Una de las medidas más
torpes, absurdas y ridículas que ha tomado el gobernador Víctor Cervera Pacheco
en este su segundo mandato es la de haber hecho obligatoria la entonación, cada lunes y
en todos los planteles del sistema estatal de educación, del mal llamado "Himno
Yucateco".
Entendemos esta estupidez de Cervera
como un signo de su desesperación ante la derrota del PRI en las elecciones
presidenciales, y como una táctica para acelerar al máximo un proceso que él empezó en
su segunda toma de posesión en 1995: la exhumación del regionalismo yucateco y del
recuerdo de nuestro pasado separatista.
Todo empezó cuando en agosto del 95,
mientras Cervera vociferaba desde el balcón central de Palacio de Gobierno ante
una multitud de acarreados, aparecieron ondeando algunas banderas yucatecas de gran
tamaño, estratégicamente distribuidas entre la gente. Luego vino la fiebre de las
calcomanías en los vehículos, los anuncios radiofónicos pidiéndole a los fuereños que
"se acoplen" a nuestra idiosincracia, etc.
La estrategia chauvinista de Cervera
mostró su verdadera cara hace pocos años en el Congreso de la Unión, cuando el entonces
diputado federal (hoy senador) Orlando Paredes Lara dijo en tribuna: "Los
asuntos de Yucatán los resolvemos los yucatecos", para tratar de detener la ola de
indignación y el posible juicio político contra su jefe por la reelección
anticonstitucional que lo puso de nuevo en la gubernatura.
Pero el fuego que encendió don Víctor
nunca se convirtió en incendio; la fiebre por ostentar los recuerdos de nuestro pasado
separatista pronto se enfrió, y el "orgullo de ser yucatecos" no se convirtió
en la esperada animadversión hacia el centro de la República. Poco podría cosechar el
Gobernador bajo estas circunstancias.
Es previsible el chantaje que Cervera
pretende hacerle al gobierno federal (al actual o al futuro): impunidad o caos. Y el
Gobernador cuenta con gente para empezar una pequeña revuelta: taxistas, empresarios y
trabajadores del transporte urbano, burócratas, campesinos de la CNC, colonos adictos a Orlando
Paredes, etc. Una pequeña multitud dispuesta a movilizarse bajo un mando único. Pero
lo que le faltaría a este equipo de gamberros para tener éxito en su empresa es el apoyo
popular; sin éste, la revuelta no duraría mucho tiempo y la derrota del cacique y sus
cómplices sería aplastante y definitiva. Por ello pensó Cervera en la campaña
por recuperar "el orgullo de ser yucatecos": para crear un ambiente que hiciera
más factible el apoyo popular en un enfrentamiento contra "el centro", y no la
indiferencia, la irritación o la indignación de los demás yucatecos ante los desmanes
de las hordas cerveristas.
Es de suponer que durante estos cinco años
el Gobernador ha ido acumulando recursos económicos para financiar una revuelta. La forma
en que ha ocultado y negado para su revisión las cuentas del erario no se explica
simplemente por la ciega ambición del vulgar ladrón que algo tiene de eso
para robar cada vez más; ello, aunado a la manera en que ha evitado a través de
sus sirvientes en el Congreso local la revisión de los gastos de muchos
ayuntamientos priístas, nos permite suponer que la red de complicidades es amplia y que
algo hay de previsión (un ahorro, pues) en este evidente desvío de recursos. Es decir,
que algo de lo robado serviría para asegurar la impunidad, y el caso extremo de una
movilización multitudinaria seguramente está contemplado.
En este marco se circunscribe la estúpida
decisión gubernamental de hacer obligatoria la entonación de un himno en cuya letra no
aparece ninguna vez la palabra Yucatán ni nada que se le asemeje. El "Himno
Yucateco" es en realidad, como ya se dijo muchas veces, un mediocre canto de alabanza
a las tropas mexicanas que vencieron a las francesas un 5 de mayo del siglo pasado en
Puebla.
Ya se encargó el escritor Fernando
Espejo Méndez de ridiculizar, por medio de sus recuerdos escolares, la decisión
cerverista. Pero ello es poco en comparación con el efecto contraproducente que el
Gobernador seguramente está logrando en los estudiantes, quienes deben estarse
preguntando por qué deben entonar un estúpido himno que no es el mexicano. Cuando sean
grandes, los niños de hoy muy probablemente se referirán a Cervera Pacheco como
"aquel idiota al que se le ocurrió obligarnos a cantar eso". (J.C.F.M.,
Mérida, Yucatán, Méx., septiembre de 2000)
|