Desde hace varios años
los profesionales estudiosos del desarrollo urbano alertaron a la sociedad mundial acerca
de un reacomodo demográfico que convertiría necesariamente al siglo XXI en el siglo del
urbanismo, en el que el crecimiento, el desarrollo, los avances y los problemas sociales
se concentrarían en las ciudades.
La Polis, la Urbe, la Ciudad. Espejismo
esperanzador para los habitantes de las zonas rurales que dejan su tierra; cárcel sin
rejas para miles de citadinos pobres; espacio prometedor y controlable para los poderosos;
lugar apropiado para la existencia de un amplio abanico de división del trabajo. La
Ciudad, tan nuestra y tan ajena.
Durante la segunda mitad de la centuria
pasada, México vivió un acelerado proceso de urbanización producido por tres causas
fundamentales: la explosión demográfica, la industrialización de algunas regiones del
País y la migración tumultuaria de habitantes del campo a las ciudades en busca de
trabajo que les permitiera lograr mejores condiciones de vida. Lo anterior dio como
resultado la conformación de grandes zonas urbanas en las que se concentra la mayoría de
bienes y servicios. Desafortunadamente, la planificación del desarrollo urbano en nuestra
patria fue nula, propiciándose con ello un crecimiento anárquico de las llamadas manchas
urbanas. Es hasta 1974 (cuando México participa en la I Cumbre del Hábitat, convocada
por la ONU) cuando se inician acciones legales, técnicas y prácticas para ordenar el
desarrollo urbano. Hoy, iniciando el año 2001, siete de cada diez mexicanos vivimos en
las ciudades, y uno de cada cinco lo hace en el Distrito Federal y su zona metropolitana.
En Yucatán, como entidad mexicana, vivimos
el mismo proceso. La decadencia de la actividad henequera, la falta de apoyo crediticio y
de proyectos reales de diversificación agropecuaria, han dado como resultado que a la
presente fecha, el 72% de la población del Estado se concentre en 18 de sus 106
municipios, y que uno de cada dos yucatecos vivamos en Mérida.
Mérida, la "Ciudad Blanca", la
protagonista de la expresión de que "cuando se acabe el mundo, me voy a
Mérida", es ahora una urbe que ha crecido aritmética y geométricamente. Nuestra
ciudad, de la que nos sentimos orgullosos y a la que presumimos a la menor oportunidad; la
que ha sido y continúa siendo musa inspiradora de músicos y poetas; a la que aseguramos
querer, pero que cada día cuidamos menos. El crecimiento nos ha convertido en seres
insensibles a nuestro hábitat; para la mayoría de los meridanos el único espacio que
importa es el interior de su vivienda o centro de trabajo; las aceras ya no nos
corresponden, las calles no son nuestra responsabilidad, el trazo urbano no es nuestra
competencia, el ambiente no nos interesa, el ruido ha dejado de importarnos, etc. Parece
que se nos va olvidando que esta ciudad es nuestra gran casa; que en sus calles
transitamos todos en vehículos o a pie, lo mismo ricos que pobres, hombres, mujeres,
niños, ancianos, empresarios, mendigos, delincuentes o políticos; que respiramos el
mismo aire, y fundamentalmente se nos está olvidando que nuestra ciudad es un ser vivo
que sigue creciendo y que continuará cobijando a nuestros hijos y a nuestros nietos
durante este siglo que inicia.
¿Realmente queremos a Mérida? Para querer
algo, primero hay que conocerlo. ¿Conocemos verdaderamente a esta ciudad que tanto
presumimos? ¿Toda, o solamente sus partes bonitas, aquellas que no lastiman, las que no
nos enfrentan con nuestra conciencia social? ¿Qué Mérida conocemos? ¿Con cuál estamos
comprometidos para cuidarla y defenderla? ¿La del Paseo de Montejo, del Centro
Histórico, del Parque de las Américas, del Monumento a la Patria, de los barrios
tradicionales, de las casonas de Itzimná, de las mansiones de Villas la Hacienda, de
Montecristo, de la Avenida Itzaes, del Parque del Centenario, bueno, de Jardines
Miraflores? ¿O acaso sólo conocemos la Mérida de la Gran Plaza, de Plaza Fiesta, de
Liverpool, del complejo deportivo de la Inalámbrica y del aeropuerto? ¿Y la otra, la
Mérida de las colonias San José Tecoh, San Marcos Nocoh, Xoclán Bech, Xoclán Susulá,
Emiliano Zapata Sur, Mil Piedras, Renacimiento, Kilómetro Siete, Mahat Rahá, Pino
Suárez, el Roble, Luis Donaldo Colosio, Santa María Chuburná , por citar algunas de las
cerca de 90 colonias marginadas de esta ciudad capital?
No permitamos que nuestra comodidad de
conciencia difumine la realidad que nos rodea. Son los pobres los que construyen la ciudad
mediante la ocupación en círculos concéntricos de los llamados cinturones de miseria,
de los que de manera cíclica son expulsados al llegar a esas zonas el desarrollo; en esos
territorios viven valerosas mujeres que luchan a brazo partido por la consecución de
servicios públicos y equipamiento urbano; en esas partes de la ciudad están más solos y
olvidados que en ninguna otra los ancianos; allí los discapacitados carecen de
arquitectura urbana que les facilite su desplazamiento; y es precisamente en esas zonas
marginadas de nuestra Mérida donde los niños y las niñas crecen con el ejemplo y el
ejercicio de la preponderancia de la fuerza sobre el derecho para sobrevivir. Mañana 6 de
enero, esta ciudad festeja 459 años de haber nacido. Démosle como regalo dos
compromisos: conocerla toda y defenderla toda. Por nuestra parte, a través de las
páginas de La Revista, intentaremos en posteriores
publicaciones llevarles de excursión a la Mérida donde viven los pobres, los
marginados, esos a los que ahora simuladoramente se les llama "grupos
vulnerables". Mientras tanto, ¡felicidades Mérida, la de Yucatán! (B.E.M.,
Mérida, Yucatán, Méx., enero de 2001)
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