camina al encuentro de Cervera. Éste, al verlo bajar, baja la barbilla, toma un respiro y avanza hacia él.

—Qué pasó, Víctor —le suelta francote Vicente Fox.

—Qué tal, señor presidente electo —revira el Gobernador.

El saludo no es frío, pero tampoco cálido; no es bueno, pero no es malo. Sólo es. Y del apretón de manos pasa al abrazo con Xavier.

—Qué tal, ¿cómo va todo? —le pregunta el hombre del "Ya" y del "Hoy".

—Todo bien —le responde, seco, el Alcalde de Mérida.

Tres, cinco o seis segundos dura la ceremonia. Frente a ellos, tres suburbans —rentadas por el equipo del presidente electo— abren sus puertas. En una van Cervera y Fox; en otra, Xavier y el único acompañante del panista, Rodolfo "el Negro" Elizondo. Arrancan camino y van al destino. Dejan el hangar y corren a Palacio de Gobierno, aunque "el Xa" no entra: él se queda en su palacio, el municipal.

El Estado "maravilloso"

Se veían hacendosos. Cleominio Zoreda, Ricardo Dájer y Luis Saidén están frente a una computadora instalada en la entrada de la oficina del secretario de Gobierno. Andan desesperados; sacan cifras y números; arman tarjetas con datos. "Mándaselas al jefe", exige Cleominio a uno de los ayudantes que por ahí andan. A dos puertas a la derecha están reunidos Fox y Cervera; solitos tratan en 120 minutos el desarrollo futuro de Yucatán. Son las prisas de última hora.

La espera siempre desespera. Apenas entraron a la oficina del Gobernador, y el Secretario de Desarrollo Económico anda desesperado. Dájer se mueve de un lado a otro; quiere que todo salga bien, que nada empañe el lucimiento del jefe. Dájer, el bueno y fiel Dájer, el mismo que es igualito a la imagen de uno de los torturadores de Jacinto Canek plasmados en una de las fenomenales obras de Fernando Castro Pacheco. Y que conste que todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

Están bien peinaditos. Blancas guayaberas y bellos ternos visten a los funcionarios, hombres y mujeres ¿priístas? del gabinete estatal que esperan saludar al otrora enemigo. Todos y todas tienen el rostro alegre; hasta parece que van a saludar al presidente. Cosas veredes, Mío Cid.

La frase es de un empleado de Palacio de Gobierno: "No’mbre, palo dado ni Dios lo quita". Es un anciano con 47 años de servicio en el aparato gubernamental, y ese jueves le abre la puerta de la oficina del Jefe al primer presidente opositor. "Ya qué le hacemos", comenta resignado. Y es que él le ha abierto las puertas de la oficina de su jefe a muchos: presidentes, gobernadores, funcionarios y poderosos. "Pero la verdad es que ese Fox sí inquieta", alcanza a decir. Son ya otros tiempos y la adecuación parece que es cualidad de los que en el poder habitan.

Al de las botas le gustó el recinto del Ejecutivo estatal. "Mira qué bien tienes tu palacio", le dice al Gobernador cuando salen del encuentro con la prensa, que ambos sostuvieron en el Salón de los Retratos.

Lo que pasó será noticia de ocho columnas en los periódicos del día siguiente. Cervera fue parco, pero no modesto. Dijo, al lado de Fox, que había recibido un Estado desastroso hace cinco años y que tras su esfuerzo Yucatán es ahora el paradigma del cambio. Y a las 17:32 suelta sin pesar el nombre antes no nombrado: "Vicente Fox, el presidente electo de México".

El presidente electo no dejó pasar la ocasión y, para sorpresa de muchos, exaltó el trabajo del mandatario yucateco, a quien colocó como ejemplo de trabajo.

Reconoció además que aquí "se vive un ambiente de progreso y de respeto que está presente en la entidad".

No paró ahí. El de las botas se adelantó a la suspicacia y dijo que gobernará sin distingos partidistas —"lo haré para todos"—, avizoró que Yucatán será un Estado estratégico en el desarrollo del País —"será el enlace con la zona Este de los Estados Unidos"— y a las 17:41 dijo lo que muchos no quisieran oír: "El puerto de altura (de Progreso) ha sido un detonador del desarrollo". Víctor Cervera sonríe y tras ellos el cuadro de Felipe Carrillo Puerto como que se empieza a mover.

—Tienes un Estado maravilloso —le dice casi al oído el presidente electo al Gobernador. Recién salidos de la reunión con los medios, ambos platican sobre las lluvias en Yucatán.

—¿Qué tal te fue con las lluvias? —le pregunta a Cervera mientras pisan el suelo mojado.

—Bien, muy bien— le responde.

—¿Ya estás listo para cosechar? —le pregunta el del bigote.

—Ya, ya estoy listo para cosechar —le responde el del x’top.

Los "panuchos"

Van platique y platique. Corre la suburban verde sobre la avenida Itzaes y el visitante con su visitado no paran de hablar. Se ven tranquilos, relajados. La paz llega y los semáforos paran; en verdad no se pasan ni un alto de los cinco que les tocan. Hasta parece que en ese vehículo no va nadie importante. Son nuevos tiempos quizá.

Las 18:04 y Cervera deja en el hangar del gobierno de Yucatán a su amigo el presidente Fox. Éste tendrá una reunión con los panistas bajo el techo del mismo al que acusan. La reunión comienza nomás se va el "Gober". Catorce panistas y un presidente electo hablan sobre Yucatán. Alfredo Rodríguez y Pacheco se estrena como líder estatal y presenta al presidente electo el panorama de su partido sobre la situación en el Estado.

Habla y habla. Alerta sobre los problemas en las maquiladoras y el desastre en el campo; previene sobre la próxima elección y el uso de los recursos públicos en apoyo a los candidatos del PRI.

A Fox se le nota tranquilo; escucha al de Peto y le dice: "Vigilaremos que ninguna autoridad, sea panista o priísta, desvíe recursos públicos hacia las campañas". La reunión transcurre sin sobresaltos, esperada y quizá —para algunos— desperdiciada.

Treinta minutos y el visitante regresa al lugar de donde vino. El avión truena y vuela a la capital. Aquí se quedan dos estampas: una, la de los panistas que, divididos —de un lado, Xavier y su gente, y del otro, Patricio y la suya— salen del hangar gubernamental; la otra es la sonriente cara de Cervera cuando sale del lugar en su suburban roja, extrañamente roja. Y el de Guanajuato ya voló. (G.G.S., Mérida, Yucatán, Méx., septiembre de 2000)

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