El gobierno de
Víctor Cervera dejó un desbarajuste administrativo inmenso a su sucesor Patricio Patrón
Laviada. Un ejemplo de ello es el reporte que hizo al Congreso del Estado sobre la deuda
que dejó de herencia a quien lo sucedió. En el afán de hacer creer a la opinión
pública que había liquidado la mayor parte de las deudas de su gobierno y que sólo
faltaba una cantidad muy pequeña por pagar, engañó al Congreso del Estado pues le
informó que sólo debía 15 millones de pesos cuando en realidad debía mucho más, ya
que varios bancos poseen otros pagarés firmados por el gobierno cerverista que éste no
quiso o no pudo liquidar. Estos últimos ascienden a la no despreciable suma de alrededor
de 80 millones.
Gracias a documentos encontrados en la
Contaduría Mayor de Hacienda por diputados no priístas de la Comisión de Hacienda, se
pudo establecer que fue falso el informe que Cervera envió al Congreso e hizo público en
el Diario Oficial del Estado. La audacia del cacique no tuvo límites. Engañar a una
institución de la importancia del Congreso en un asunto tan delicado como éste es
mostrar un nulo respeto por él.
Lo peor del caso es que ese dinero que el
pueblo tendrá que pagar debe haber servido, no para hacer obras en su beneficio, sino
para engrosar algunas fortunas o para despilfarrar en la política clientelar y electorera
que Cervera practicó a lo largo de los 10 años que gobernó al Estado, sobre todo en los
últimos seis meses de su último gobierno, en que instrumentó su famoso desacato y
pugnó por llevar a la gubernatura a su delfín, el jubilado de lujo, Orlando Paredes
Lara.
Sostener al gigantesco ejército de
aviadores que existen en las nóminas gubernamentales, parte de los cuales han sido ya
identificados y puestos en la calle, como demuestran las protestas de los que fueron
corridos de la Dirección de Desarrollo Municipal, y costear a espías y acarreados para
llevar al Congreso a gritar injurias y agredir diputados de la oposición y a las puertas
de la sede del Consejo Electoral del Estado, durante los largos días del desacato, no le
salió nada barato al pueblo yucateco.
Nunca se imaginó Cervera que finalmente su
hegemonía sería derrotada y que las puertas de la Contaduría Mayor de Hacienda les
serían abiertas a diputados que no fueran de su partido. La llegada de estos diputados al
Congreso yucateco puso fin al secreto en que se guardaban los datos de sus tejemanejes con
los dineros públicos.
A esto se debió que fuera descubierto su
intento de engaño mediante el cual quiso hacerse pasar, aunque sólo fuera por un rato,
como un gobernador responsable, que no dejó casi deudas al que lo sucedió, pues gracias
a que dejó de tener guardianes en la Contaduría que, con la misión de evitar que
ojos indiscretos encontraran las pruebas de sus malos manejos, impedían el paso a gente
que no fueran sus diputados alcahuetes salieron a la luz los documentos que
mostraron el verdadero tamaño de esa deuda.
Antes de que fuera expulsado del poder era
muy difícil documentar sus despilfarros. Pero con el afortunado cambio en la correlación
de fuerzas que se dio en el Estado, es posible ahora, con bastante facilidad, descubrir
los desvíos de los dineros públicos en que incurrió. Y quienes, fieles a él, intentan
su defensa, resbalan con espumosa facilidad. Así le pasó a su ex secretario de Hacienda,
el diputado Casellas, quien perdió piso cuando salió al quite para hacer frente a las
afirmaciones de un grupo de diputados panistas, quienes después de visitar al actual
encargado de las finanzas estatales y cotejar con informes de otra fuente sus
descubrimientos en la Contaduría, denunciaron el fraudulento modo de proceder del
cacique.
No tuvo el ex secretario, ahora diputado,
más argumento para responder a las acusaciones hechas a su jefe que decir que suponía
que los 80 millones no reportados al Congreso habían sido ya saldados. Ni siquiera fue
contundente en su alegato, como antes, cuando era el encargado de guardar el dinero que
gastaba el cacique y mandaba cartas a los periódicos para desmentir a cualquiera que se
atreviera a poner en duda el manejo de las finanzas cerveristas. Entonces era obligado
creer lo que decía por no existir la más mínima posibilidad de que algún extraño
pudiera husmear en la Contaduría y pudiera saber si eran o no ciertas sus afirmaciones.
Ahora, la frase clave que empleó fue: "según sé", que es como decir "me
lo dijo un pajarito".
Ninguna duda cabe de que el gobierno de
Cervera ha sido el gran fraude del siglo. Un gobierno que fue sinónimo de simulación y
que pasará a la historia como uno de los peores que ha tenido nuestro Estado. Los hechos
así lo siguen demostrando. (F.P.S. Mérida, Yucatán, Méx., agosto de 2001). |