La ciudad.
Impresiones
Como cada vez, Mérida estuvo allí con
los brazos abiertos, con su envolvente humedad que me recibió desde el primer instante,
con muchos ojos en los cuales pude reflejarme vivo y sentirme parte de un todo, de ese
fantástico particular que adopta las formas de lo universal en esa ciudad de ensueño.
Mérida y su gente estuvieron presentes desde el primer hasta el último momento,
desinteresadamente, con el corazón derramado en la generosidad, el cariño y la
solidaridad de siempre, sólo que esta vez reinó una extraña sensación que antaño no
había tenido posibilidad de encontrar.
Las razones de la vista, sin embrago,
fueron en esta ocasión distintas, aunque no por ello carecieron de la intensidad
acostumbrada; por primera vez, el viaje rondaba entre la tristeza que la muerte de mi
padre ha traído y la alegría de entender que no hay mejor cosecha que la que se siembra
en silencio, sin hacer alarde de los frutos entregados a la tierra ni de aquéllos que
bajo el mismo silencio se recolectan. Ciertamente, esta vez no hubo una voz
acompañándome a cada instante, describiéndome en el aeropuerto la belleza del
flamboyán y de la "lluvia de oro", narrándome los andares de unos y otros por
las calles que guardan mil y una historias, contándome cómo esta ciudad llegó a ser el
orgullo de quienes en ella habitan
Tampoco tuve en mi reciente visita una noche de
trova bañada de plática amena entre dos comensales, ni el recuerdo de palabras y frases
célebres que surgían a cada instante, ni las caminatas por el centro y sus alrededores,
ni las fotografías aderezadas con anécdotas que convertían en placer el arte de plasmar
en imágenes eternas lo observado.
Hace pocas semanas estuve en Mérida por
última vez y, como suele suceder con el azar, no había indicios de que la siguiente
visita sería tan diferente. Volví a una tierra alegre, embrujante y entrañable con una
pena en el corazón y un pedazo de mi alma olvidado en el viento de su verano, con un
dolor que sólo pude entender como compartido al ver los rostros de los amigos que desde
el primer momento estuvieron conmigo y mi familia; con una lágrima detenida en la razón
que perdió las acotaciones que quise imponerle en el instante en que las manos de tantos
chocaron produciendo un sonido usualmente alegre, pero que ahora expresaba respeto,
tristeza, melancolía y qué sé yo cuántas cosas más. En fin de cuentas, volví para
encontrar que Mérida y su gente permanecían atentas, expresivas y consternadas ante un
suceso que "la gran capital" citaba como otra noticia más, con un dejo de
indiferencia, aunque, como siempre, con algunas excepciones que son las que afrontan los
acontecimientos de esta índole con el corazón, y no con la frialdad que encierran en
blanco y negro las notas.
Ojos para reflejarse vivo
Compartir un sentimiento es complejo y,
casi siempre, suele devenir en emociones encontradas que no se identifican. No obstante,
aquella máxima aprendida años atrás encontró su antítesis en cada detalle, en cada
palabra de pésame y recuerdo, en los abrazos que llovían y las manos que estrechaban la
mía sin más deseo que el expresar fraternidad, cariño, solidaridad. A este respecto
quiero mencionar a La Revista Peninsular, que en su portada
del viernes pasado publicó una foto espléndida bajo el título Volverás, ante
todo como la promesa de un regreso que entendí posible al leer los textos que algunos de
sus colaboradores entregaron, cada uno como prueba de que la muerte trasciende sus
fronteras en la memoria presente, ésa que no almacena sino florece en cada detalle
rememorado, en las cartas aparecidas, en las frases destructoras del olvido.
Por otra parte, los amigos, los que mi
padre mencionó como verdaderos, como los que "siempre estarían ahí". Ellos
fueron quienes lloraron conmigo y consolaron la pena que cualquier partida, y esta en
especial, significa. Nunca faltó el cariño, la disponibilidad incondicional, mucho menos
la lágrima reveladora de verdad cuando las palabras intentan inútilmente reflejar el
bienestar o la tranquilidad. A ellos, a todos los que estuvieron presentes físicamente y
a los que hubieran querido estarlo, un agradecimiento a nombre de mi familia y mío,
principalmente a aquellos cuyos nombres está de más evocar.
Llovió también la noche, el regreso y
algún instante de la estancia. Llovió el cielo la pena compartida por tantos a manera de
espejo de la realidad de esos días. El gris esporádico del cielo y el sol deslumbrante
de las tardes conjugaron su presencia en el sentimiento que buscaba razones cuando hacían
falta tantas preguntas.
Al final, un viaje de silencios y
estridencias. Un viaje que recordaba y elevaba a lo humano el pesar de muchos, evocado en
mil y una muestras de cariño. Un viaje que no sólo cerró el capítulo de la existencia
de un gran hombre, Carlos Castillo Peraza, sino que entregó el libro en blanco del
nuevo amanecer que escribiremos los que estamos, aquellos que recordamos, sufrimos y
sentimos este adiós como definitivo, como la última despedida física y la primera
bienvenida a la memoria. Silencio que lamentaba, sonidos que mostraron a la vida verdadera
como el producto de lo que durante nuestro tiempo llevemos a cabo.
Mérida siempre presente, "del
recuerdo y del corazón", ciudad diferente de hoy en adelante, desde el momento en
que entendí que ya no la recorrería de la mano de mi infancia, acompañado
invariablemente de las palabras de mi padre. Aunque tal vez siempre siga caminándola
así.
Amigos del alma, amigos que estuvieron como
reflejos de un legado silencioso, como velas particulares que encierran en su conjunto el
todo de quien en ellos un fragmento de su vida dejó. A cada uno de los brazos que
estreché, a cada lágrima vertida en soledad, a cada por qué sin respuesta, a cada
respuesta sin interrogante, a los designios crueles e inauditos del tiempo, a las palabras
de cada artículo que leí
A todos los que compartieron un gran dolor: Gracias.
Por otra parte, considero que la
construcción de un Walmart en el Paseo de Montejo es una aberración para la ciudad de
Mérida. (C.C.L., México, D.F., septiembre de 2000, xsharly@hotmail.com)
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