El pasado lunes 2 de julio de este año, una vez más, el Presidente
de los Estados Unidos Mexicanos, Vicente Fox Quesada nos sorprendió, aunque no tanto, con
la noticia de que había contraído matrimonio civil con Martha Sahagún Jiménez, quien
se venía desempeñando oficialmente como vocera de la Presidencia de la República. En lo
privado, según se decía y hoy se comprueba, fungía como su compañera sentimental, con
todo lo que esto lleva implícito.
Y digo que el Presidente nos asombró con esta nota, no solo porque
previamente no fue anunciado el evento sino que, de nuevo, muestra el lado débil de su
personalidad: ser contradictorio, inconsistente, sin rumbo fijo.
Sería cansado y reiterativo y tal vez injusto enumerar las veces en
que el Presidente ha dicho una cosa y hecho lo opuesto. Es usual en él no ser congruente.
Se muestra indeciso, un tanto irresponsable y banal en muchos de sus actos, lo que provoca
confusión entre los que votaron por él aquel 2 de julio de 2000. ¿Qué pensar de quien
tanto ofreció y casi nada ha cumplido? ¿Cómo tomar las actitudes de quien se expresa en
un sentido y actúa precisamente en forma contraria? ¿Puede el pueblo confiar en alguien
que aparenta ser así, discordante, con tan poca firmeza y resolución? ¿Si su actuar
parece irregular, su mentalidad cómo será? ¿Y su moral?
Que quede claro: en el caso que nos ocupa, el matrimonio civil
celebrado entre Vicente Fox Quesada y Martha Sahagún Jiménez, ambos divorciados, en lo
personal me tiene sin cuidado y en realidad no me importa. Creo que cada quien debe vivir
su propia vida como le dé la regalada gana, más aun en la intimidad, con dos condiciones
únicamente: no afectar la libertad y derechos de los demás y siendo responsable de las
consecuencias de sus actos ya que: a toda acción corresponde una reacción; lo que das
recibirás, si haces mal, mal obtendrás; si haces el bien, bondad y respeto se te dará.
Como dos seres humanos más que deciden casarse, tiene tanta relevancia, poca o nada, como
si no lo hubieran hecho y continuaran viviendo en unión libre (porque así convivían,
sea en cabaña o en casa principal, ¿no?). Repito, a mí me da igual, mi forma de ver la
realidad sin escandalizarme es tan amplia, abierta y tolerante (¿descarada?) que me
permite aceptar las conductas de los demás, cualesquiera que estas sean, sin condiciones,
sin limitantes, sin prejuicios. El hombre no es ni bueno ni malo, es simplemente humano y,
como en la vida bueno y malo se confunden continuamente, parecería que todo es cuestión
de las circunstancias de cada uno: el medio, la sociedad, la cultura, la religión, la
educación propia y la de los padres y otras muchas más.
En México,
como en todo el mundo, la Religión Católica ha impuesto a sus feligreses normas de
conducta las cuales deben ser cumplidas al pie de la letra, como les son dadas, sin dudar,
sin cuestionar, sin titubear; dogma o fe les llaman. Así, si todas tus obligaciones
cumples, el cielo ganarás; si no cumples, el infierno seguramente tu hogar será y, si
bien te va, el purgatorio durante algún tiempo te purificará (¿algún tiempo? ¿No que
después de la muerte lo temporal no existe más?). El término medio no existe: o eres
bueno o eres malo (¿maniqueísmo?), o estás con la Iglesia o contra ella. De esta
manera, claramente se percibe que una persona no puede decidir sobre su propia vida,
siendo católico, aquello que moralmente considera, en su yo interno, justo, generoso y
adecuado éticamente. Si no adecua su conducta a lo que la Iglesia ha establecido como
moralmente válido, es un proscrito, más aún cuando esos sus actos contradicen los
preceptos de esta sacra institución.
A nadie debe importar verdaderamente la intimidad de Vicente y Martha:
si son divorciados, si viven casados sólo por lo civil o en amasiato o en unión libre.
Pero lo que realmente hace la diferencia, es que si Fox, quien abiertamente se ha
manifestado como un católico practicante, devoto de la Virgen de Guadalupe, (tanto que su
primer acto del día de su protesta fue visitar a la Virgen Morena), obediente de la
doctrina y disposiciones de la Iglesia, respetuoso de su jerarquía, con lo ocurrido, con
su "nuevo" matrimonio civil, únicamente caben dos posibilidades: o mintió y en
realidad nunca le han importado (ni le importan) los mandamientos de la Iglesia y así
todas sus elocuentes muestras de piedad y fervor fueron pura mercadotecnia utilizada
únicamente como bandera política, en perverso agravio y desprecio a quienes sí profesan
en verdad esta religión, o sí cree en las reglas y normas de su Iglesia, pero no tanto
como para seguirlas al pie de la letra en perjuicio de sus propios deseos y necesidades.
En relación con la Iglesia Católica, ¿cómo queda hoy la situación
espiritual, moral y de vida de Vicente y Martha, como miembros que son de ella? La
respuesta la da el catecismo de la Iglesia Católica en vigor, que considera como ofensas
a la dignidad del matrimonio el adulterio y el divorcio. "El divorcio es una ofensa
grave a la Ley natural. Pretende romper el contrato aceptado libremente por los esposos,
de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de Salvación de la
cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque
reconocida por la Ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de
nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente" (C.
2384): "Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es
adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer, y la mujer que habita con él es
adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra" (San Basilio, moral. Regla
73). En el caso que tratamos, según la moral de San Basilio, que lo es de la Iglesia
Católica, el agravio es doble, ya que ambos "cónyuges" permanecen unidos, aun
su divorcio civil, por el vínculo sacramental del matrimonio: "el matrimonio rato y
consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la
muerte" (DC. Canon 1141), "del matrimonio válido se origina entre los cónyuges
un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza . . ." (DC. Canon 1134).
El divorcio civil entonces conduce al cónyuge "casado de
nuevo" al "adulterio público y permanente", sin más, sin argumentos que
puedan desvirtuar, atemperar o disminuir el estigma con que la Iglesia marca a fuego, con
letra escarlata, la vida de aquellos que por una u otra razón cometieron el error de
haber escogido al compañero equivocado, aquel con el que era imposible convivir, integrar
una verdadera familia, terminando por separarse.
Entiendo la situación del adúltero por convicción, por decisión
propia; pero no concibo considerar infiel a quien la Iglesia, por sus disposiciones,
considera al divorciado vuelto a casar un paria moral, que es en esto en lo que los
convierte la muy santa, piadosa, amantísima y siempre dispuesta al perdón, Iglesia
Católica. Véase si no: "El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad
conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado,
establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena
incluso el deseo del adulterio. El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben
absolutamente el adulterio. Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la
imagen del pecado de idolatría". (C. 2380). "El adulterio es una injusticia. El
que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo
matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del
matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación
humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres". (C. 2381).
Grave, muy grave es la situación en que quedan, según la Iglesia, los
divorciados vueltos a casar. El movimiento católico para los Divorciados Vueltos a Casar
en Yucatán, coordinado por el presbítero Jorge Carlos Menéndez Moguel, en artículo
publicado en el "Diario" el pasado 26 de septiembre de 2000, reconoce que
originalmente "hubo una actitud dura de la Iglesia en su Magisterio" en
relación con este tema, la cual, según él, ha cambiado a partir del Concilio Vaticano
II, "sin que la doctrina haya sufrido alteraciones... no es que la Iglesia haya
cambiado de parecer". En Carta Pastoral de fecha 27 de diciembre de 1996, hablando de
esto, Monseñor Emilio Carlos Berlié Belaunzarán, dijo: "no conviene de ningún
modo que los DVC se sientan discriminados de la comunidad o catalogados como pecadores
públicos, puesto que la Iglesia, al abrirles las puertas, reconoce con firmeza y alegría
su calidad de bautizados... la situación en la que objetivamente viven los DVC impide a
la Iglesia el administrarles la absolución y la comunión. Su estado de vida contradice
objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia significada en la Eucaristía.
Es cierto que están en pecado reitero: objetivamente y al no haber propósito
de enmienda, la Iglesia no puede administrar estos sacramentos. Ahora bien, de ninguna
manera la Iglesia puede ni quiere juzgar la conciencia de estas personas. El juicio
subjetivo sobre la culpabilidad real... no le compete a nadie más que a Dios".
Los DVC (como los llama la Iglesia) no pueden: comulgar, confesarse,
participar en la liturgia, catequizar, ni ser padrinos de ningún sacramento,
permaneciendo "en situación de adulterio público y permanente". Con
esto, ¿no se les relega? ¿Cuál es el cambio en la actitud de la Iglesia? ¿La novedad
estará en que "la Iglesia ha tomado conciencia"? ¿O como Monseñor Berlie
Belaunzarán afirma, el cambio está en "abrirles las puertas"? No parece ser
congruente la doctrina de la Iglesia con la humanidad falible del hombre.
Pese a lo anterior, con el matrimonio de lujo de Vicente y Martha, los
católicos han ganado una larga batalla. Precisamente a ellos beneficia lo ocurrido: el
Cardenal Arzobispo Monseñor Norberto Rivera Carrera, eufórico por el enlace del más
famoso de sus feligreses, por televisión, en cadena nacional dijo: si bien es cierto que
no podrán comulgar ni confesarse, esto no quiere decir que estén excomulgados, y
textualmente: "pero desde luego, no vivirán en pecado", Así dijo,
¡increíble!; todo lo establecido por la Iglesia Católica, por los padres de la Iglesia,
por tantas y tantas encíclicas papales, por el catecismo y demás disposiciones de fe,
dogmas y más dogmas, Monseñor, en pocas palabras, cambió el sentido doctrinal en el
universo referente a los divorciados vueltos a casar. Si los que se encuentran en esta
situación se sentían culpables de pecado, pueden hoy liberarse de esta carga espiritual,
¡ya no será pecado tener relaciones sexuales con su pareja!, porque es bien sabido que
el problema de los que están en esta situación se reduce a tener o no sexo, no por el
hecho de haberse casado nuevamente. ¿Será que Su Excelencia el Cardenal tiene la
autoridad necesaria para absolver de pecado a esta famosa pareja y, por extensión, a
quienes se encuentran en esta misma situación?
Si bien es cierto que Monseñor dijo lo asentado en el párrafo
precedente, los católicos pecarán ahora de inocentes si lo creen. Más bien Su
Excelencia, en su afán de agradar a su más destacado feligrés mexicano, el más fiel,
el más devoto de la religión, derrapó gravemente, se ofuscó con las luces de las
cámaras fotográficas y de televisión y cometió tal exabrupto, que ahora debe haberse
ya flagelado la espalda con alambre de púas para expiar su falta. Más adelante tendrá
que pagar con creces. El Nuncio Apostólico en México debe ya haberle espetado en la cara
su desliz en una forma no precisamente muy caritativa.
Grave problema moral de fe tienen con este incómodo matrimonio tanto
la Iglesia Católica como Vicente Fox Quesada y Martha Sahagún Jiménez. ¿El pueblo, los
fieles católicos, qué pensarán? Categóricamente me atrevo a afirmar que Roma, El
Vaticano, resolverán este conflicto otorgando a Vicente y Martha la anulación de sus
respectivos matrimonios, remedio tal vez peor que la propia enfermedad, ya que exhibirá
sus contradicciones. ¿Crees esto posible? Me reservo mis comentarios para cuando esto
ocurra. (J.E.G.L. Mérida, Yucatán, México, julio de 2001) |