La democracia política seguirá siendo
una utopía más entre todas las demás mientras la mayoría siga sin tener conciencia
cabal de que la sociedad es la soberana a la que los que elige deben obedecer cuando
gobiernan. En la misma medida en que los ciudadanos que se resisten a toda forma de
opresión o dominio se acerquen a ser mayoría nos aproximaremos todos a la conversión de
esa utopía en práctica social dominante. Antes no, pero ¿hasta cuándo?
Tener conciencia de algo significa poseer la información más completa
de ese algo y la capacidad de convertirla en conocimiento comprobado. Una superficial
mirada a lo que acontece ahora en nuestro estado bastaría para tener una idea bastante
aproximada de la distancia que todavía nos separa del alcance de esta condición, que no
es la única, para alcanzar la plena y madura democracia política.
Hace exactamente un sexenio, aquí, en Yucatán, diversas
organizaciones civiles y, si la memoria no me falla, el PAN nos manifestamos contra el
incremento al IVA del 10 al 15%. El PRI impuso el aumento gracias a que tenía el control
mayoritario de las dos cámaras del Congreso de la Unión, pero no se atrevió a
generalizarlo a alimentos, medicinas, libros y otros artículos. Hoy, ¿qué opinan los
contrarios de hace seis años a las alzas de IVA? La mayoría guarda silencio y son muy
pocos los que se atreven a denunciar el carácter injusto de la miscelánea fiscal
foxista, los que hacen su apología o la defienden de manera vergonzante descalificando a
sus detractores, sobre todo a los adversarios peligrosos, pero eluden el sano debate del
tema.
En el colmo del surrealismo político, en Yucatán los cada vez más
escasos priístas que siguen fieles al cacique, encabezados por el delfín de éste, se
autoerigen en los más acérrimos defensores del indefenso pueblo al que ellos antes le
propinaron 18 años de empobrecimiento constante que incluyó, como todos sabemos, el
incremento del IVA con sus consecuentes efectos inflacionarios.
Se podrá decir de los cerveristas que son oportunistas, que están
desesperados por el desastre de su campaña y que por eso se aferran al rechazo del IVA a
alimentos y medicinas como inútil tabla que no los salvará del naufragio inminente. Y se
tendrá razón. Pero, ¿qué se puede decir de los que hace seis, tres o uno se ostentaban
como los protectores y salvadores del pueblo y hoy callan o apoyan una reforma que, si se
aprobara tal cual, lesionaría a la mayoría de la gente que vota por ellos o por los
candidatos que apoyan?
Es corrupción, por ejemplo, hacer negocios con tierras ejidales, otorgar
jubilaciones ilegales y en secreto robarse los fondos municipales o proteger a quienes lo
hacen. Pero no lo es, comprar un título más que dudoso para la ciudad de Mérida,
otorgarse a sí mismos compensaciones mucho más elevadas que los salarios para no pagar
impuestos o regalarse bonos de fin de trienio, por mencionar sólo cuestiones que han
trascendido. |
Los yucatecos atravesamos por el proceso electoral más anómalo que
hayamos podido tener en la historia de nuestro estado con candidatos y partidos ilegales
de origen pero que manejan cuantiosísimos recursos que les permite ser aceptados la
economía, como siempre, es la que manda, con autoridades electorales municipales y
distritales pertenecientes al grupo de los desacatadores y con una campaña en la que el
objetivo al que se subordinan o sacrifican todos los demás objetivos y motivaciones es la
derrota del caciquismo.
Una campaña electoral, incluso en condiciones tan anormales como las
que rigen el estropeado proceso electoral actual, es una de las escasas oportunidades que
tienen los partidos políticos y la sociedad para conocer más fondo los problemas
cruciales del estado y no sólo las denuncias contra la corrupción que, con ser
importante, al presentarlo como casi el único problema político existente, empobrece la
contienda, la rebaja a la maniquea idea de una lucha entre el bien y el mal, mientras los
problemas esenciales que traban el desarrollo y el progreso del estado y de su población
sólo son abordados de manera superficial.
Pero ni siquiera el gravísimo problema de la corrupción es abordado a
profundidad. Las censuras y las autocensuras son evidentes. Una condición para hacer
avanzar la democracia en nuestro estado, como en el país, que es la de ser cada vez más
exigentes y mejores vigilantes de los gobernantes no se cumple ni se quiere cumplir.
Se reivindica el derecho a exigir la rendición de cuentas y de
combatir al gobernante corrupto que es siempre del partido adversario, pero no se cumple
con el deber social y político de exigírselo al que se promovió como candidato y se
votó para el cargo. Por el contrario, aún es fuerte la costumbre, cultivada con mucho
esmero por el régimen autoritario, de defender a toda cosa al correligionario aunque su
causa sea, razonable y objetivamente, indefendible. Es corrupción, por ejemplo, hacer
negocios con tierras ejidales, otorgar jubilaciones ilegales y en secreto robarse los
fondos municipales o proteger a quienes lo hacen. Pero no lo es, comprar un título más
que dudoso para la ciudad de Mérida, otorgarse a sí mismos compensaciones mucho más
elevadas que los salarios para no pagar impuestos o regalarse bonos de fin de trienio, por
mencionar sólo cuestiones que han trascendido.
Pues bien, hoy necesitamos debatir la corrupción a fondo, tanto como
otros problemas no menos graves: la contaminación del agua, el desempleo, los bajos
salarios, etc., etc. Y nos encontramos con que no es posible hacerlo. Y mientras no
reconozcamos nuestros problemas y nuestras deficiencias, difícilmente podremos
encontrarles solución. Si hasta problemas bien planteados no se resuelven...
Los yucatecos vivimos en la utopía democrática inalcanzable. (R.A.S.
Mérida, Yucatán, abril de 2001)
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