Semanario de Información y Análisis Politico No.585

Mérida, Yuc., México Enero 5 de 2000
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JUAN MAGAÑA Y ALONZO, EN EL MUSEO DE LA CANCIÓN
UN HIMNO SOBRE LA VIDA PLENA EN LO SENCILLO
CINET

PORTADA

CARTON DE CALDERÓN

CARTON DE ESCAMILLA

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Memorias y vivencias
Un yucateco en la Marina de EEUU

Del rechazo militar en Veracruz a la incursión naval en el exterior

Javier García Martínez

Los recuerdos siguen frescos, intactos, la memoria no falla cuando se trata de traer al presente vivencias de antaño, más aún cuando se trata de acciones épicas. El es el único mexicano y por ende el único yucateco que formó parte de los mil 300 elementos que integraron la tripulación del Saint Paul, buque de guerra de la Marina de los Estados Unidos.

Así lo confirma todo un cuarto convertido en biblioteca y museo a la vez, custodio celoso de los testimonios de épocas pasadas y de la experiencia adquirida en los campos de entrenamiento norteamericanos: armas, escudos, insignias, documentos, reconocimientos, en fin, pruebas fehacientes de la estancia de este yucateco que demostró tener el valor suficiente para incursionar en la díficil tarea de la milicia.

Personaje conocido en círculos sociales de nuestra Mérida, Alberto Faller Cervera nació un nueve de marzo de 1938, es hijo de los señores Francisco Faller Manzanilla y la señora Rosa María Cervera Cámara, a la fecha cuenta con 62 años y aunque ya está retirado y ha cumplido con todas sus reservas en la Marina Estadounidense, aún sigue en activo, ahora como instructor vial en la Secretaría de Protección y Vialidad.

En charla con La Revista Peninsular, en su domicilio de la avenida Pérez Ponce, en Itzimná, don Alberto recuerda que la vocación por la milicia le viene de familia pues su abuelo, de origen alemán estuvo en el ejercito de aquel país cuando combatió contra Francia, y otro de sus familiares, su tio abuelo fue también militar en el Ejercito de los Estados Unidos.

Faller Cervera, apunta que desde pequeño sentía especial predilección por vestir un uniforme, a tal grado que cuando tuvo edad solicitó permiso a sus padres para trasladarse a Veracruz e incribirse en la Marina, pero ahí fue rechazado en el examen de selección. Ese momento sin duda marcó su vida y cambió su rumbo y destino.

Luego, sus padres estuvieron de acuerdo con él para que se fuera a los Estados Unidos a Santa Fe, Nuevo México, para que aprendiera el idioma inglés y allá, por la amistad con un oficial de la Marina norteamericana, desde ese momento se convenció de que su futuro era ese cuerpo de marinos.

—Una vez en ese lugar —cuenta don Alberto—, fue aceptado en la Marina cuando contaba con apenas 18 años de edad, de esto da cuenta un vetusto recorte de un periódico local que consigna que un joven mexicano de Yucatán, había sido admitido en el St. Michel College. Posteriormente logró entrar al cuerpo de la Infantería de Marina.

No pasó mucho tiempo cuando se solicitaron voluntarios para integrar la tripulación del barco Saint Paul, que realizaría un viaje de tres años por el Oriente, se inscribió con gusto en esa aventura que le respresentaría experiencias muy gratas e inolvidables. De haber sido aceptado en Veracruz, esta historia quizá no sería contada con tantos y emotivos pasajes.

Don Alberto sin mucho preámbulo rememora, aunque con nostalgia, que los años que sirvió en la Marina, estuvo en la Primera División de Infantería de Marina y después pasó al Séptimo Regimiento Compañía A, con base en California. Su servicio duró del año 1958 a 1962, cuando causó baja y pasó a la reserva.

—Primero fui soldado raso y recluta de infantería, luego pase a soldado de primera —precisa.

Aunque en alguna ocasión le ofrecieron convertirse en oficial, rechazó esta alternativa debido a que debía nacionalizarse como norteamericano y renunciar a su condición de mexicano. Incluso su padre, don Francisco, lo amenazó con desconocerlo si rebunciaba a ser mexicano. Qué tiempos aquellos.

Durante su servicio en la Infantería, también formó parte de la Policía Militar, y reconoce que él no tomó parte en ninguna incursión armada aunque el peligro era latente pues el buque de guerra en el que viajaba ejercía vigilancia a siete millas de la costa de la China Comunista a fin de evitar que la milicia de ese país invadiera a su vecino la China Nacionalista.

Los recorridos se realizaban por toda la costa de aquellos países orientales, lo que representaba ir desde Saigón, hasta Nueva Zelanda, pasando por el Estrecho de Matsuk, Formosa, Corea, el Golfo de Tonkin, Vietnam y los mares del Sur hasta Nueva Zelanda.

Entre las labores que desempeñó, estuvo la vigilancia del buque, en especial de la zona de camarotes del "staff" de oficiales, cuando estuvo como infante de Marina, asignado al Departamento de Artillería, su labor consistía en hacer labor de mantenimiento a fondo de los cañones y de supervisar que los almacenes tuvieran todo lo necesario, principalmente, de que nunca faltara el aprovisonamiento de municiones.

Posteriormente estuvo asignado como Policía Militar, una de sus obligaciones en esta tarea fue la de estar pendiente del cuidado y resguardo de los aviones caza de combate, pues cada unidad representaba 10 millones de dólares.

También comentó que cuando estuvo en tierra como Policía Militar en Japón participó en la vigilancia de esa zona cuando se presentó la gran manifestación antinorteamericana contra la llegada de un portaviones nuclear a Yokosama. Explicó que la Policía Militar en el extranjero tenía como función principal el resguardo de las instalaciones, sin participar en enfrentamientos con civiles, pues esa tarea estaba a cargo de la policía local.

Se debía de someter a un compañero si se descubría que había violado las normas, por ejemplo, cuando un norteamericano cometía un delito contra algún civil, la obligación de la Policía Militar era detenerlo y entregarlo a las autoridades civiles.

Por el contrario, debían estar atentos cuando se debía de someter a un compañero si se descubría que había violado las normas, por ejemplo, cuando un norteamericano cometía un delito contra algún civil, la obligación de la PM era detenerlo y entregarlo a las autoridades civiles. Si la falta se cometía en las instalaciones norteamericanas, el responsable se entregaba a las autoridades.

Al concluir su aventura en la Marina Norteamericana, el yucateco se trasladó de nueva cuenta a su ciudad natal, Mérida, en donde se dio a la tarea de buscar en donde vertir los conocimientos adquiridos durante su travesía en el extranjero.

Fue la Dirección General de Aduanas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en donde se desempeñó como funcionario aduanero y en donde aplicó buena parte de los entrenamientos recibidos durante su estancia en la milicia, participó en la conformación de varios manuales de capacitación tanto física como de logística de esa dependencia.

De igual forma, se desempeñó como instructor de la Academia de Policía (de la entonces Dirección de Proteción y Vialidad), actualmente Secretaría de Protección y Vialidad, institución en la que se le hace un reconocimiento a su trayectoria y experiencia manteniéndolo como instructor del ramo vial, labor que según dice el entrevistado, "hoy en día es de vital importancia pues instruir a los jóvenes sobre cómo conducir puede significar la diferencia entre la vida y la muerte".

A sus 62 años de edad nuestro entrevistado se conserva sano y goza de una envidiable salud, debido por supuesto al intenso y disciplinado entrenamiento físico que recibió durante sus mejores años de vida.

Así, el día transcurre para él en forma apacible aunque sin olvidar el compromiso que tiene con la sociedad, aún sigue en activo y todos los días acude de siete de la mañana a dos de la tarde al edificio de la Secretaría de Protección y Vialidad, para seguir transmitiendo sus experiencias, ahora a las nuevas generaciones. (J.G.M. Mérida, Yuc. Enero, 2001)

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