Semanario de Informacion y Análisis Politico No.580

Mérida, Yuc., México Diciembre 1 de 2000
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LAS GIRAS DE ZEDILLO POR YUCATÁN
...Y EL GRUPO SAN ÁNGEL LLEGÓ AL PODER
EL GABINETE DE FOX
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UN MAMARRACHO EN LA CODHEY
Juan Carlos Faller
(Y QUE NO SERÁN)
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(QUE LO SERÁN)
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LA NUEVA INTROMISIÓN DE CERVERA EN LA SECCIÓN 33
Filiberto Pinelo Sansores
MÉRITO SIN PROVECHO
Carlos Castillo López
¿QUIÉN LE HIZO MÁS DAÑO A MÉXICO:PORFIRIO DÍAZ O LA POSREVOLUCIÓN?
Germán Sosa Monsreal
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DIEZ AÑOS DE DEMOCRACIA
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PORTADA

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Sacudida histórica; factor de 30 años
¿Quién le hizo más daño a México:Porfirio Díaz o la Posrevolución?

Germán Sosa Monsreal

Estamos en el umbral del finiquito de un régimen que nació en 1929, y su desgaste lento lo fue acorralando hasta llegar a la fecha en que los mexicanos decidieron terminarlo, en el inolvidable 2 de julio de 2000.

El empuje de los "científicos" que rodeaban a Porfirio Díaz en las postrimerías en su último mandato, y su obstinación por otros años más de poder, aceleraron su caída y su triste partida aquel 31 de mayo de 1911 desde el puerto de Veracruz, en el barco "Ipiranga", hacia Francia.

Después de transcurridos estos dos periodos históricos, los 33 años del llamado "porfiriato" (que resumimos en treinta) y los 30 de los últimos seis presidentes de la República a partir de Luis Echeverría, muy someramente y a través de los datos históricos provenientes de las diferentes corrientes que sobre ello escribieron, nos imaginamos que estamos en condiciones de emitir una opinión sobre quién le propinó a México más severo daño en la administración de sus bienes, y quién lo proyectó más acentuadamente en el progreso y respeto.

Para ello, mencionaremos con la cortedad que nos permite el espacio algunos datos de patrióticas acciones de Porfirio Díaz en la defensa de la Patria ante invasores extranjeros, a partir de aquel telegrama que le enviara el general en jefe de la expedición francesa, Lorencez, al ministro de guerra de Luis Bonaparte, que a la letra dice: "Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y elevación de sentimientos, que ruego a vuestra excelencia decir al Emperador que desde ahora, a la cabeza de sus seis mil soldados, soy el dueño de México". Las tropas francesas eran las mejores del mundo; por su parte, los mexicanos sólo tenían las armas arrebatadas a Napoleón Bonaparte —tío de Luis— en la batalla de Waterloo y revendidas por traficantes. La brigada del coronel Porfirio Díaz quedó como columna de maniobra en el camino de Amozoc. En la mañana del 5 de mayo de 1862, las tropas de Lorencez atacaron los fuertes de Loreto y Guadalupe. Al anochecer se retiraron en desbandada ante la contraofensiva mexicana, especialmente de los indios zacapoaxtlas y la también indígena caballería oaxaqueña. Zaragoza informó al presidente Juárez: "Las armas mexicanas se han cubierto de gloria".

Porfirio Díaz se presentó a Palacio Nacional cuando Juárez iniciaba su retirada hacia el norte. El coronel, que aún no cumplía 33 años, era el discípulo predilecto de Juárez. El abogado zapoteca vio en el joven mixteco una inteligencia y una voluntad comparables a las suyas. Ambos eran la negación de cuanto los blancos decían contra los indios. Juárez quiso darle el Ministerio de Guerra; Díaz se negó: aún no estaba preparado. Era mejor seguir luchando en el terreno que mejor conocía: Oaxaca.

Porfirio Díaz era profundamente juarista; amaba mucho a su nación y dio muestras claras de un nacionalismo y lealtad que poco conoció la historia. Ante invitaciones ventajosas del enemigo para claudicar, su firmeza lo sacó adelante. El mariscal Achilles Bazaine, jefe de las tropas de ocupación, entendió que se hallaba entre dos fuegos: Juárez en el norte y Díaz en el sur. El 15 de enero de 1865, al frente de diez mil soldados, el francés emprendió el sitio de Oaxaca. Al mes, agotadas sus provisiones, Díaz tuvo que rendirse. Una escolta de húsares y suavos lo llevó prisionero a Puebla. Por segunda vez quedaba deshecho el Ejército de Oriente.

De nuevo Porfirio Díaz escapó de Puebla dispuesto a rehacer el Ejército de Oriente. Juntó catorce voluntarios en la región del río Mixteco. Atacó a los imperialistas y se hizo de sus primeros seis fusiles. Restos de las dispersas fuerzas liberales aumentaron la tropa de Díaz; hubo dos hombres indispensables: su hermano Félix Díaz y su compadre Manuel González, legendario por su valor en las cargas de caballería. Su gran triunfo inicial lo obtuvieron en Yanhuitlán contra los húsares del Conde de Gante. El general francés Oronoz juró que en venganza fusilaría "a los bandoleros y a su cabecilla", y marchó a su encuentro con soldados franceses. Porfirio los atacó en una fecha simbólica: 3 de octubre de 1866, primer aniversario del decreto firmado por Maximiliano. Con sólo ochenta jinetes y seiscientos infantes, Díaz venció completamente a Oronoz. Perdonó a los oficiales extranjeros y fusiló a los mexicanos que tras militar en filas liberales se habían pasado a los invasores.

La historia de los hechos gloriosos de Porfirio Díaz durante la época que combatió a los invasores, está llena de epopeyas que en muy pocos militares se ha visto. Luchó por la Patria al lado de don Benito Juárez y no pudo evitar ser mordido por el gusanito del poder. Todo comenzó cuando Ramón Corona llegó a reforzarlos en el sitio de la capital; el número de sitiadores ascendió a cuarenta mil; Díaz exigió la rendición incondicional; Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados el 19 de junio. Márquez logró escapar vestido de arriero. Con la toma de México terminó la guerra por la liberación nacional. Porfirio Díaz impidió el saqueo, fusiló a algunos traidores y dejó en libertad a los extranjeros. Con la honradez en el manejo del dinero público que distinguió a la generación liberal, Porfirio Díaz regresó al gobierno 140 mil pesos sobrantes de su campaña.

Fue a recibir a Juárez a Tlalnepantla. Creyó que, como era justo, el Presidente lo invitaría a su modesto carruaje negro para que hicieran juntos la entrada triunfal. Juárez se limitó a saludarlo con un movimiento de cabeza y siguió adelante. Al ver el desconcierto de Díaz, el vicepresidente Sebastián Lerdo de Tejada lo hizo subir a su landó. En Tlalnepantla, a los 36 años, murió el joven Díaz, el inmaculado guerrillero chinaco, y comenzó a nacer don Porfirio. Dio principio la lucha por el poder, la que concluyó el día 24 de noviembre de 1876, a la renuncia de Lerdo de Tejada. Viendo en perspectiva los 33 años de poder de Díaz y recogiendo lo que dice la Historia, vemos que en realidad fue muy poca la gente beneficiada durante la mayor parte de ese muy largo mandato.

Lo que le resultó a Porfirio Díaz casi imposible de controlar fue a su grupo de colaboradores, con José Yves Limantour a la cabeza. Se dice que en el suntuoso Palacio de los Azulejos servíase un banquete; el "científico" Pablo Macedo, en un momento dado, levantó su copa de champaña y dijo: "Señores: quiero en esta ocasión hacer mi profesión de fe. Yo soy científico; yo pertenezco a los científicos, a los cuales les han colgado todos los padrones de infamia y que han sido blanco de tantos gratuitos ataques, a los que ya estamos acostumbrados. El grupo de científicos ha sido la piedra angular, ha sido el material con que el señor general Díaz, sublime arquitecto, ha levantado el edificio que admiramos. Los que pertenecemos al grupo nunca hemos pedido empleos ni solicitado posiciones. El Sr. Limantour no pidió el Ministerio de Hacienda; yo jamás he pedido nada. He cumplido, como lo ha entendido mi deber, en donde se me ha colocado. Los científicos han sido interpelados muchas veces, y no han contestado simple y sencillamente por disciplina. Han colaborado con el señor general Díaz, han ido a donde los ha llevado el señor Presidente e irán hasta donde él los lleve, y estamos dispuestos a ir con él hasta la ignominia".

Hubo muchas voces calificadas que estuvieron en contra de esta temeraria aseveración, expresando: "El señor Macedo no puede y no debe creer que el general Díaz sea capaz de llevarlos hasta la ignominia.".

Pero volvamos a lo esencial del asunto: a Porfirio Díaz se le atacaba más que nada por su enfermiza reelección y por cerrarle el paso a los otros grupos políticos; se le condenó porque, como parte de su venganza (así llamémosle), hizo causa común con las más altas esferas sociales, dándole la espalda al pueblo. Pero dentro de esos comportamientos había obra pública importante que todavía se aprecia; había orden administrativo al servirnos únicamente del producto interno bruto y de una industria y un comercio regulados en el marco de la ley; el respeto era un fuerte escudo en todos los ámbitos de la sociedad; la mucha o poca libertad de que se disfrutaba nunca llegó al libertinaje; los tratos con el extranjero jamás amenazaban la soberanía de la Patria; y, llegado el momento de abandonar el lugar de mando que por 33 años había detentado, para evitar un inminente baño de sangre por parte de las fuerzas desbordadas de los antirreeleccionistas encabezados por don Francisco I. Madero, partió a Francia con todo y familia, donde con austeridad pasó los últimos años de su vida.

Y de las ambiciones desbordadas hubo un sinnúmero de asesinatos y venganzas; las principales cabezas de la Revolución fueron acabadas a punta de bala; se trabajó en un cuerpo de leyes con el fin de encausar al País por la senda de la democracia y la justicia social, en aras de la no reelección, y en 1917 vio la luz la Constitución General de los Estados Unidos Mexicanos, que todavía rige los destinos de México en material legal. Con base en esta Magna Carta comienza a desenvolverse la Nación, y conforme van saliendo injusticias se van adecuando las leyes, con la mira puesta en que éstas han sido promulgadas para el beneficio de las mayorías.

Cada presidente que surgió del partido formado por el gobierno, le puso su personal sello: los hubo visionarios, acelerados, austeros, viajeros, y muy serios y rencorosos, como el que asumió la responsabilidad de la matanza de Tlatelolco; pero vino la sexteta que vio que por la propia ley "no pasaba nada" si el minino retozaba; "no pasaba nada" si nos repartíamos tantos terrenos en privilegiados lugares con el legal apoyo de las asambleas ejidales (en segunda convocatoria), incluyendo hermosas playas; "no pasaba nada" si emitíamos más moneda para no pasar apuros; "no pasaba nada" si urdíamos muy bien los asesinatos de tal o cual "pelao" que nos estorbara en nuestras jugadas; "no pasaba nada" si se disponía de los recursos de los trabajadores —tanto del Estado como del IMSS para sus jubilaciones— hasta agotarlos y luego hacer juegos malabares para hacerles el atole; "no pasa nada" con las deudas tanto interior como exterior, al fin que el Vaticano solicitará en su Jubileo la condonación de las deudas de los países pobres.

Estas nefastas danzas arrodillaron a los mexicanos (mucho peor que en los tiempos de don Porfirio) e hicieron que una cantidad millonaria de compatriotas (casi 20 millones) tuvieran que abandonar a su patria por no haber recibido de ella educación ni empleo, y 500 mueren cada año al pretender cruzar al lado norteamericano. ¿No crees, amable lector, que ya ha llegado la hora de repatriar los restos de don Porfirio Díaz, si no a la rotonda acompañando a los ilustres, cuando menos a su querida Oaxaca? Los que lo echaron por ser reeleccionista hoy deben esconder la cabeza como el avestruz. (G.S.M., Mérida, Yucatán, Méx., noviembre de 2000)

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