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Mérida, Yucatán, México

Edición del viernes 13 de julio de 2001

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Semanario de Información y Análisis Político

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Tiene miedo a que lo reconozca su esposa
Tiene miedo a que lo reconozcan los acreedores
Tiene frío en la cabeza
Porque es un payaso
Por que el pasamontañas es un emblema
No se...


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Fox y Martha
¿REDIMIDOS?:
DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR

José Enrique Gutiérrez López

El pasado lunes 2 de julio de este año, una vez más, el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Vicente Fox Quesada nos sorprendió, aunque no tanto, con la noticia de que había contraído matrimonio civil con Martha Sahagún Jiménez, quien se venía desempeñando oficialmente como vocera de la Presidencia de la República. En lo privado, según se decía y hoy se comprueba, fungía como su compañera sentimental, con todo lo que esto lleva implícito.

Y digo que el Presidente nos asombró con esta nota, no solo porque previamente no fue anunciado el evento sino que, de nuevo, muestra el lado débil de su personalidad: ser contradictorio, inconsistente, sin rumbo fijo.

Sería cansado y reiterativo y tal vez injusto enumerar las veces en que el Presidente ha dicho una cosa y hecho lo opuesto. Es usual en él no ser congruente. Se muestra indeciso, un tanto irresponsable y banal en muchos de sus actos, lo que provoca confusión entre los que votaron por él aquel 2 de julio de 2000. ¿Qué pensar de quien tanto ofreció y casi nada ha cumplido? ¿Cómo tomar las actitudes de quien se expresa en un sentido y actúa precisamente en forma contraria? ¿Puede el pueblo confiar en alguien que aparenta ser así, discordante, con tan poca firmeza y resolución? ¿Si su actuar parece irregular, su mentalidad cómo será? ¿Y su moral?

Que quede claro: en el caso que nos ocupa, el matrimonio civil celebrado entre Vicente Fox Quesada y Martha Sahagún Jiménez, ambos divorciados, en lo personal me tiene sin cuidado y en realidad no me importa. Creo que cada quien debe vivir su propia vida como le dé la regalada gana, más aun en la intimidad, con dos condiciones únicamente: no afectar la libertad y derechos de los demás y siendo responsable de las consecuencias de sus actos ya que: a toda acción corresponde una reacción; lo que das recibirás, si haces mal, mal obtendrás; si haces el bien, bondad y respeto se te dará. Como dos seres humanos más que deciden casarse, tiene tanta relevancia, poca o nada, como si no lo hubieran hecho y continuaran viviendo en unión libre (porque así convivían, sea en cabaña o en casa principal, ¿no?). Repito, a mí me da igual, mi forma de ver la realidad sin escandalizarme es tan amplia, abierta y tolerante (¿descarada?) que me permite aceptar las conductas de los demás, cualesquiera que estas sean, sin condiciones, sin limitantes, sin prejuicios. El hombre no es ni bueno ni malo, es simplemente humano y, como en la vida bueno y malo se confunden continuamente, parecería que todo es cuestión de las circunstancias de cada uno: el medio, la sociedad, la cultura, la religión, la educación propia y la de los padres y otras muchas más.

En México, como en todo el mundo, la Religión Católica ha impuesto a sus feligreses normas de conducta las cuales deben ser cumplidas al pie de la letra, como les son dadas, sin dudar, sin cuestionar, sin titubear; dogma o fe les llaman. Así, si todas tus obligaciones cumples, el cielo ganarás; si no cumples, el infierno seguramente tu hogar será y, si bien te va, el purgatorio durante algún tiempo te purificará (¿algún tiempo? ¿No que después de la muerte lo temporal no existe más?). El término medio no existe: o eres bueno o eres malo (¿maniqueísmo?), o estás con la Iglesia o contra ella. De esta manera, claramente se percibe que una persona no puede decidir sobre su propia vida, siendo católico, aquello que moralmente considera, en su yo interno, justo, generoso y adecuado éticamente. Si no adecua su conducta a lo que la Iglesia ha establecido como moralmente válido, es un proscrito, más aún cuando esos sus actos contradicen los preceptos de esta sacra institución.

A nadie debe importar verdaderamente la intimidad de Vicente y Martha: si son divorciados, si viven casados sólo por lo civil o en amasiato o en unión libre. Pero lo que realmente hace la diferencia, es que si Fox, quien abiertamente se ha manifestado como un católico practicante, devoto de la Virgen de Guadalupe, (tanto que su primer acto del día de su protesta fue visitar a la Virgen Morena), obediente de la doctrina y disposiciones de la Iglesia, respetuoso de su jerarquía, con lo ocurrido, con su "nuevo" matrimonio civil, únicamente caben dos posibilidades: o mintió y en realidad nunca le han importado (ni le importan) los mandamientos de la Iglesia y así todas sus elocuentes muestras de piedad y fervor fueron pura mercadotecnia utilizada únicamente como bandera política, en perverso agravio y desprecio a quienes sí profesan en verdad esta religión, o sí cree en las reglas y normas de su Iglesia, pero no tanto como para seguirlas al pie de la letra en perjuicio de sus propios deseos y necesidades.

En relación con la Iglesia Católica, ¿cómo queda hoy la situación espiritual, moral y de vida de Vicente y Martha, como miembros que son de ella? La respuesta la da el catecismo de la Iglesia Católica en vigor, que considera como ofensas a la dignidad del matrimonio el adulterio y el divorcio. "El divorcio es una ofensa grave a la Ley natural. Pretende romper el contrato aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de Salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la Ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente" (C. 2384): "Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer, y la mujer que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra" (San Basilio, moral. Regla 73). En el caso que tratamos, según la moral de San Basilio, que lo es de la Iglesia Católica, el agravio es doble, ya que ambos "cónyuges" permanecen unidos, aun su divorcio civil, por el vínculo sacramental del matrimonio: "el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte" (DC. Canon 1141), "del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza . . ." (DC. Canon 1134).

El divorcio civil entonces conduce al cónyuge "casado de nuevo" al "adulterio público y permanente", sin más, sin argumentos que puedan desvirtuar, atemperar o disminuir el estigma con que la Iglesia marca a fuego, con letra escarlata, la vida de aquellos que por una u otra razón cometieron el error de haber escogido al compañero equivocado, aquel con el que era imposible convivir, integrar una verdadera familia, terminando por separarse.

Entiendo la situación del adúltero por convicción, por decisión propia; pero no concibo considerar infiel a quien la Iglesia, por sus disposiciones, considera al divorciado vuelto a casar un paria moral, que es en esto en lo que los convierte la muy santa, piadosa, amantísima y siempre dispuesta al perdón, Iglesia Católica. Véase si no: "El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio. El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio. Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría". (C. 2380). "El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres". (C. 2381).

Grave, muy grave es la situación en que quedan, según la Iglesia, los divorciados vueltos a casar. El movimiento católico para los Divorciados Vueltos a Casar en Yucatán, coordinado por el presbítero Jorge Carlos Menéndez Moguel, en artículo publicado en el "Diario" el pasado 26 de septiembre de 2000, reconoce que originalmente "hubo una actitud dura de la Iglesia en su Magisterio" en relación con este tema, la cual, según él, ha cambiado a partir del Concilio Vaticano II, "sin que la doctrina haya sufrido alteraciones... no es que la Iglesia haya cambiado de parecer". En Carta Pastoral de fecha 27 de diciembre de 1996, hablando de esto, Monseñor Emilio Carlos Berlié Belaunzarán, dijo: "no conviene de ningún modo que los DVC se sientan discriminados de la comunidad o catalogados como pecadores públicos, puesto que la Iglesia, al abrirles las puertas, reconoce con firmeza y alegría su calidad de bautizados... la situación en la que objetivamente viven los DVC impide a la Iglesia el administrarles la absolución y la comunión. Su estado de vida contradice objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia significada en la Eucaristía. Es cierto que están en pecado —reitero: objetivamente— y al no haber propósito de enmienda, la Iglesia no puede administrar estos sacramentos. Ahora bien, de ninguna manera la Iglesia puede ni quiere juzgar la conciencia de estas personas. El juicio subjetivo sobre la culpabilidad real... no le compete a nadie más que a Dios".

Los DVC (como los llama la Iglesia) no pueden: comulgar, confesarse, participar en la liturgia, catequizar, ni ser padrinos de ningún sacramento, permaneciendo "en situación de adulterio público y permanente". Con esto, ¿no se les relega? ¿Cuál es el cambio en la actitud de la Iglesia? ¿La novedad estará en que "la Iglesia ha tomado conciencia"? ¿O como Monseñor Berlie Belaunzarán afirma, el cambio está en "abrirles las puertas"? No parece ser congruente la doctrina de la Iglesia con la humanidad falible del hombre.

Pese a lo anterior, con el matrimonio de lujo de Vicente y Martha, los católicos han ganado una larga batalla. Precisamente a ellos beneficia lo ocurrido: el Cardenal Arzobispo Monseñor Norberto Rivera Carrera, eufórico por el enlace del más famoso de sus feligreses, por televisión, en cadena nacional dijo: si bien es cierto que no podrán comulgar ni confesarse, esto no quiere decir que estén excomulgados, y textualmente: "pero desde luego, no vivirán en pecado", Así dijo, ¡increíble!; todo lo establecido por la Iglesia Católica, por los padres de la Iglesia, por tantas y tantas encíclicas papales, por el catecismo y demás disposiciones de fe, dogmas y más dogmas, Monseñor, en pocas palabras, cambió el sentido doctrinal en el universo referente a los divorciados vueltos a casar. Si los que se encuentran en esta situación se sentían culpables de pecado, pueden hoy liberarse de esta carga espiritual, ¡ya no será pecado tener relaciones sexuales con su pareja!, porque es bien sabido que el problema de los que están en esta situación se reduce a tener o no sexo, no por el hecho de haberse casado nuevamente. ¿Será que Su Excelencia el Cardenal tiene la autoridad necesaria para absolver de pecado a esta famosa pareja y, por extensión, a quienes se encuentran en esta misma situación?

Si bien es cierto que Monseñor dijo lo asentado en el párrafo precedente, los católicos pecarán ahora de inocentes si lo creen. Más bien Su Excelencia, en su afán de agradar a su más destacado feligrés mexicano, el más fiel, el más devoto de la religión, derrapó gravemente, se ofuscó con las luces de las cámaras fotográficas y de televisión y cometió tal exabrupto, que ahora debe haberse ya flagelado la espalda con alambre de púas para expiar su falta. Más adelante tendrá que pagar con creces. El Nuncio Apostólico en México debe ya haberle espetado en la cara su desliz en una forma no precisamente muy caritativa.

Grave problema moral de fe tienen con este incómodo matrimonio tanto la Iglesia Católica como Vicente Fox Quesada y Martha Sahagún Jiménez. ¿El pueblo, los fieles católicos, qué pensarán? Categóricamente me atrevo a afirmar que Roma, El Vaticano, resolverán este conflicto otorgando a Vicente y Martha la anulación de sus respectivos matrimonios, remedio tal vez peor que la propia enfermedad, ya que exhibirá sus contradicciones. ¿Crees esto posible? Me reservo mis comentarios para cuando esto ocurra. (J.E.G.L. Mérida, Yucatán, México, julio de 2001)

 

 

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