En el número 546 de La
Revista (abril 7/2000), en nuestro artículo "La Virgen Guadalupana y sus
enenigos", en el último párrafo ofrecimos publicar íntegramente la carta
pastoral de don Eduardo Sánchez Camacho, obispo de Tamaulipas, que a través del
periódico El Universal entera a todo el mundo católico de su no creencia
en las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Así pues, y dada la importancia
histórica del caso, helo aquí:
Señores editores del El
Universal. México, El Olivo, Ciudad Victoria, agosto 23 de 1896. Muy
respetables señores míos: Había yo leído en La Voz de México, el 15 del
corriente, un ensayo de refutación de la carta últimamente publicada del Sr. D. Joaquín
García Icazbalceta acerca de la Aparición Guadalupana en el Tepeyac, en la que el
autor, Sr. Lic. D. Trinidad Sánchez Santos, no presenta más argumento que algunos
errores históricos en que incurrió el Sr. Icazbalceta, constituyéndose el Sr. Sánchez
Santos en el juez del señor autor de dicha carta. Respetamos al Sr. Sánchez
Santos por su saber, pero no lo consideramos capaz de juzgar al Sr. Icazbalceta,
y menos de hacerlo con imparcialidad; no convenimos, por eso, con el juicio del autor de
dicho ensayo, aunque no conocemos todas las obras del ilustre historiador que se quiere
refutar. Pero dado y no concedido que este ilustre escritor hubiera errado en algún punto
¿y qué hombre está exento de error? esa no es razón contra las que aduce
en su indicada carta, que son las que deben refutarse directamente, para que triunfe la
causa que quiere defender el Sr. Sánchez Santos. Mejor lo hizo La Voz de
México de su propio caudal, en su número 12 de este mismo mes, porque ésta sólo
pide que se le deje creer lo que le plazca, y que ese derecho nadie se lo puede negar ni
se le niega, siempre que ella deje que los demás crean también lo que mejor les cuadre,
aunque esto sea contrario a las ideas de La Voz.
Ahora leo en El Tiempo del 19 del
corriente, una correspondencia o remitido de ese Sr. D. Melesio de J. Vázquez que
incurre en el gazapatón, usando de su término, de comparar la aparición del Tepeyac con
el Dogma de la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios, la verdad más dulce
para el corazón cristiano, la más consoladora para el afligido y a la vez la poesía
más sublime de todo el Credo Católico. Tal comparación me parece blasfema, con el
respeto debido al Sr. Vázquez y sin creer que intentó incurrir en semejante mal,
si es exacto mi juicio. En el mismo número 20 del corriente, del periódico últimamente
citado, se publica una carta del Sr. Obispo de Yucatán, Sr. D. Crescencio Carrillo y
Ancona, en el estilo moderado que usa siempre ese señor, cuya carta se dirige a
desvirtuar las razones aducidas por el Sr. Icazbalceta contra la llamada tradición
Guadalupana; pero el Sr. Obispo destruye sus mismos asertos, deja en pie y corrobora las
razones del Sr. Icazbalceta e incurre también en el error del Sr. Vázquez,
confundiendo el Dogma o verdad de la fe católica y divina, con la creencia particular e
infundada de la Aparición del Tepeyac. Asienta el Sr. Carrillo su creencia en la
Aparición del Tepeyac, y creo que esa creencia o fe es sincera porque la sangre pura o
casi pura que corre por las venas de ese señor lleva consigo la fe en cuanto se siente
religioso o maravilloso; y luego dice que el Sr. García Icazbalceta escribió la
carta que ustedes publicaron, antes de saber la represión que a mí me vino de la
Inquisición Romana, y que luego que supo de esto, le escribió a él, al Sr. Carrillo,
la carta que copia él mismo y que dice: "Mucho menos me atrevería en punto tan
grave y tan ajeno de mis limitados estudios, como es definir (seguramente el Sr. Carrillo
definió ese sentido, y muy bien pudo hacerlo en punto de libre discusión y no de fe) el
sentido de la represión al Sr. Sánchez. Mas S.S.I. afirma, y esto me basta para
creerlo, que es asunto concluido porque Roma loguuta causa finita; y, siendo así,
no me sería lícito explayarme en consideraciones puramente históricas, y sí está
declarado por quien puede que el hecho es cierto...".
Todo lo que dice allí el Sr. Icazbalceta
es condicional y prueba sólo la cortesía del autor, diciendo claramente que el punto
histórico lo deja en su lugar; y ésta es la base y fundamento (que no existe) de dicha
creencia; luego queda en pie todo lo que dice el Sr. Carrillo, destruye el mismo
sus argumentos que no son. Yo respeto al Sr. Carrillo por su prudencia (no conozco
sus virtudes morales y puede que sea uno de tantos de nosotros), como geógrafo, como
escritor y algo como historiador, pero como lógico, como teólogo y como canonista, no
creo que sea una notabilidad. Lo que debe hacer el Sr. Carrillo para consolar al
Sr. Alarcón es destruir por completo los argumentos históricos contra la
aparición y echar por tierra pulverizado el escrito o carta del Sr. Icazbalceta, y
mientras eso no haga, que no consuele al Sr. Alarcón.
También incurre el Sr. Carrillo,
como antes dije, en la confusión de las verdades católicas con la creencia Guadalupana.
El dicho de un gran Padre de la Iglesia, "Roma loguuta est, causa finita est",
se refiere a una verdad de fe divina expresamente definida por el Papa o por Roma, y la
creencia Guadalupana no es fe católica ni obligada a nadie. Dicen o se fijan los Sres. Carrillo
y Vázquez en la concesión del último oficio Guadalupano, que trae la conseja de Juan
Diego y Juan Bernardino, que nunca existieron, y cita el primero las palabras
del Sr. Icazbalceta, en que éste habla de las correcciones de las lecciones del
Breviario, hechas muchas veces por el Papa y por lo cual queda destruido el argumento de
aquellos y corroborado el de Icazbalceta. El Papa concederá lo que guste sin
comprometer su voz infalible, y fácilmente cuando hay influencias y otra clase de
elementos que explican bien lo que se quiere, pero el hecho es que después se modifican y
aun se quitan esas concesiones, prueba que ellas nada valen a favor ni en contra de la
verdad: son ad interim mientras se ve claro, y para quitarse de encima a ¡tantos
interesados! También se han asustado mucho los señores Vázquez y Comp. con el
¡escándalo! Los hechos de Jesucristo escandalizaron a muchos, pero eran a favor
de la verdad y no hizo caso de tal escándalo. ¿Quién se escandaliza? ¿Los cinco, seis
o siete millones de indios y no indios que no saben leer? No le creemos. Los primeros, los
indios, siempre han de buscar a su Tonatzin, madre de Huitzilopochtli, no a
la madre de Jesucristo; los demás que no saben leer, tampoco saben de doctrina
cristiana y seguirán yendo donde va la gente. ¿Se escandalizan los que, siendo
ilustrados, tienen miedo al Clero, o viven del Clero? Su escándalo no debe atenderse.
¿Se escandalizan los que no creen en la aparición? Éstos se escandalizarán de ver lo
que a mí me ha pasado y lo peor que me espera. Juzgo que hay un corto número que cree
sinceramente en la aparición del Tepeyac, y debe respetarse su candor y sencillez; pero
no por defenderse por ese respeto en enseñar a esos mismos la verdad. Con suma
repugnancia, por referirse a mi persona, digo que en mi infancia, al lado de mis tutores
naturales; en las escuelas que frecuenté, a la vista de mis maestros; en los colegios, al
cuidado de los Superiores y Profesores; en las cuatro Diócesis en donde serví de simple
Sacerdote y en los dieciséis años que aquí tengo de residencia, no había recibido sino
elogios de todo el mundo como modelo en el cumplimiento de mi deber y como hombre honrado
y virtuoso. Sé muy bien que son un hombre vulgar y que no tengo virtud ninguna; pero lo
dicho es lo que me pasó, antes de que tocara yo el punto de la Aparición del Tepeyac.
Luego que esto hice, los aparicionistas me acumularon hechos criminosos y denigrantes que
después publicaré, porque los denunciaron a la Inquisición Romana que los aceptó luego
y me los comunicó, haciéndome cargo de ellos y amonestándome interum atque interum.
Ahora me va a pasar peor, pero no teniendo yo el carácter de Obispo, veré si me defiendo
ante los Tribunales o si desprecio a los reptiles que así se arrastran y andan siempre
buscando inmundicias para cebarse en ellas.
Estoy cierto que si estas personas que
defienden de buena o mala fe la Aparición del Tepeyac pudieran crucificarme o quemarme o
matarme, de cualquier modo lo harían llenos de caridad; y no sé si llegue ese caso, pero
un hombre poco vale en comparación de los intereses sociales. También se me va a llamar
falso y apóstata, usurpador de una autoridad sagrada e inconstante en mis ideas y
resoluciones, porque me retracté de las ideas que expreso y ahora vuelvo a sostenerlas, y
voy a explicarme. Yo tengo esta Diócesis porque el Papa me puso en ella, y al exigirme la
Inquisición Romana, cuyo Prefecto nato es el Papa, que me retractara o quitara el
escándalo que había, como me lo dijo la Inquisición tenía que, o renunciar el
Obispado, que también me lo aconsejó la Inquisición, y entonces habría aparecido como
un exaltado rebelde que prefería mi juicio a todo otro, o formar un cisma con estos
católicos, y eso no era decente y habría sido una verdadera usurpación de ajena
autoridad, o retractarme de mi modo de obrar y hablar contra el milagro o Apariciones del
Tepeyac, como lo hice, mientras se veían mejor las cosas, y quedando libre para pensar y
opinar como me pareciera en este mismo punto de la Aparición.
He visto que todo lo que anuncié al
principio y cuando se movió el malhadado proyecto de la coronación de Guadalupe, ha
sucedido al pie de la letra, como se ve en mis escritos y en los hechos de la actualidad,
y esto me ha hecho continuar con la tarea de quitar engaños que perjudican a la verdad y
a la sociedad. Si he procedido así, ha sido después de formular mi renuncia a esta
Diócesis, que mandé a Roma desde el 31 del último mes de mayo, y lo cual me parece que
es obrar con lealtad. Además, cuando mandé a Roma mi llamada retractación, que no
comprometió mi modo de pensar, que siempre ha sido y es el mismo, dije al Papa que me
quitara el Obispado y lo mismo repetí el año noventa, en que mandé la razón del estado
de esta Iglesia, que todavía no me contesta, ni se hizo lo que yo deseaba que era quedar
separado de esta administración, para tener libertad; entonces tenía todavía yo algunos
fondos propios de qué vivir pobremente, fondos que hoy no existen porque los he gastado
en las atenciones de esta Iglesia.
Apenas llega a México D. Nicolás
Averardi y recibo noticia reservada, verdadera y cierta, de que traía instrucciones
para quitarme el Obispado. Acababa yo de terminar y dedicar esta Catedral en la que no
sólo he gastado lo mío, sino que debo aún una pequeña suma de lo que invertí en su
construcción y pobre ornamentación. Todo aquí es mío y lo acabo de terminar. Si
hubiera yo querido, me siento perpetuamente en la silla que yo mismo compré, sin hacer
caso de Averardi ni de nadie y con agrado de muchos de mis diocesanos. Juzgo una
usurpación de lo ajeno, juzgo una iniquidad sin nombre que me quite lo que es mío (hablo
del uso de la Iglesia que ya sé que la propiedad es del Gobierno Federal, que concede su
dominio útil a los católicos); y no obstante ese juicio mío que me parece recto, formé
mi última resolución de entregar esta Diócesis al que me la recomendara, y separarme de
Roma y los suyos, de vivir solo y olvidado en un rincón o barranco de la sierra para
dedicarme a cultivar la tierra, al comercio y a la cría de ganado, a fin de atender a mis
necesidades personales. ¿Puede en verdadera justicia condenarse esta resolución ni
llamarse falso o cosa semejante al que la toma y que es realmente la víctima de un
proceder inicuo? Dígase lo que se quiera; pero creo que los hombres honrados me darán la
razón y se pondrán de mi parte.
Cuando Averardi quiso iniciar sus
vejaciones contra mí, puse en práctica mi resolución. La admisión de mi renuncia era
cosa resuelta antes de que yo la hiciera. Va a hacer tres meses que la mandé y aún no se
me resuelve nada. Esta expectativa me perjudica en mis intereses o proyectos para
mantenerme y me tiene sin ser ni dejar de ser Obispo de Tamaulipas. ¿Cómo salir de este
estado? Volviendo a expresar las ideas que son causa de mi despojo, que pronto se me deje
libre, aunque excomulgado, que al fin vivo solo y mi excomunión a nadie perjudicará. No
he recibido de Roma sino represiones sin causa; amonestaciones sin motivo; desaires y
exacciones pecuniarias. Le he pedido muchas cosas para bien de esta Iglesia y ni me ha
contestado. Le mandé mi primer Sínodo (sus actas), y no quiso recibirlo, sola y
únicamente porque en él se concilian, y efectivamente se han conciliado aquí, durante
mi gobierno, las instituciones y las leyes de mi país con los cánones de la Iglesia.
Nada he recibido de los Obispos Mexicanos más que desprecios y calumnias. A Alarcón,
Arciga y Barón les escribí pidiéndoles una limosna para terminar mi
Catedral, y ni contestaron, tal vez porque no recibieron mi carta, pero lo dudo. Gillow,
en inútil Concilio provisional, cuyas actas, dicen, las formuló un extranjero, negó la
existencia de mis Sínodos diocesanos, que son los únicos que resuelven algunas de
nuestras dificultades administrativas; este señor es de muy limitada inteligencia, si no
es para finanzas, y debemos excusarlo por eso. ¿Qué hace en tales circunstancias un
hombre honrado, activo y trabajador que no tiene dinero ni influencia, que no sabe mentir
ni adular y que no transige con la hipocresía y la mentira?. Alejarse de ese mausoleo
marmóreo, cubierto de bellas estatuas y adornos de pórfido, esmeraldas, perlas y
brillantes y coronado por sarcasmo sacrílegamente con la Sacrosanta Imagen del
Crucificado.
No quiero, señores editores, que ustedes
se comprometan por mí publicando esta carta; pero si la creen útil a sus intereses,
pueden hacer de ella y de mi cortada pluma el uso que gusten, sin quitar una sílaba a mis
escritos.
Los aprecia su afmo., amigo y S.S. Eduardo,
Obispo de Tamaulipas.
Ignoramos si fue publicada, pero en el
"librito" de García Icazbalceta aparece inserta la presente, tal y como
hoy la transcribimos. (G.S.M., Mérida, Yucatán, Méx., noviembre de 2000)
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