Hace cuarenta
años, un 13 de agosto de 1961, en la frontera que dividía el territorio alemán
administrado por Rusia al concluir la Segunda Guerra Mundial, comenzaba la edificación
del Muro de Berlín, a la sombra de una madrugada que rasgaba y separaba a los hombres en
ideologías tan herméticas y contrapuestas que no daban para compartir las calles, el
espacio común de una ciudad. Ese día marcó el comienzo de una época en la que mundo se
etiquetó en dos contrarios, dos teorías que encerraban la realidad de forma distinta y
no aceptaban al opuesto en sus preceptos, sólo lo que el manual exigía era acatado, ni
un paso fuera de la línea, todo en su lugar predeterminado, capitalismo enriquecedor por
un lado, socialismo que prometía equidad e igualdad por el otro, y en medio todas las
injusticias, tanto orientales como occidentales, que se cometieron en el tiempo de la
llamada Guerra Fría, sobre todo con el afán de evitar que el enemigo penetrase a los
gobiernos de cada extremo con ideas contrarias.
En Occidente, bajo la supervisión de los Estados Unidos de
Norteamérica, se adoptó un sistema económico político y social que a la fecha resulta
óptimo para los pueblos, aunque ha debido ser apuntalado y complementado por dar hoy en
día la espalda al factor social, enalteciendo la economía al punto de hacerla
deshumanizante, pasando por alto el bienestar humano en pro del enriquecimiento a toda
costa. Asimismo, una ola de dictaduras militares en Latinoamérica y algunos países del
llamado Tercer Mundo fueron necesarias para evitar que países como Chile, Argentina,
Brasil, Nicaragua o El Salvador fuesen gobernados por partidos de izquierda; de esta
forma, el gobierno norteamericano, con el respaldo de la CIA y del espionaje descrito en
las novelas de Le Carré, encabezó el derrocamiento de la voluntad popular para favorecer
el autoritarismo que tanto daño hizo a las sociedades y a la libertad en nuestro
continente, para lograr con esto que el socialismo se mantuviese lo más lejos posible, o
por lo menos aislado en Cuba, cuyo gobierno ya era una derrota estratégica en cuanto a la
geografía política se refiere, erguida al carácter de ciencia después de la Segunda
Guerra. Ciertamente, el final de este conflicto bélico fue punto de cambios fundamentales
y factor que marcó indiscutiblemente al siglo XX, que elevó a personajes como Pinochet,
Trujillo, Ströesner y Perón al grado de héroes nacionales, todo con tal de mantener en
América Latina el mismo sistema de gobierno del norte, con tortura, amenaza, exilio y
persecución como medio para lograr un fin conseguido a un precio muy alto, quizá
demasiado: pueblos cuyo pasado de represión es todavía una marca que el tiempo no ha
borrado de la memoria de los habitantes, quizá para bien, para evitar cometer el error
del pasado y darle a la Historia algo más que el lugar de un libro: hacer de ella la
experiencia que no se debe repetir, la enseñanza de lo que puede suceder cuando la
voluntad de unos pocos debe ser acogida forzosamente por la mayoría.
Al otro lado, en los países allende la
Cortina de Hierro, los mismos procedimientos fueron utilizados para conseguir que el
capitalismo se mantuviese del otro lado del Muro, sólo que la libertad en el Este fue
opacada totalmente, sin posibilidad de expresarse en contra, sin opción distinta a la
impuesta y con una pared mostrando que en un punto las ideas resultaban ajenas, no
expresables siquiera, sólo obedecer lo impuesto, sumisión o castigo, un muro que se
erguía para convencer al orbe de que el enemigo era tan peligroso como para aislarse,
pero que en realidad fue prueba de que la libertad era peligrosa hacia adentro por dar al
individuo la posibilidad de huir o razonar distinto, como tantos lo hicieron mientras
pudieron, como otros más quisieron lograrlo y fueron asesinados o, en el mejor de los
casos, arrestados en el intento. En fin de cuentas, lo que hace cuarenta años comenzó en
un muro de ladrillos y fue una separación ideológica y humana fue también el recurso
empleado por el gobierno ruso para evitar una huída masiva de la población hacia
occidente, que hubiese terminado por dejar en Berlín nada más allá de los soldados, los
tanques y las armas que fueron necesarias para dejar de lado la libertad y sustituirla por
la imposición, el absolutismo y la represión.
Ahora el muro ha caído y los vestigios son
una placa metálica en el suelo marcada con la frase: "Berlin Wall.
1961-1989", o el puesto de vigilancia del "Check Point Charlie" en la
Friedrichstrasse, el principal acceso hacia el oriente de Europa donde todavía, y en
recuerdo, se lee un cartel: You are living the American side, traducido a
continuación al ruso, al alemán y al francés. No obstante, es ese sitio donde también
se yergue un museo en nombre de la unidad, donde se respira un aire de memoria viva, de
sueño conquistado y de frases célebres de personajes tan variados como Reagan,
Gorbachov, Kennedy o Rostropovich; en esa zona de Berlín se encuentra la prueba de que el
socialismo sólo pudo mantenerse por la fuerza y bajo la imposición, la prueba de que una
ideología y sus defensores, los ideólogos, fueron uno de los males mayores para la
humanidad, y aún lo siguen siendo, pero ya en libertad, bajo regímenes que permiten la
libre expresión de pensamientos que tienden a no dejar espacio para nada más que lo que
el propio pensamiento dicte, un concepto de las cosas tan total que no da cabida a
proposiciones ni problemas nuevos, sólo lo que pueda ser resuelto mediante la propia
ideología, lo demás está fuera de la realidad. Y fue este encierro el que acabó por
aniquilar al pensamiento socialista, que en no pocas ocasiones era una síntesis de la
obra de Carlos Marx difundida en panfletos que intentaban resumirla en diez pasos, como si
guardar toda una filosofía en diez líneas diera el conocimiento suficiente para llevarla
a la práctica, defenderla y citarla como tantos lo hicieron, de forma obstinada y necia,
sin dar cabida a propuestas distintas, o por lo menos nuevas. Eso se llama fanatismo, y
del fanatismo pocas cosas buenas han surgido, ya sea político, ideológico religioso,
pasional, etc.
El Diccionario de la Real Academia de la
Lengua Española define la palabra ideología, en su segunda acepción, como el
"conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona,
colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso, político, etc"; tomando
en cuenta lo anterior, una ideología es algo pasado, algo que terminó por ser
sustituido, reemplazado, es decir, un concepto que pasó de moda o, en palabras de Jesús
Silva-Herzog Márquez, "el conjunto de ideas que han dejado de ser pensadas"; no
una idea falsa, sino "una idea muerta". Así, el politólogo mexicano, en un
artículo publicado el lunes 13 de agosto en el periódico Reforma, titulado
"La evasión ideológica", tacha tal palabra de ser cobertor de quienes no
piensan mucho, pues la ideología contiene las respuestas necesarias, no requiere de
imaginación, sólo de apegarse a lo escrito, dicho o propuesto por el libro de cabecera o
el gurú, la leyenda como ejemplo de solución a lo actual, el diagnóstico del conflicto
y su remedio, sin nada que añadir o tachar. Afirma Silva-Herzog que es también algo así
como el modus operandi de un marxista, un nacionalista, un tecnócrata y, por qué
no, de algún parista universitario que responde sólo aquello que tiene respuesta
mediante lo aprendido de los "grandes", el resto será ajeno a la realidad o
simplemente no existe, por ende, no merece respuesta: "Antes de idear la estrategia
de acción recurrirá al texto que contiene todos los remedios", y si no los
contiene, intentará ajustar los hechos a modelos propuestos, aunque no quepan o sean
desiguales al molde, total, si hay ruptura o conflicto o una solución aparente y en fin
de cuentas incompleta, "el problema no será de quien forzó la entrada sino del
fabricante de la pieza", y entonces se divide el asunto entre los buenos, los
correctos, los sabios y los culpables, los malos y los ignorantes: en vez de dividir a
quien disiente en clasificaciones morales, sería óptimo buscar una opción nueva, aunque
diste de lo preescrito que, por carecer de repuesta, ya es obsoleto y debe ser modificado.
El muro de Berlín representó, entre otras
tantas cosas, una división de pensares que al final terminó por derrumbarlo, quizá por
basar su construcción en ideologías que al paso del tiempo y ante nuevas problemáticas
y situaciones inusitadas hicieron de su caída algo inminente, de urgencia y necesidad...
La realidad de 1961 fue pasajera como todas las realidades momentáneas e intentó adaptar
el futuro al instante, encerrándolo y suponiendo que el porvenir debía ser de una u otra
forma, sin dejar espacio para lo desconocido, que es el futuro en fin de cuentas. Por
fortuna hoy en día el mundo se une y las fronteras se representan cada vez más por
líneas imaginarias y no por paredes de concreto y hierro; lo que aún persiste y parece
ser una enfermedad del nuevo siglo es la ideología, el pretender que toda la realidad y
su mañana serán de tal o cual modo... Una ideología, en síntesis, es una moda, y la
moda es tan variable y voluble a lo venidero que pasa continuamente, cambia de un día
para otro dejando atrás lo que en un momento levantó como bandera para luego criticarlo
y juzgarlo como anticuado y obsoleto. Dejar que los muros caigan, que las ideologías se
transformen en filosofías moldeables y adaptables a lo nuevo, un Novum Organum que
no podría encerrar todo el conocimiento de la época, por ser tanto y tan voluble, pero
sí marcar algunos preceptos morales, éticos, estéticos, abiertos a que en un segundo
todo podría variar y tendría que modificarse, adaptarse o extinguirse, como poco a poco
el socialismo, como tarde o temprano todo aquello que pretenda encerrar como realidad
única el instante. (C.C.L., Ciudad de México., agosto de 2001 xsharly@hotmail.com) |