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Mérida, Yucatán, México

Edición del viernes 27 de Abril de 2001

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La defensa de lo indefendible
Utopía democrática de los yucatecos

Róger Aguilar Salazar

La democracia política seguirá siendo una utopía más entre todas las demás mientras la mayoría siga sin tener conciencia cabal de que la sociedad es la soberana a la que los que elige deben obedecer cuando gobiernan. En la misma medida en que los ciudadanos que se resisten a toda forma de opresión o dominio se acerquen a ser mayoría nos aproximaremos todos a la conversión de esa utopía en práctica social dominante. Antes no, pero ¿hasta cuándo?

Tener conciencia de algo significa poseer la información más completa de ese algo y la capacidad de convertirla en conocimiento comprobado. Una superficial mirada a lo que acontece ahora en nuestro estado bastaría para tener una idea bastante aproximada de la distancia que todavía nos separa del alcance de esta condición, que no es la única, para alcanzar la plena y madura democracia política.

Hace exactamente un sexenio, aquí, en Yucatán, diversas organizaciones civiles y, si la memoria no me falla, el PAN nos manifestamos contra el incremento al IVA del 10 al 15%. El PRI impuso el aumento gracias a que tenía el control mayoritario de las dos cámaras del Congreso de la Unión, pero no se atrevió a generalizarlo a alimentos, medicinas, libros y otros artículos. Hoy, ¿qué opinan los contrarios de hace seis años a las alzas de IVA? La mayoría guarda silencio y son muy pocos los que se atreven a denunciar el carácter injusto de la miscelánea fiscal foxista, los que hacen su apología o la defienden de manera vergonzante descalificando a sus detractores, sobre todo a los adversarios peligrosos, pero eluden el sano debate del tema.

En el colmo del surrealismo político, en Yucatán los cada vez más escasos priístas que siguen fieles al cacique, encabezados por el delfín de éste, se autoerigen en los más acérrimos defensores del indefenso pueblo al que ellos antes le propinaron 18 años de empobrecimiento constante que incluyó, como todos sabemos, el incremento del IVA con sus consecuentes efectos inflacionarios.

Se podrá decir de los cerveristas que son oportunistas, que están desesperados por el desastre de su campaña y que por eso se aferran al rechazo del IVA a alimentos y medicinas como inútil tabla que no los salvará del naufragio inminente. Y se tendrá razón. Pero, ¿qué se puede decir de los que hace seis, tres o uno se ostentaban como los protectores y salvadores del pueblo y hoy callan o apoyan una reforma que, si se aprobara tal cual, lesionaría a la mayoría de la gente que vota por ellos o por los candidatos que apoyan?

Es corrupción, por ejemplo, hacer negocios con tierras ejidales, otorgar jubilaciones ilegales y en secreto robarse los fondos municipales o proteger a quienes lo hacen. Pero no lo es, comprar un título más que dudoso para la ciudad de Mérida, otorgarse a sí mismos compensaciones mucho más elevadas que los salarios para no pagar impuestos o regalarse bonos de fin de trienio, por mencionar sólo cuestiones que han trascendido.

Los yucatecos atravesamos por el proceso electoral más anómalo que hayamos podido tener en la historia de nuestro estado con candidatos y partidos ilegales de origen pero que manejan cuantiosísimos recursos que les permite ser aceptados —la economía, como siempre, es la que manda—, con autoridades electorales municipales y distritales pertenecientes al grupo de los desacatadores y con una campaña en la que el objetivo al que se subordinan o sacrifican todos los demás objetivos y motivaciones es la derrota del caciquismo.

Una campaña electoral, incluso en condiciones tan anormales como las que rigen el estropeado proceso electoral actual, es una de las escasas oportunidades que tienen los partidos políticos y la sociedad para conocer más fondo los problemas cruciales del estado y no sólo las denuncias contra la corrupción que, con ser importante, al presentarlo como casi el único problema político existente, empobrece la contienda, la rebaja a la maniquea idea de una lucha entre el bien y el mal, mientras los problemas esenciales que traban el desarrollo y el progreso del estado y de su población sólo son abordados de manera superficial.

Pero ni siquiera el gravísimo problema de la corrupción es abordado a profundidad. Las censuras y las autocensuras son evidentes. Una condición para hacer avanzar la democracia en nuestro estado, como en el país, que es la de ser cada vez más exigentes y mejores vigilantes de los gobernantes no se cumple ni se quiere cumplir.

Se reivindica el derecho a exigir la rendición de cuentas y de combatir al gobernante corrupto que es siempre del partido adversario, pero no se cumple con el deber social y político de exigírselo al que se promovió como candidato y se votó para el cargo. Por el contrario, aún es fuerte la costumbre, cultivada con mucho esmero por el régimen autoritario, de defender a toda cosa al correligionario aunque su causa sea, razonable y objetivamente, indefendible. Es corrupción, por ejemplo, hacer negocios con tierras ejidales, otorgar jubilaciones ilegales y en secreto robarse los fondos municipales o proteger a quienes lo hacen. Pero no lo es, comprar un título más que dudoso para la ciudad de Mérida, otorgarse a sí mismos compensaciones mucho más elevadas que los salarios para no pagar impuestos o regalarse bonos de fin de trienio, por mencionar sólo cuestiones que han trascendido.

Pues bien, hoy necesitamos debatir la corrupción a fondo, tanto como otros problemas no menos graves: la contaminación del agua, el desempleo, los bajos salarios, etc., etc. Y nos encontramos con que no es posible hacerlo. Y mientras no reconozcamos nuestros problemas y nuestras deficiencias, difícilmente podremos encontrarles solución. Si hasta problemas bien planteados no se resuelven...

Los yucatecos vivimos en la utopía democrática inalcanzable. (R.A.S. Mérida, Yucatán, abril de 2001)

Comentarios: rogherve@yahoo.com

 

 

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