Los recuerdos siguen frescos, intactos, la
memoria no falla cuando se trata de traer al presente vivencias de antaño, más aún
cuando se trata de acciones épicas. El es el único mexicano y por ende el único
yucateco que formó parte de los mil 300 elementos que integraron la tripulación del
Saint Paul, buque de guerra de la Marina de los Estados Unidos.
Así lo confirma todo un cuarto convertido
en biblioteca y museo a la vez, custodio celoso de los testimonios de épocas pasadas y de
la experiencia adquirida en los campos de entrenamiento norteamericanos: armas, escudos,
insignias, documentos, reconocimientos, en fin, pruebas fehacientes de la estancia de este
yucateco que demostró tener el valor suficiente para incursionar en la díficil tarea de
la milicia.
Personaje conocido en círculos sociales de
nuestra Mérida, Alberto Faller Cervera nació un nueve de marzo de 1938, es hijo
de los señores Francisco Faller Manzanilla y la señora Rosa María Cervera
Cámara, a la fecha cuenta con 62 años y aunque ya está retirado y ha cumplido con
todas sus reservas en la Marina Estadounidense, aún sigue en activo, ahora como
instructor vial en la Secretaría de Protección y Vialidad.
En charla con La Revista Peninsular, en su domicilio de la
avenida Pérez Ponce, en Itzimná, don Alberto recuerda que la vocación por la
milicia le viene de familia pues su abuelo, de origen alemán estuvo en el ejercito de
aquel país cuando combatió contra Francia, y otro de sus familiares, su tio abuelo fue
también militar en el Ejercito de los Estados Unidos.
Faller Cervera, apunta que desde
pequeño sentía especial predilección por vestir un uniforme, a tal grado que cuando
tuvo edad solicitó permiso a sus padres para trasladarse a Veracruz e incribirse en la
Marina, pero ahí fue rechazado en el examen de selección. Ese momento sin duda marcó su
vida y cambió su rumbo y destino.
Luego, sus padres estuvieron de acuerdo con
él para que se fuera a los Estados Unidos a Santa Fe, Nuevo México, para que aprendiera
el idioma inglés y allá, por la amistad con un oficial de la Marina norteamericana,
desde ese momento se convenció de que su futuro era ese cuerpo de marinos.
Una vez en ese lugar cuenta don
Alberto, fue aceptado en la Marina cuando contaba con apenas 18 años de
edad, de esto da cuenta un vetusto recorte de un periódico local que consigna que un
joven mexicano de Yucatán, había sido admitido en el St. Michel College. Posteriormente
logró entrar al cuerpo de la Infantería de Marina.
No pasó mucho tiempo cuando se solicitaron
voluntarios para integrar la tripulación del barco Saint Paul, que realizaría un viaje
de tres años por el Oriente, se inscribió con gusto en esa aventura que le
respresentaría experiencias muy gratas e inolvidables. De haber sido aceptado en
Veracruz, esta historia quizá no sería contada con tantos y emotivos pasajes.
Don Alberto sin mucho preámbulo
rememora, aunque con nostalgia, que los años que sirvió en la Marina, estuvo en la
Primera División de Infantería de Marina y después pasó al Séptimo Regimiento
Compañía A, con base en California. Su servicio duró del año 1958 a 1962, cuando
causó baja y pasó a la reserva.
Primero fui soldado raso y recluta de
infantería, luego pase a soldado de primera precisa.
Aunque en alguna ocasión le ofrecieron
convertirse en oficial, rechazó esta alternativa debido a que debía nacionalizarse como
norteamericano y renunciar a su condición de mexicano. Incluso su padre, don Francisco,
lo amenazó con desconocerlo si rebunciaba a ser mexicano. Qué tiempos aquellos.
Durante su servicio en la Infantería,
también formó parte de la Policía Militar, y reconoce que él no tomó parte en ninguna
incursión armada aunque el peligro era latente pues el buque de guerra en el que viajaba
ejercía vigilancia a siete millas de la costa de la China Comunista a fin de evitar que
la milicia de ese país invadiera a su vecino la China Nacionalista.
Los recorridos se realizaban por toda la
costa de aquellos países orientales, lo que representaba ir desde Saigón, hasta Nueva
Zelanda, pasando por el Estrecho de Matsuk, Formosa, Corea, el Golfo de Tonkin, Vietnam y
los mares del Sur hasta Nueva Zelanda.
Entre las labores que desempeñó, estuvo
la vigilancia del buque, en especial de la zona de camarotes del "staff" de
oficiales, cuando estuvo como infante de Marina, asignado al Departamento de Artillería,
su labor consistía en hacer labor de mantenimiento a fondo de los cañones y de
supervisar que los almacenes tuvieran todo lo necesario, principalmente, de que nunca
faltara el aprovisonamiento de municiones.
Posteriormente estuvo asignado como
Policía Militar, una de sus obligaciones en esta tarea fue la de estar pendiente del
cuidado y resguardo de los aviones caza de combate, pues cada unidad representaba 10
millones de dólares.
También comentó que cuando estuvo en
tierra como Policía Militar en Japón participó en la vigilancia de esa zona cuando se
presentó la gran manifestación antinorteamericana contra la llegada de un portaviones
nuclear a Yokosama. Explicó que la Policía Militar en el extranjero tenía como función
principal el resguardo de las instalaciones, sin participar en enfrentamientos con
civiles, pues esa tarea estaba a cargo de la policía local.
| Se debía
de someter a un compañero si se descubría que había violado las normas, por ejemplo, cuando un
norteamericano cometía un delito contra algún civil, la obligación de la Policía Militar era
detenerlo y entregarlo a las autoridades civiles. |
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Por el contrario, debían estar atentos
cuando se debía de someter a un compañero si se descubría que había violado las
normas, por ejemplo, cuando un norteamericano cometía un delito contra algún civil, la
obligación de la PM era detenerlo y entregarlo a las autoridades civiles. Si la falta se
cometía en las instalaciones norteamericanas, el responsable se entregaba a las
autoridades.
Al concluir su aventura en la Marina
Norteamericana, el yucateco se trasladó de nueva cuenta a su ciudad natal,
Mérida, en donde se dio a la tarea de buscar en donde vertir los conocimientos adquiridos
durante su travesía en el extranjero.
Fue la Dirección General de Aduanas de la
Secretaría de Hacienda y Crédito Público en donde se desempeñó como funcionario
aduanero y en donde aplicó buena parte de los entrenamientos recibidos durante su
estancia en la milicia, participó en la conformación de varios manuales de capacitación
tanto física como de logística de esa dependencia.
De igual forma, se desempeñó como
instructor de la Academia de Policía (de la entonces Dirección de Proteción y
Vialidad), actualmente Secretaría de Protección y Vialidad, institución en la que se le
hace un reconocimiento a su trayectoria y experiencia manteniéndolo como instructor del
ramo vial, labor que según dice el entrevistado, "hoy en día es de vital
importancia pues instruir a los jóvenes sobre cómo conducir puede significar la
diferencia entre la vida y la muerte".
A sus 62 años de edad nuestro entrevistado
se conserva sano y goza de una envidiable salud, debido por supuesto al intenso y
disciplinado entrenamiento físico que recibió durante sus mejores años de vida.
Así, el día transcurre para él en forma
apacible aunque sin olvidar el compromiso que tiene con la sociedad, aún sigue en activo
y todos los días acude de siete de la mañana a dos de la tarde al edificio de la
Secretaría de Protección y Vialidad, para seguir transmitiendo sus experiencias, ahora a
las nuevas generaciones. (J.G.M. Mérida, Yuc. Enero, 2001) |