Excelentísimo y Reverendísimo
Sr.Dr.Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de la Arquidiócesis de Yucatán.
C I U D A D.Monseñor:
Pasó cuaresma, semana santa, pascua.
Fueron tiempos de introspección, de autoevaluación, de hacer un alto en el camino y
reflexionar acerca de nuestra vida. Todos debimos en esos días propicios analizar
nuestras actitudes y disposición para con los demás y, principalmente, hacer un juicio
íntimo. Es fundamental, necesario, que eventualmente todos hagamos un dictamen de nuestra
forma de vivir. Yo lo he hecho y el resultado no ha sido del todo satisfactorio.
Me siento un poco incómodo presentarme ante Monseñor dada su dignidad y
jerarquía eclesiástica. Dirigirme a un enviado de Dios en la tierra, Cristo aquí entre
nosotros, es perturbador, impone. Más aún después de haber leído la homilía que el
presbítero Jorge Carlos Menéndez Moguel pronunció en el Cantamisa del presbítero
Ricardo Ordoñes López celebrada el pasado jueves 29 en la Iglesia de la Purísima
Concepción de la ciudad y puerto de Progreso, en la que nos recuerda: "Por la
imposición de manos . . . desde el viernes pasado, eres otro Cristo. Has sido consagrado
a Dios para ser Cristo en medio de los hombres; . . . Eres la representación en la tierra
del amor de Dios. Como Cristo estarás en medio de las comunidades . . . Representas a
Cristo donde vayas". ¡Que honor para los clérigos!, ¡que responsabilidad tan
grande la de ser Cristo, El Ungido, el Mesías! aquí, en este mundo maravilloso algunas
veces y despiadado en otras.
Pero venciendo mi timidez, obligado por mi
deber, las circunstancias, consciente de la alta responsabilidad moral que implica el
atreverme a cuestionar a Monseñor en asuntos propios de la Iglesia, en su doctrina, yo
pecador irremediablemente reincidente-persistente que como junco frágil al viento me
doblo, pero no me quiebro, digo:
Como su Excelencia sabe, Yucatán vive
desde hace aproximadamente seis meses una situación extremadamente difícil, yo diría
grave, en razón de que el Gobierno Estatal, el bando priísta del Congreso del Estado de
Yucatán y los Consejeros Electorales nombrados por estos, abusando de su autoridad,
pretenden atropellar la libertad y dignidad de los yucatecos (YUCATECOS VERDADEROS)
mediante la imposición de normas, criterios y leyes arteramente elaboradas ex-profeso
para corromper el proceso electoral estatal previsto para el próximo 27 de mayo. Esta
situación daña y aflige a la población en general, e incide directamente en el
resquebrajamiento de las estructuras sociales básicas, lesionando así al bien común, a
los pobres y desamparados que por el Evangelio sabemos Jesús protegió.
Ahora, la Suprema Corte de Justicia de la
Nación revocó por ilegal el Decreto 412 emitido por el Congreso local, por el que se
integró el llamado "superconsejo", dejando intocados, y por esa razón válidos
los acuerdos tomados por ese consejo. Esta resolución, en mi opinión, aunque favorable
en términos generales, lesiona el proceso electoral en cuanto que los actos emanados del
superconsejo tienen fuerte pestilencia a estratagema priísta, ya que su injerencia en la
integración de los Comités Municipales Electorales ha sido evidente, totalmente parcial.
Sin ninguna oposición actuaron e hicieron lo que quisieron. Lo dije y lo repito: el
Ejecutivo Estatal manejó este conflicto a su antojo ante la debilidad de un gobierno
federal, como mínimo, apático y además, mentiroso. ¿Será que con esta sentencia haya
terminado el conflicto preelectoral en Yucatán?, ¿debemos esperar ahora un Cervera
Pacheco obediente, dócil y respetuoso de la Ley?. La experiencia demuestra que no. La
jornada se antoja todavía muy larga, la lucha por no perder el poder será tenaz, pero
sucia y perversa. Debemos prepararnos, Mefistófeles esta herido, será más peligroso
aún, actuará en las tinieblas con la intriga como arma.
Esos desafortunados sucesos y los que nos
esperan, merecen nuestro mas enérgico rechazo, un repudio vigoroso, ya que afecta no solo
la independencia, libre determinación y dignidad humana, sino el bien común, como lo
define el "Catecismo de la Iglesia Católica": "Por bien común, es preciso
entender el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los
grupos y a cada uno de sus miembros conseguir mas plena y fácilmente su propia
perfección. El bien común afecta a la vida de todos. Exige la prudencia por parte de
cada uno y más aún por la de aquellos que ejercen la autoridad". (Cat. 1906).
El propio catecismo señala cuáles son los
tres elementos esenciales que lo conforman en la forma siguiente: "Supone, en primer
lugar, el respeto a la persona en cuanto tal. En nombre del bien común, las
autoridades están obligadas a respetar los derechos fundamentales e inalienables de la
persona humana . . ." (Cat.1907). "En segundo lugar, el bien común exige
el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. El desarrollo es el resumen de
todos lo deberes sociales" (Cat. 1908). Y en tercer lugar: "El bien común
implica finalmente, la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo.
Supone, por tanto que la autoridad asegura, por medios honestos, la seguridad de la
sociedad y la de sus miembros . . . Corresponde al Estado defender y promover el bien
común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de las instituciones intermedias"
(Cat. 1909).
Es bien sabido que la persona humana
necesita vivir en sociedad: "Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una
exigencia de su naturaleza" (Cat. 1878). Nunca el Estado, en ejercicio de sus
funciones debe exceder los límites que marcan la libre determinación de los individuos
en sociedad ya que "una intervención demasiado fuerte del Estado puede
amenazar la libertad y la iniciativa personales". Es por ello que la doctrina de la
Iglesia elaboró el principio de subsidiaridad. Según este «una estructura
social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden
inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso
de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con
miras al bien común» (Encíclica "Cuadragesimo anno", Pío XI) . . . Traza
los límites de la intervención del Estado. Intenta armonizar las relaciones entre
individuos y sociedad". (Cat. 1883 y 1885).
| ¿Qué pasa Monseñor
con la jerarquía de la Iglesia Católica que ha enmudecido ante la situación caótica
que padece Yucatán?, ¿por qué razón no responde a las agresiones del gobierno Estatal
en contra de los fieles que pastorea?, ¿será que el silencio se confunde con la
prudencia?, ¿debe el católico sufrir la humillación del tirano sin el auxilio de su
guía espiritual?, ¿deben los laicos resignarse a no contar con la ayuda de su líder
moral en las causas justas por las que lucha en razón de que la jerarquía argumenta
estar imposibilitada de "participar en política"?, ¿puede entenderse como un
asunto exclusivamente político lo que sucede? |
«Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere
gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y
consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del
país» ("Pacem In terris"). "toda comunidad humana necesita una autoridad
que la rija" (Encíclica Inmortale Dei). "La autoridad no saca de si misma
su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien
común como una «fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de
la tarea y obligaciones que ha recibido» (Cat. 1902). "la autoridad solo se
ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para
alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes
injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral éstas disposiciones no pueden
obligar en conciencia" (Cat. 1903). "Es preferible que un poder esté
equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo
límite. Es este principio del Estado de derecho en el cual es soberana la Ley y no la
voluntad arbitraria de los hombres". (Cat. 1904).
Según esto, en mi opinión, una autoridad
civil como la que ahora "nos representa" no llena los requisitos para que
moralmente la respetemos. Es a todas luces evidente la manipulación que el Congreso
Estatal ha hecho y hace de la Ley Electoral y su proceso; el contubernio con el Ejecutivo
Estatal salta a la vista. Nada hay de ético ni moralmente válido en una actuación
gubernamental como la que ahora padecemos en Yucatán, (y ahora la Federal, que con su
pretensión de incrementar impuestos afectará a las clases más necesitadas, a los que
padecen hambre, a los humildes que Jesús defiende) la cual no persigue desde luego el
bien común y mucho menos nace de la justa razón: "la legislación humana solo
posee carácter de Ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su
obligatoriedad procede de la Ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la
razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de Ley;
sería más bien una forma de violencia", dice Santo Tomás de Aquino.
Y este conflicto yucateco es aún
preelectoral, pese a la sentencia dictada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
¿Será que ahora sí la Ley es la Ley?. Durante las elecciones y después de realizadas,
de persistir la autoridad en estas actitudes impositivas con apariencia de verdad, será
peor, mucho peor. La ciudadanía no permitirá mas atropellos a sus derechos. La bilis y
la sangre pueden correr. ¡Tenemos TODOS la obligación de evitarlo!.
Por la experiencia llegamos a entender que
el hombre como persona humana se relaciona con los otros en base al respeto y la
tolerancia. Aceptamos a la autoridad cuando ésta, en la elaboración, aplicación y
vigilancia de la Ley busca el bien común. De otra manera la autoridad recibirá el
rechazo y el desprecio de la ciudadanía.
La justicia social "solo puede ser
conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre" (Cat.
1929). No puede ser de otra manera ya que "el respeto de la persona humana implica el
de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son
anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda
autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación
positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respeto, una
autoridad solo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de
sus súbditos. CORRESPONDE A LA IGLESIA RECORDAR ESTOS DERECHOS A LOS HOMBRES DE
BUENA VOLUNTAD Y DISTINGUIRLOS DE REIVINDICACIONES ABUSIVAS O FALSAS" (Cat.
1930).
Pero, ¿debe el Obispo en particular y la
jerarquía eclesiástica católica en general, involucrarse solidariamente con sus fieles,
o cuando menos conocer y opinar de asuntos aparentemente políticos?. ¿Debe la Iglesia
intervenir o no en política?, ¿qué es "hacer política"?. ¿No establece el
Código de Derecho Canónico que los clérigos únicamente "no han de participar
activamente en los partidos políticos ni en la dirección de asociaciones sindicales, a
no ser que, según el juicio de la autoridad eclesiástica competente lo exijan la defensa
de los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común"?. (D.C., Canon 287-2),
¿no en esta prohibición hay también una exigencia?. ¿Lo que ocurre en Yucatán
actualmente, será un asunto exclusivamente del orden político o se vulnera la dignidad
de la persona humana, el bien común?. ¿Es este estado de cosas un asunto
"terrenal", o involucrado como está el bien común, pertenece a un orden
trascendente, de competencia espiritual, moral, íntimamente relacionado con Dios, con
Cristo y en consecuencia, con el quehacer humano cotidiano de la Iglesia? Podremos
resolver estas interrogantes si analizamos lo siguiente:
El Catecismo de la Iglesia Católica,
numeral 1899 dice: "La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios:
«Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga
de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas» (Rom 13, 1-2) y el 1901 que:
"si la autoridad responde a un orden fijado por Dios, «la determinación del
régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los
ciudadanos» (Gaudium et spes 661). "La Ley es una regla de conducta proclamada por
la autoridad competente para el bien común. La Ley moral supone el orden racional
establecido entre las criaturas, para su bien y con miras a su fin, por el poder, la
sabiduría y la bondad del Creador. Toda Ley tiene en la Ley eterna su verdad primera y
última. La Ley es declarada y establecida por la razón como una participación en la
providencia del Dios vivo, Creador y redentor de todos", (Cat.1951). En resumen:
"La comunidad política y la autoridad publica se fundan en la naturaleza humana y
por ello pertenecen al orden querido por Dios". (Cat. 1920) y "corresponde al
Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil". . . (Cat. 1927).
Como Monseñor sabe, además de la
subsidiaridad, otro principio que coadyuva a la convivencia pacífica entre los hombres es
la SOLIDARIDAD, ENTENDIDA COMO CARIDAD SOCIAL O AMISTAD, que es una
"exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana" (Cat. 1939). Esta
virtud de la "solidaridad va mas allá de los bienes materiales. Difundiendo los
bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido el desarrollo de los bienes
temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas". (Cat. 1942). En
cuanto a esta solidaridad en la caridad, su Eminencia dijo, en su mensaje del día de la
Caridad en la Arquidiócesis, publicado en el "Diario" el día 31 de marzo de
los corrientes: "Los Obispos de México hemos dicho en abril del año pasado «El
encuentro con Jesucristo vivo lleva a los creyentes a una conversión del corazón que en
la comunidad cristiana se manifiesta en la virtud de la solidaridad con todos los hombres.
Esta solidaridad es la expresión operante de la caridad», debiendo en consecuencia
cada sacerdote "invitar a sus feligreses a reflexionar sobre la caridad, pero además
a convertir este signo en acciones concretas . . ."
El Código de Derecho Canónico establece
claramente las obligaciones de los laicos, clérigos y obispos, pertenecientes todos a la
Iglesia, (del latín Ecclesia, "pueblo de Dios"), en la búsqueda de una
común dignidad de todos los ciudadanos. Es decir que, al utilizarse el término Iglesia,
debe entenderse en sentido amplio, es decir todos los bautizados: jerarquía y seglares.
Esto (la búsqueda del bien común) de forma alguna puede considerarse como
"participar activamente en los partidos políticos" como señala el Canon 287-2
del Código de Derecho Canónico antes señalado; tampoco se refiere a la participación
de los laicos y de la jerarquía de la Iglesia en asuntos "terrenales" que no
interesan a la salvación de las almas. Vimos ya como "la Iglesia ha favorecido el
desarrollo de los bienes temporales". Hablamos del bien común que interesa a todos,
clérigos o no, cada quien en sus respectivos ámbitos de acción, clérigos, laicos y
Obispos, según lo siguiente:
Diversas disposiciones doctrinales de la
Iglesia católica establecen cuales son las obligaciones de los clérigos en la búsqueda
de la justicia, la paz, la solidaridad y la protección o fomento del bien común:
"Fomenten los clérigos, siempre lo mas posible, que se conserve entre los hombres la
paz y la concordia fundada en la justicia"(D.C. canon 287-1). La Constitución Gaudium
et spes establece que ahí donde exista una sociedad plural, debe haber un recto
concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia, debiendo
la Iglesia, en razón de su misión y competencia establecer con precisión cuales
son aquellos valores humanos y evangélicos que están "íntimamente
relacionados con la misma actividad política, como son la libertad y la justicia, la
solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de
vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos . . . en esto podrán ser
acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la comunidad cristiana de sus
pastores . . ."
El Papa Juan Pablo II, en su Exhortación
Apostólica Post-Sinodal Christifideles Laici, al referirse a su Encíclica Sollicitudo
rei socialis precisa el concepto de SOLIDARIDAD: "no es un sentimiento de vaga
compasión o de superficial enternecimiento por los males de tantas personas, cercanas o
lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien
común; es decir, por el bien de todos y cada uno, PARA QUE TODOS SEAMOS VERDADERAMENTE
RESPONSABLES DE TODOS". Solidaridad entonces no quiere decir "que pena, lo
siento mucho, pero no te aflijas, estoy contigo".
Son obligaciones de los laicos, es decir
todos los fieles de la Iglesia sin cargo eclesiástico: "Los fieles, conscientes de
su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana todo
aquello que los Pastores Sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como
maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia. Los fieles tienen derecho a
manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades" (D.C. canon 212-1,2).
"En el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los
fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los
derechos ajenos y sus deberes respecto a otros" (D.C. canon 223-1). "Tienen
también el deber peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y
perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de
Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio
de las seculares" (D.C. canon 225). "Los fieles laicos tienen derecho a que se
les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos lo ciudadanos .
. . " (D.C. canon 227).
Por lo que corresponde a los Obispos, son
muchas y de distinta índole sus obligaciones: "Los Obispos, que por institución
divina son los sucesores de los Apóstoles en virtud del Espíritu Santo que se les ha
dado, son constituidos como Pastores en la Iglesia para que también ellos sean maestros
de la Doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros para el gobierno". (D.C.
canon 375-1). "El Obispo Diocesano, consciente de que está obligado a dar
ejemplo de santidad, con su caridad, humildad y sencillez de vida, debe procurar con todas
sus fuerzas promover la santidad de los fieles, según la vocación propia de cada
uno . . ." (D.C. canon 387). "Corresponde al Obispo Diocesano gobernar la
Iglesia particular que le está encomendada con potestad legislativa, ejecutiva y
judicial, a tenor del derecho". (D.C. canon 391-1).
En cuanto al desempeño y utilización de
la autoridad de los Obispos en relación con sus subordinados y laicos, Monseñor Luis M.
Martínez, quien fuera Arzobispo Primado de México, en su libro "La caridad",
publicado en México en el año de 1977, expresa: "la autoridad, como el apostolado,
no cabe duda que es un don excelente . . . es el sacramento de la voluntad de Dios. Si
la caridad es siempre incompatible con la soberbia, la caridad apostólica lo es más
todavía. No solamente para el buen éxito de nuestra labor, sino hasta para la
seguridad de nuestra propia alma, es preciso que conservemos siempre la santa humildad,
que nos empequeñezcamos, que nos anonademos . . ." "El superior necesita
conocer perfectamente las cosas que dispone, necesita tener luz; y hay que recibir esa luz
de donde venga, . . . ¿por qué no recibir una luz, un consejo, una insinuación y
aceptarla con espíritu amplio?. Cuando hay suficiencia no se recibe (el consejo)
se rechaza a quien nos lo quiere dar; y si no, aún cuando no se diga nada, se piensa: que
me viene éste a dar consejos, yo se bien lo que tengo que hacer". En
relación con la energía con que debe aplicarse la autoridad, Monseñor Martínez
señala: "pero nada mas importante también que la suavidad, porque la suavidad
consigue mas fácil y más perfectamente el fin que la dureza", aclarando que no
consiste la suavidad en la utilización de palabras melosas, ni en el tono de la voz con
que se habla, "un tono dulce no, porque esto no es más que una cosa meramente
superficial; y no todos podemos suavizar la voz, nos pondríamos en ridículo, porque la
voz varonil no es melosa". Esta simulación en la intención podría resultar
contraproducente ya que "hay personas que tienen voces acarameladas, pero que a la
menor contrariedad se irritan. La voz entonces, lejos de aliviar la dureza, la
acentúa".
Según puede verse laicos, clérigos y
Obispos, conjuntan la Iglesia, "sin diferenciación alguna, con una común dignidad y
un mismo rango individual" según el Dominico francés Yves Congar y por lo tanto
cada uno dentro de sus respectivos campos de actividad tienen obligaciones que cumplir.
Los laicos entonces debemos exigir a la
autoridad civil cumpla con su obligación fundamental de respetar las leyes, hacerlas de
tal manera que sean equitativas, justas y no retorcerlas perversamente, desvirtuándolas
del interés común para la satisfacción de los intereses de unos pocos o particulares
del gobierno en turno. A la autoridad eclesial exige la sociedad solidaridad, pero
solidaridad efectivamente activa, actuante, como ha dicho Juan Pablo II.
Es claro de la doctrina de la Iglesia que
toda autoridad humana proviene de Dios. Si esto es así, la Iglesia como jerarquía, no
únicamente los laicos, debe intervenir en regular los actos del gobierno civil. Está
obligada expresamente a señalar a las autoridades cuando su conducta se aparta de las
normas ideales de justicia social, exigiéndole se respete la dignidad humana y el bien
común de los ciudadanos, según la propia doctrina de la Iglesia. ¿No es así
Monseñor?.
Pueden y deben entonces los católicos
exigir a su jerarquía intervenga solicitando de la autoridad rectifique cuando sus
conductas sean contrarias a la honradez y mesura necesarias para la administración de una
justicia equitativa, imparcial, decorosa para todos y respetuosa de los derechos
individuales.
Si lo expuesto anteriormente es verdad; si
conceptos tales como justicia, dignidad, bien común, solidaridad y caridad, están tan
íntimamente ligados entre sí de manera tal que es difícil separarlos; sí los ámbitos
en que estos se desarrollan son tan variados, ya que lo mismo debemos aplicarlos en el
trabajo, la oficina, el hogar, el trabajo social, y desde luego en la política; si lo
terrenal y lo trascendente se confunden en la vida diaria fusionándose, y de igual modo
se pierden las fronteras entre los actos en que debe intervenir la Iglesia y quienes la
integran, en defensa del bien común, ¿por qué entonces la Iglesia calla?.
¿Qué pasa Monseñor con la jerarquía de
la Iglesia Católica que ha enmudecido ante la situación caótica que padece Yucatán?,
¿por qué razón no responde a las agresiones del gobierno Estatal en contra de los
fieles que pastorea?, ¿será que el silencio se confunde con la prudencia?, ¿debe el
católico sufrir la humillación del tirano sin el auxilio de su guía espiritual?,
¿deben los laicos resignarse a no contar con la ayuda de su líder moral en las causas
justas por las que lucha en razón de que la jerarquía argumenta estar imposibilitada de
"participar en política"?, ¿puede entenderse como un asunto exclusivamente
político lo que sucede?. Lo que conocemos como política partidista es: militar en algún
partido, pronunciarse a favor o en contra de alguno de estos, ser candidato de algún
partido a un puesto de elección popular o ser nombrado o tener un cargo de gobierno.
¿Puede así confundirse "hacer política" con lo que los yucatecos defendemos
ahora?. No debe confundirse lo que es "hacer política" con defender el bien
común y la dignidad de la persona humana en sociedad, obligación solidaria que es de la
Iglesia, responsable de las almas de sus fieles. (La semana próxima, ofrecemos a
nuestros lectores la segunda parte de esta importante carta abierta que el Abog.
Gutiérrez dirige al Arzobispo de Yucatán). |