El panorama internacional no puede ser más obscuro y con anuncio de tiempos
borrascosos para los próximos meses, luego de los lamentables sucesos mortíferos
suscitados por la locura trasnochada de los terroristas, que basados en quién sabe qué
ideales así como qué Dios que dicen adorar, en sus vandálicas incursiones sentencian a
muerte no sólo a sus enemigos tradicionales, sino a cuanta gente inocente tenga la mala
fortuna de cruzarse en sus nefastas intenciones.Los actos terroristas han sido compañeros permanentes de la
humanidad, y prácticamente se inician desde el conocido relato bíblico en que un hermano
Caín mató a Abel. Si el crimen de por sí es horroroso, entre hermanos
siempre lo será peor. Este primer hecho de sangre es originado desde luego por la envidia
y el odio, pero sobre todo revela una falta total de temor hacia un Creador generoso,
lleno de bondad y de amor. El hombre, única criatura salida de las manos de ese Dios
amoroso, fue el único entre los demás animales creados, con capacidad para pensar, para
conocer que vive y para que sobreviva en medio de los infortunios naturales, y pueda darse
a sí mismo ciertas comodidades, que las demás criaturas no disfrutan o las tienen como
medio natural de subsistencia.
Desgraciadamente, ese razonamiento del que
la humanidad entera fue dotada, no es utilizado sólo para hacernos y proporcionarnos el
bien, como hubiera deseado el Creador, pues en esa libertad que nos dio al crearnos a su
"imagen y semejanza", nos dio también la libertad de hacer su voluntad o el no
hacerla; es decir, podemos escoger entre el bien y el mal. Las diferencias raciales, los
diferentes credos religiosos, la política, la economía, las diferencias sociales entre
otras, siempre han sido caldo de cultivo de odios, de rencores, envidias malsanas que
siempre han llevado al hombre a vivir en medio de la violencia, que a la larga genera
guerra, destrucción y muerte. Tristemente, en este último concepto quienes más sufren y
mueren, son desgraciadamente miles de inocentes, de los cuales su único pecado quizá sea
el querer trabajar y vivir en paz.
Lo ocurrido el martes pasado en Nueva York
ya ha tomado dimensiones de escándalo y provengan esas acciones de donde provengan y
estén dirigidas contra quien sea, son motivo de rechazo y desprecio por los hombres de
buena voluntad de todas las naciones, de todos los credos y de todas las razas. El
atentado contra las torres de Nueva York la semana pasada no es solamente un ataque contra
los Estados Unidos sino contra toda la humanidad, dada la magnitud del ataque violento y
pérfido a sitios donde laboraban, además de los miles de estadounidenses, también
cientos y hasta miles de inmigrantes de cerca de 40 países de todas las latitudes del
mundo. Es por eso que esta matanza de inocentes trabajadores, de por sí digna del más
grande repudio, se convierte en una salvaje y perversa acción terrorífica no digna de la
vida real, sino de una película de cienciaficción de las que hemos visto decenas.
Cuando la humanidad entienda a conciencia
el mandamiento primero de la ley de Dios, que pide: "En primer lugar amarás a tu
Dios y el segundo a tu prójimo como a ti mismo", quizá aprendamos a respetarnos, a
tratarnos como iguales, sin odios ni diferencias que conlleven a la violencia, que origina
siempre MÁS VIOLENCIA.
Para los creyentes, en especial para
nuestros "rábanos" mexicanos y que de seguro se rasgarán las vestiduras por el
apoyo el que sea que nuestro país le brinde a EE.UU. y que además desdeñen
las enseñanzas moralistas de nuestra religión, les recomendamos que al menos se cobijen
en el apotegma del indio de Guelatao que dice: "... el respeto al derecho ajeno es la
paz... " y esto entendido literalmente en toda su amplia dimensión, abarca todos los
ámbitos, incluyendo, si es que hubiera, los motivos válidos por los cuales los
instigadores de estos actos criminales de LESA HUMANIDAD, violan toda convivencia humana
entre todos los hombres, de todas las naciones, de todas las razas, de todos los credos.
Nosotros al igual que miles de cristianos de todo el mundo, elevamos nuestras oraciones al
Todopoderoso, suplicándole que su misericordia se apiade de los que murieron en ese
ataque de ira el pasado día 11 de septiembre en Nueva York y Washington. En nuestras
pasadas fiestas patrias, apenas cuatro días después, como que no se notó la alegría
plena que siempre manifestamos los mexicanos, como consecuencia del desastre humano que
atestiguamos con estupor e incredulidad: ¡¡BALDÓN!!
Por otra parte, nuestra casa editora de La
Revista Peninsular este viernes 21 festejará y no es para menos el
arribar a sus 13 años de existencia con el número 622. Todavía está fresca en nuestra
memoria, hace poco más de 13 años, cuando alrededor de una taza de café, nuestro
inolvidable amigo Eduardo Menéndez nos comunicó su intención de editar una revista,
medio informativo que hacía falta en nuestra entidad.
Entre esos amigos también se encontraba
otro que siempre recordaremos fervorosamente y que este año se adelantó al viaje eterno,
me refiero a Luis Ramírez Aznar. Los que hemos colaborado por etapas, como el suscrito,
en esta publicación, aunque desde luego nunca nos hemos alejado por completo, hemos sido
testigos de los sufrimientos, de los momentos dolorosos y también de júbilo de su primer
director general. Hoy, ya con la estafeta en las manos de Rodrigo, hacemos llegar a
nuestra Revista, así como a su personal de redactores, administrativos y de
talleres, nuestros mejores deseos de que tengan por delante muchos años de prosperidad,
de dicha y de paz y que se siga adelante con la línea de trabajo marcada por nuestro
difunto fundador, que de seguro todos le recordaremos en este día tan especial.
Felicidades. (M.A.G.G., Mérida, Yucatán, Méx., septiembre de 2001) |