Como cada año, y en
memoria de quienes perdieron la vida en la matanza de la plaza de Las Tres Culturas
Tlatelolco en octubre de 1968, diversos eventos se llevan a cabo para recordar
que el crimen perpetrado contra estudiantes, maestros, madres, padres y niños inocentes
no se ha olvidado y espera una solución que clarifique o por lo menos encuentre a los
responsables de uno de los episodios más tristes y humillantes de la historia de México.
Hasta el día de hoy son numerosos los
libros, artículos, documentos y fotografías que han sido publicados en relación con
aquel acontecimiento; ciertamente, algunas de estas fuentes nuevas son solamente la
repetición de lo que ya se sabía, aunque también hay las que aportan elementos
inéditos que ayudan a esclarecer o por lo menos a entender un poco más los motivos,
protagonistas y responsables de un crimen sin solución ni responsables, del cual todavía
quedan legados y heridas que difícilmente podrán cerrarse mientras la verdad esté
almacenada en archivos olvidados por el tiempo.
Ignoro cuándo se comenzó a rememorar el 2
de octubre, pero tengo la certeza de que antaño, o por lo menos durante el sexenio de Luis
Echeverría, las protestas callejeras, las manifestaciones de descontento y las
expresiones contra un sistema opresor no tocaban ni en lo más mínimo los extremos que
hoy en día, con la democracia como un sistema efectivo de gobierno y el Estado de Derecho
construyéndose poco a poco, devienen en los excesos que los medios de información nos
muestran como imágenes televisadas, crónicas radiofónicas o notas periodísticas. Y es
precisamente por lo que nos narran esos medios que hemos constatado una vez más, como
cada 2 de octubre, los desmanes que algunos pseudoestudiantes universitarios llevaron a
cabo hace unos días, quizá con mayor voluntad de vandalismo, fiesta o catarsis que de
recuerdo y memoria por los muertos de hace 32 años: durante varias horas gran parte del
centro histórico de la Ciudad de México se vio afectado en cuanto a circulación y flujo
de automóviles se refiere, y todo por la marcha que algunos salvajes realizaron a la hora
de mayor tránsito en esa zona sin tomar en cuenta, como siempre, que un caos vial origina
más contaminación que aquella proveniente de automóviles circulando.
Por desgracia, la manifestación de hace
dos semanas no sólo contribuyó al aumento de imecas en el ambiente, sino que trajo
pérdidas a los diversos comercios que fueron víctimas del paso de los
"estudiantes": vitrinas destruidas, locales saqueados, vendedores apedreados por
oponer resistencia, peatones agredidos, paredes, calles y bardas rayadas con pintura en
aerosol, camiones secuestrados, conductores heridos y todo a lo que poco a poco nos
acostumbramos cuando oímos que una marcha universitaria se realiza. En fin de cuentas,
quienes padecen la memoria mal recordada de los muertos de 1968 son los habitantes del
Distrito Federal, aquellos que por la razón que se quiera se encontraban en el lugar de
los hechos frente a una turba que, más allá de demostrar que la matanza de Tlatelolco
aún no se olvida, enseñan al mundo la barbarie que son capaces de provocar. Esto, por
supuesto, ante una policía capitalina cuyas acciones se limitan a escoltar a los
manifestantes en vez de imponer el orden, la calma y la tranquilidad.
En pocas palabras, es decepcionante
contemplar cómo la memoria de los muertos sirve a los vivos para perpetrar actos
vandálicos en nombre de una supuesta libertad, ésa que en 1968 exigían miles de
mexicanos y que hoy, tras ser conquistada, se torna en una trinchera donde el desorden, el
caos y la carencia de civilización, ética y moral guardan a sus principales
representantes, intocables por una supuesta autonomía e irresponsables de sus actos por
esconderse en una masa a la cual siguen sin condición.
Hace un par de años un taxista de
Barcelona me comentaba que el nacionalismo absurdo que los catalanes han retomado en estos
días era una cobardía, pues aquellos que hoy en día, bajo el sol de la democracia y la
justicia, claman por un idioma, una cultura y una tradición excluyente, guardaron
silencio cuando Francisco Franco controlaba España: "Esos maricas se callaron
cuando hacían falta voces y hoy gritan en favor de la separación", fueron sus
palabras. Algo similar ocurre en el México de esta época, pues, amparados en el poder y
el anonimato de la muchedumbre, el supuesto futuro de nuestro país, es decir, algunos
estudiantes de la UNAM, claman en nombre de la libertad cuando son ellos mismos quienes la
mutilan y la muestran más como una desgracia que como un beneficio. Si el precio a pagar
por conocer a los verdaderos responsables de una masacre es el que actualmente cobran
estos sujetos, la verdad es preferible que las cosas queden como están, ya que atentar
contra las garantías individuales de los ciudadanos capitalinos dista mucho de ser el
medio para conseguir la información que esclarezca lo sucedido en 1968.
Por otra parte, Vicente Fox ofreció
la apertura de los archivos guardados durante tanto tiempo con el fin de encontrar a los
asesinos y juzgarlos adecuadamente. Basta recordar lo que en países como Argentina y
Chile han conseguido las "comisiones de la verdad": simplemente complicar los
procesos democratizadores con obstáculos que muy pocos están dispuestos a cruzar. Pero
es cierto, la muerte de un número indeterminado de mexicanos aquel octubre debe quedar
resuelta, sólo que los medios utilizados por las partes para lograr tal voluntad podrían
devenir en la petición popular de "mejor dejar las cosas como están", esa
expresión que se cobija en el conformismo, en la frase "más vale malo por conocido
que bueno por conocer", que ha sido quizá uno de los mayores daños culturales de
nuestro país.
Por otra parte, opino que la construcción
de un Walmart en el Paseo de Montejo es una aberración para la ciudad de Mérida (C.C.L.
México D.F., octubre de 2000, xsharly@hotmail.com).
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