Desde los
antiquísimos tiempos la magia, la hechicería, el echar la suerte a las cartas, así como
el predecir males, ser artífices del bien fue y sigue siendo parte de la cosmogonía
entre los campesinos y la gente humilde, siempre el misterio de las ciencias ocultas y
como dijera Emilio Faguet, "el hombre caerá siempre en la hechiceromanía, porque
tiene necesidad de creer, pero creyendo sin embargo en algo increíble".
En la historia de la masonería podemos
encontrar en los principios eternos de la moral universal, la ciencia y la filosofía sin
inclinarse en ningún dogma religioso, permanecieron fieles a la disciplina inmortal y se
trasluce esa simbología mágica, misteriosa de la antigua India y Egipto, parecidos que
se conjugaron con la idiosincrasia regional, transformando con el velo de una alta
sabiduría.
Aquellos aspirantes al sacerdocio, única
manera de llegar a los Augustos Misterios de la orden sin llegar a confundirse con
la degeneración de las enseñanzas que se accedía por medio de ciertas pruebas
para conocer su capacidad, moralidad y valor. Finalmente, serían purificados por los
elementos de la vida.
Bajo la consideración de ser capaces de
invocar genios maléficos y emplearlos para dañar en prácticas perversas, como cuando en
la Edad Media se creía en los hechiceros, se les temía y se llegaba a quemarlos por las
autoridades laicas y religiosas que multiplicaron los procesos a quienes resultaban
sospechosos, en tanto las bulas lanzadas por los papas estimulaban tan sangrientas
carnicerías.
Se decía curar al enfermo emitiendo
palabras como abracadabrantes, pronunciadas de cierta manera, trazadas en letras barrocas
sobre los libros mágicos, las cuales podían ser bienhechoras o perniciosas; los rituales
se hacían en sábado en casas o bosques abandonados, para entregar el cuerpo y alma a
Luzbel.
Los ingredientes y brebajes se preparaban
para utilidad de los hechiceros y se comerciaban manejando mezclas repugnantes, haciendo
conjuros con ellas, sucedían las danzas con abominables desarreglos y desatinos; la
orgía no cesaba, en el sábado trimestral era una asamblea de brujas y hechiceros de
varias regiones, en donde se multiplicaban los desenfrenos, la gran fiesta anual se
realizaba del 30 de abril al primero de mayo.
El hechicero, así como es admirado y
reconocido por lo que se realiza en beneficio, también puede hacer maleficios,
discordias; tan detestable como temido por el mal que puede causar, utiliza las hierbas,
conoce las substancias, recomienda polvos para que surtan buenos efectos, utiliza los
espejos o bien un cubo lleno de agua, vende ungüentos para todos los usos, ceras y
aceites.
Tanto con los filtros como con los perfumes
se tiende a mantener muy diversos sentimientos y se puede animar a un corazón tierno o
cruel; en cuanto a los perfumes, se clasifican de acuerdo con el signo zodiacal en donde a
cada cual le corresponde un extracto determinado, otros manejan objetos, fetiches, o
pronuncian fórmulas de las que poco o nada se comprende.
Con respecto a los pactos, los convenios o
contratos demoníacos, quienes firman creen firmemente de su validez con el Tenebroso
como se le llama al Diablo; se redactan los tratados en una obra llamada El
Gran Clavero de Salomón, los nombres como Lucifer, Astaroth, Báel, Agares y numerosos
más que son nombrados.
En cuanto a la veracidad terapéutica, a
los taumaturgos su falaz arte triunfa cuando la duda científica ocupa su lugar, pero
queda una duda respecto al adecuado uso de la medicina ortodoxa del curandero, el misterio
sobre la naturaleza de las posibilidades de lo imposible y permitirle una parte del poder
que reclama con el derecho de hacer milagros; lo que ignoramos cabe considerar de la parte
del "yo no lo sé todo" sea la capacidad curativa que obtienen por medio de una
acción terapéutica sugestiva y una ciencia metapsíquica. (F.L.V. Umán, Yucatán,
Méx., agosto de 2001) |