Estamos en el umbral del
finiquito de un régimen que nació en 1929, y su desgaste lento lo fue acorralando hasta
llegar a la fecha en que los mexicanos decidieron terminarlo, en el inolvidable 2 de julio
de 2000.
El empuje de los "científicos"
que rodeaban a Porfirio Díaz en las postrimerías en su último mandato, y su
obstinación por otros años más de poder, aceleraron su caída y su triste partida aquel
31 de mayo de 1911 desde el puerto de Veracruz, en el barco "Ipiranga", hacia
Francia.
Después de transcurridos estos dos
periodos históricos, los 33 años del llamado "porfiriato" (que resumimos en
treinta) y los 30 de los últimos seis presidentes de la República a partir de Luis
Echeverría, muy someramente y a través de los datos históricos provenientes de las
diferentes corrientes que sobre ello escribieron, nos imaginamos que estamos en
condiciones de emitir una opinión sobre quién le propinó a México más severo daño en
la administración de sus bienes, y quién lo proyectó más acentuadamente en el progreso
y respeto.
Para ello, mencionaremos con la cortedad
que nos permite el espacio algunos datos de patrióticas acciones de Porfirio Díaz en
la defensa de la Patria ante invasores extranjeros, a partir de aquel telegrama que le
enviara el general en jefe de la expedición francesa, Lorencez, al ministro de
guerra de Luis Bonaparte, que a la letra dice: "Tenemos sobre los mexicanos
tal superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y elevación de
sentimientos, que ruego a vuestra excelencia decir al Emperador que desde ahora, a la
cabeza de sus seis mil soldados, soy el dueño de México". Las tropas francesas eran
las mejores del mundo; por su parte, los mexicanos sólo tenían las armas arrebatadas a Napoleón
Bonaparte tío de Luis en la batalla de Waterloo y revendidas por
traficantes. La brigada del coronel Porfirio Díaz quedó como columna de maniobra
en el camino de Amozoc. En la mañana del 5 de mayo de 1862, las tropas de Lorencez
atacaron los fuertes de Loreto y Guadalupe. Al anochecer se retiraron en desbandada ante
la contraofensiva mexicana, especialmente de los indios zacapoaxtlas y la también
indígena caballería oaxaqueña. Zaragoza informó al presidente Juárez:
"Las armas mexicanas se han cubierto de gloria".
Porfirio Díaz se presentó a
Palacio Nacional cuando Juárez iniciaba su retirada hacia el norte. El coronel,
que aún no cumplía 33 años, era el discípulo predilecto de Juárez. El abogado
zapoteca vio en el joven mixteco una inteligencia y una voluntad comparables a las suyas.
Ambos eran la negación de cuanto los blancos decían contra los indios. Juárez
quiso darle el Ministerio de Guerra; Díaz se negó: aún no estaba preparado. Era
mejor seguir luchando en el terreno que mejor conocía: Oaxaca.
Porfirio Díaz era profundamente
juarista; amaba mucho a su nación y dio muestras claras de un nacionalismo y lealtad que
poco conoció la historia. Ante invitaciones ventajosas del enemigo para claudicar, su
firmeza lo sacó adelante. El mariscal Achilles Bazaine, jefe de las tropas de
ocupación, entendió que se hallaba entre dos fuegos: Juárez en el norte y Díaz
en el sur. El 15 de enero de 1865, al frente de diez mil soldados, el francés emprendió
el sitio de Oaxaca. Al mes, agotadas sus provisiones, Díaz tuvo que rendirse. Una
escolta de húsares y suavos lo llevó prisionero a Puebla. Por segunda vez quedaba
deshecho el Ejército de Oriente.
De nuevo Porfirio Díaz escapó de
Puebla dispuesto a rehacer el Ejército de Oriente. Juntó catorce voluntarios en la
región del río Mixteco. Atacó a los imperialistas y se hizo de sus primeros seis
fusiles. Restos de las dispersas fuerzas liberales aumentaron la tropa de Díaz;
hubo dos hombres indispensables: su hermano Félix Díaz y su compadre Manuel
González, legendario por su valor en las cargas de caballería. Su gran triunfo
inicial lo obtuvieron en Yanhuitlán contra los húsares del Conde de Gante. El general
francés Oronoz juró que en venganza fusilaría "a los bandoleros y a su
cabecilla", y marchó a su encuentro con soldados franceses. Porfirio los
atacó en una fecha simbólica: 3 de octubre de 1866, primer aniversario del decreto
firmado por Maximiliano. Con sólo ochenta jinetes y seiscientos infantes, Díaz
venció completamente a Oronoz. Perdonó a los oficiales extranjeros y fusiló a
los mexicanos que tras militar en filas liberales se habían pasado a los invasores.
La historia de los hechos gloriosos de Porfirio
Díaz durante la época que combatió a los invasores, está llena de epopeyas que en
muy pocos militares se ha visto. Luchó por la Patria al lado de don Benito Juárez
y no pudo evitar ser mordido por el gusanito del poder. Todo comenzó cuando Ramón
Corona llegó a reforzarlos en el sitio de la capital; el número de sitiadores
ascendió a cuarenta mil; Díaz exigió la rendición incondicional; Maximiliano,
Miramón y Mejía fueron fusilados el 19 de junio. Márquez logró
escapar vestido de arriero. Con la toma de México terminó la guerra por la liberación
nacional. Porfirio Díaz impidió el saqueo, fusiló a algunos traidores y dejó en
libertad a los extranjeros. Con la honradez en el manejo del dinero público que
distinguió a la generación liberal, Porfirio Díaz regresó al gobierno 140 mil
pesos sobrantes de su campaña.
Fue a recibir a Juárez a
Tlalnepantla. Creyó que, como era justo, el Presidente lo invitaría a su modesto
carruaje negro para que hicieran juntos la entrada triunfal. Juárez se limitó a
saludarlo con un movimiento de cabeza y siguió adelante. Al ver el desconcierto de Díaz,
el vicepresidente Sebastián Lerdo de Tejada lo hizo subir a su landó. En
Tlalnepantla, a los 36 años, murió el joven Díaz, el inmaculado guerrillero
chinaco, y comenzó a nacer don Porfirio. Dio principio la lucha por el poder, la
que concluyó el día 24 de noviembre de 1876, a la renuncia de Lerdo de Tejada.
Viendo en perspectiva los 33 años de poder de Díaz y recogiendo lo que dice la
Historia, vemos que en realidad fue muy poca la gente beneficiada durante la mayor parte
de ese muy largo mandato.
Lo que le resultó a Porfirio Díaz
casi imposible de controlar fue a su grupo de colaboradores, con José Yves Limantour a
la cabeza. Se dice que en el suntuoso Palacio de los Azulejos servíase un banquete; el
"científico" Pablo Macedo, en un momento dado, levantó su copa
de champaña y dijo: "Señores: quiero en esta ocasión hacer mi profesión de fe. Yo
soy científico; yo pertenezco a los científicos, a los cuales les han colgado todos los
padrones de infamia y que han sido blanco de tantos gratuitos ataques, a los que ya
estamos acostumbrados. El grupo de científicos ha sido la piedra angular, ha sido el
material con que el señor general Díaz, sublime arquitecto, ha levantado el
edificio que admiramos. Los que pertenecemos al grupo nunca hemos pedido empleos ni
solicitado posiciones. El Sr. Limantour no pidió el Ministerio de Hacienda; yo
jamás he pedido nada. He cumplido, como lo ha entendido mi deber, en donde se me ha
colocado. Los científicos han sido interpelados muchas veces, y no han contestado simple
y sencillamente por disciplina. Han colaborado con el señor general Díaz, han ido
a donde los ha llevado el señor Presidente e irán hasta donde él los lleve, y estamos
dispuestos a ir con él hasta la ignominia".
Hubo muchas voces calificadas que
estuvieron en contra de esta temeraria aseveración, expresando: "El señor Macedo
no puede y no debe creer que el general Díaz sea capaz de llevarlos hasta la
ignominia.".
Pero volvamos a lo esencial del asunto: a Porfirio
Díaz se le atacaba más que nada por su enfermiza reelección y por cerrarle el paso
a los otros grupos políticos; se le condenó porque, como parte de su venganza (así
llamémosle), hizo causa común con las más altas esferas sociales, dándole la espalda
al pueblo. Pero dentro de esos comportamientos había obra pública importante que
todavía se aprecia; había orden administrativo al servirnos únicamente del producto
interno bruto y de una industria y un comercio regulados en el marco de la ley; el respeto
era un fuerte escudo en todos los ámbitos de la sociedad; la mucha o poca libertad de que
se disfrutaba nunca llegó al libertinaje; los tratos con el extranjero jamás amenazaban
la soberanía de la Patria; y, llegado el momento de abandonar el lugar de mando que por
33 años había detentado, para evitar un inminente baño de sangre por parte de las
fuerzas desbordadas de los antirreeleccionistas encabezados por don Francisco I. Madero,
partió a Francia con todo y familia, donde con austeridad pasó los últimos años de su
vida.
Y de las ambiciones desbordadas hubo un
sinnúmero de asesinatos y venganzas; las principales cabezas de la Revolución fueron
acabadas a punta de bala; se trabajó en un cuerpo de leyes con el fin de encausar al
País por la senda de la democracia y la justicia social, en aras de la no reelección,
y en 1917 vio la luz la Constitución General de los Estados Unidos Mexicanos, que
todavía rige los destinos de México en material legal. Con base en esta Magna Carta
comienza a desenvolverse la Nación, y conforme van saliendo injusticias se van adecuando
las leyes, con la mira puesta en que éstas han sido promulgadas para el beneficio de las
mayorías.
Cada presidente que surgió del partido
formado por el gobierno, le puso su personal sello: los hubo visionarios, acelerados,
austeros, viajeros, y muy serios y rencorosos, como el que asumió la responsabilidad de
la matanza de Tlatelolco; pero vino la sexteta que vio que por la propia ley
"no pasaba nada" si el minino retozaba; "no pasaba nada" si nos
repartíamos tantos terrenos en privilegiados lugares con el legal apoyo de las asambleas
ejidales (en segunda convocatoria), incluyendo hermosas playas; "no pasaba nada"
si emitíamos más moneda para no pasar apuros; "no pasaba nada" si urdíamos
muy bien los asesinatos de tal o cual "pelao" que nos estorbara en nuestras
jugadas; "no pasaba nada" si se disponía de los recursos de los trabajadores
tanto del Estado como del IMSS para sus jubilaciones hasta agotarlos y luego
hacer juegos malabares para hacerles el atole; "no pasa nada" con las deudas
tanto interior como exterior, al fin que el Vaticano solicitará en su Jubileo la
condonación de las deudas de los países pobres.
Estas nefastas danzas arrodillaron a los
mexicanos (mucho peor que en los tiempos de don Porfirio) e hicieron que una
cantidad millonaria de compatriotas (casi 20 millones) tuvieran que abandonar a su patria
por no haber recibido de ella educación ni empleo, y 500 mueren cada año al pretender
cruzar al lado norteamericano. ¿No crees, amable lector, que ya ha llegado la hora de
repatriar los restos de don Porfirio Díaz, si no a la rotonda acompañando a los
ilustres, cuando menos a su querida Oaxaca? Los que lo echaron por ser reeleccionista hoy
deben esconder la cabeza como el avestruz. (G.S.M., Mérida, Yucatán, Méx., noviembre
de 2000)
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