Es el Síndrome de
Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) el mal que más daño ha hecho a la humanidad en sus
aspectos físico y moral. No hay punto de comparación con ninguna otra peste que haya
existido en toda la historia. Ni la viruela negra, ni la tuberculosis, ni la fiebre
amarilla, ni la bubónica, adhiriéndole todas las enfermedades venéreas conocidas,
pueden acercarse a ese terrible mal, cuyo origen se desconoce todavía (se habla de los
monos verdes africanos, pero según los medios especializados también otras variedades de
primates tienen el VIH) y suman miles los contagiados dispersos en gran parte del planeta.
Se dice que los grupos sociales proclives a
la promiscuidad sexual, a la homosexualidad y a la bisexualidad, son el campo propicio
para la incubación del virus, y son los homosexuales (incluyendo a las lesbianas) los
portadores y transmisores del síndrome. Esta enfermedad tiene su desarrollo precisamente
en los órganos reproductores, cuando por los efectos del alcohol o la droga se llega a
las prácticas sodómicas, y es ahí cuando aumentan los portadores de este mal, que al
tener contacto sexual con sus seres queridos los infectan, y el desarrollo de todas las
enfermedades en los cuerpos infectados es galopante.
Se ha sabido en nuestra ciudad que por la
inexistencia de controles sanitarios, muchas mujeres sexoservidoras de la calle, y
travestidos, son portadores del virus y continúan infectando gente, muchas veces a
sabiendas y con rencor. Esto, en los corrillos gubernamentales involucrados en el cuidado
y combate al SIDA, es tratado con tanta superficialidad y desinterés que entristece y
enoja por el daño que se le hace a la familia al saberse que uno o más de sus miembros
se encuentra infectado de SIDA. En programas de televisión se ha llegado a comprobar ("Cosas
de la Vida") la intencionalidad malsana de los infectados e infectadas de SIDA,
al manifestar ante las cámaras que su "venganza llegará a lo último",
tratándose de enfermar a muchas gentes con todas las agravantes. Qué, ¿no habrá algún
legislador que proponga la elaboración de una ley sobre este penoso particular?; y las
autoridades en los tres niveles de gobierno, ¿acaso permanecerán calladas ante este
monstruo apocalíptico que diezma la humanidad y la llena de vergüenza? ¿Acaso
seguiremos ufanándonos de la santificación de nuestra ciudad por no contar con una zona
de tolerancia, lugar donde se deben asentar todos y todas las que han escogido como
"profesión" el comercio de sus cuerpos; ese lugar que existe en todas las
ciudades civilizadas y así evitan el contagio de esa "profesión" a humildes
trabajadoras que circunstancialmente tienen la necesidad de tratar con ellos, pero que la
curiosidad las impulsa a dar el primer paso (de allí viene el mareo por el cambio en el
vestir, calzar y enjoyarse, para mediante mentiras en su casa de que tiene un trabajo
honesto, caer en esa pendiente que bien la podría llevar a contraer el SIDA)?
En verdad es bastante serio este problema y
debe ser tratado con esa misma seriedad y responsabilidad. Así como con mucha facilidad
se construyen obras de servicio social que a veces tienen particularidades de paquidermo
albino, así se debería coordinar a esas empresas vinateras y cerveceras, tan poderosas
todas, junto con todo giro que tenga pluralidad en esos negocios de la explotación del
vicio y, con un plan partiendo de cero, se le construya la ciudad "perdida" que
tanto necesita nuestra ciudad, para ubicar a toda esa miasma que tanto ofende a los
renombres que con amor le ponen a nuestra ciudad. Esto, a la chita callando, para que los
eternos opositores, presas de la mojigatería, lancen desplegados en la prensa satanizando
esta necesaria obra. La gente que a esto se dedica muchas veces lo trae de herencia;
otras, por las ganancias y las facilidades para obtenerlas, nada harán para salirse del
medio.
Basta de maquillar números estadísticos;
ya no más engaños en los certificados de defunción. Señores médicos, hay que decir la
verdad: ¡Murió de SIDA! (G.S.M., Mérida, Yucatán, Méx., enero de 2001)
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