- El deporte, como juego, es una actividad vital propia de la
naturaleza humana. En las edades más tempranas desempeña una función esencial en la
aprehensión del mundo, en la adaptación a él y la preparación para la edad adulta del ser
humano. Desde la adolescencia hasta la vejez el ejercicio del deporte está muy estrechamente
vinculado con el disfrute de una salud física y mental plena. Es por eso que en la práctica
del deporte competitivo es casi un axioma la idea de que lo importante no es ganar sino
competir, divisa que se generalizó desde que los juegos olímpicos de la era moderna fueron
resucitados hace poco más de un siglo.
Hoy, el ideal olímpico ha sido puesto
totalmente del revés: lo importante es ganar, no competir. El capitalismo impuso su ley,
la que siempre ha regido al deporte profesional y que dicta que por encima de cualquier
consideración deportiva está el afán de lucro que tiene en la inmensa mayoría de la
humanidad imposibilitada de la práctica del deporte y el ejercicio físico una clientela
cautiva del espectáculo y el comercio que en torno al deporte se ha desarrollado a escala
mundial.
En el espectáculo a que han sido limitadas
las competencias deportivas entre los atletas de todas las naciones que integran el
movimiento olímpico, la cofraternización y el disfrute de los propios competidores no
importan. Importan los resultados, los más altos registros, que se han convertido en el
bien supremo a obtener y al que deben entrenadores y atletas orientar todos sus esfuerzos,
al señuelo de la riqueza y la fama.
La perversión de los ideales olímpicos
llevó a los deportistas y sus entrenadores a adoptar, como norma suprema, que el fin
justifica los medios. Así, la utilización de estimulantes anabólicos y otras drogas y
la compraventa de atletas y deportistas, que son prácticas comunes en el deporte de paga,
contaminó al olimpismo en todos sus niveles, condenando al deporte amateur a la
desaparición, víctima de la depredación mercantilista.
El triunfo o el fracaso en las competencias
son para atletas y entrenadores no así para los burócratas (¿dónde no los hay?)
ni para los empresarios que controlan los deportes un dilema vital del que depende
en grado sumo su futuro. Y si en el deporte profesional los atletas cada vez más toman
conciencia de que su condición es muy parecida a la de los asalariados y con grandes
dificultades conquistan derechos laborales, en el caso de los competidores representativos
de sus naciones eso es prácticamente imposible.
En conclusión, hoy no hay deporte que
escape a las leyes del capitalismo: lo importante es la ganancia; quien no la obtenga, que
se dedique a otra cosa, si es que puede. Por eso ya no causa asombro saber que algunas
estrellas efímeras del deporte logran fama y dinero con base en trampas y triquiñuelas.
Lo que sí nos debería asombrar es la hipocresía de quienes los castigan, quienes casi
siempre son los verdaderos responsables de la alienación del deporte moderno en el mundo
y los únicos que tienen aseguradas las grandes ganancias.
Los deportistas del mundo, muy en
particular los mexicanos, sabiendo desde siempre que lo importante es ganar y no competir,
no pueden aprender en las competencias deportivas lo que la vida y la política les
enseñan, que aún en naciones conocidas por democráticas se valen todas las
triquiñuelas en aras de lograr el triunfo. Sólo los niños que se inician en las lides
deportivas pueden creerle a presidentes y gobernadores cuando éstos los arengan, en el
momento de los abanderamientos de delegaciones, a cultivar el espíritu deportivo,
diríamos democrático, que ellos pisotean cuando de aplastar a los adversarios se
trata.
Hoy, cuando los impedidos de ejercer el
derecho al deporte compensan esta gran carencia de la peor manera, idolatrando a
personajes fabricados e inflados a conveniencia de los grandes negociantes de la
explotación de los deportistas, no puedo menos que traer aquí otra paradoja de este
mundo al revés que nos toca vivir y es que en esta era de la "libre
competencia" parece ser que el ideal que antepone el competir por encima del ganar
sólo funciona justamente ahí donde no debiera: Nuestra nación y nuestro Estado, nos
recuerdan los que gobiernan, nunca como ahora y gracias a la apertura y el libre comercio,
habíamos tenido tantos éxitos en las exportaciones.
Y sí, imposible que en la competencia
comercial no haya ganadores. Lo cruel es que quienes producen y fabrican con su trabajo y
sudor lo que con tanto éxito se exporta y se vende, ellos, campesinos, jornaleros,
obreros, empleados y pequeños empresarios, siguen igual o peor. Para ellos, según los
amos, lo único que importa es que ayuden a competir, que las ganancias son asunto de
otros.
Así es hoy la competencia, en los deportes
como en la vida. (R.A.S., Mérida, Yucatán, Méx., septiembre de 2000)
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