No se puede
condenar al terrorismo sin condenar la guerra, que es la manifestación de terror a más
grande escala, que la peor parte de la humanidad, constituida por políticos imperiales,
militares y empresarios ligados al negocio de las armas, haya logrado jamás. Los
inocentes muertos por actos de terrorismo individuales, de grupos o de estados y
coaliciones de estados, VUELVEN A MORIR cada vez que otros mueren por los mismos efectos.
En los muertos civiles de las torres
gemelas y del Pentágono volvieron a morir, probada la inutilidad de su sacrificio, los
millones de civiles de todas las nacionalidades víctimas anteriores de toda clase de
terrorismos. Usarlos para justificar una guerra sin límites en el espacio y en el tiempo
"justicia infinita", primero, y "libertad duradera", después,
la llamaron en la que morirán seguramente otros inocentes sin que, como a la larga
se verá, el terrorismo sea extirpado, es una estupidez además de una gran inmoralidad
que profana la memoria de los civiles inmolados.
Es inmoral y profundamente inhumano dividir
a las víctimas de la barbarie en todas sus modalidades terrorismo, bombardeos,
etc., entre los que merecen ser llorados y los que no, peor si se les mancha con la
irracional venganza de sus inesperadas muertes. ¿ De qué sirvió su nunca por ellos
buscado sacrificio si, en lugar de obligarse a revisar sus políticas de violencia armada,
las oligarquías mundiales político-militares, culpables en más de un sentido del
terror, persisten en la misma espiral de violencia que llevó a los demenciales y
desesperados actos de suicidas genocidas y ahora amenazan al mundo con hacerla infinita en
el tiempo y el espacio?
Porque ni libertad ni justicia, simplemente
son barbarie infinita y duradera. Infinita y duradera porque los atentados de Nueva York y
Washington son sólo un eslabón de una larga cadena cuyo inicio se perdió y al que se
unirán nuevos eslabones de civiles muertos en Afganistán y los que les sigan en otras
partes, sin que se avizore el final, pues si los generales yanquis dicen que "es
sólo el comienzo", los fundamentalistas árabes prometen responder "ojo por
ojo...".
Cruel sarcasmo es llamarle "libertad
duradera" a una campaña de guerra que restringe deliberadamente algunas de las
libertades civiles en Estados Unidos y cuyo gobierno anticipa que mentirá cuantas veces
lo necesite para alcanzar la victoria sobre unos enemigos que, en su mayoría, todavía no
identifica.
¿De qué libertad pueden gozar los
millones de habitantes de aquél y de otros países participantes en la irresponsable
aventura de la guerra contra el terrorismo si hoy viven aterrorizados con la sola idea de
ser víctimas de nuevos atentados por parte del enemigo?
¿Acaso los millones de afganos, hoy al
borde de la muerte por hambre y frío, son más libres que antes de que comenzaran los
bombardeos a su país, o lo serán antes de que mueran por esas causas o por los
"daños colaterales" provocados por bombas que, según el secretario de defensa
yanqui, no tienen el propósito "intencionado" de matarlos a ellos sino a los
terroristas?
¿Cómo pueden las bombas, por
"inteligentes" que sean, distinguir entre terroristas y civiles inocentes y
matar sólo a los "malos" o a los "infieles"?
Para aterrorizar a los civiles o
producirles "daños colaterales", ni bombardear hace falta, con sólo amenazar
basta: millones de afganos emprendieron un exilio sin destino para alejarse de los
proyectiles prometidos, pero el hambre que los cerca y sigue no es aliviada, porque los
camiones con ayuda humanitaria no pueden entrar a su país por temor a los bombardeos.
Y si de "daños colaterales"
hablamos, habrá qué hablar de los cientos de miles de personas de todo el mundo hoy sin
empleo o a punto de perderlo, porque a los efectos de la política neoliberal impuesta al
mundo se agregaron los de los atentados terroristas a los que les han de seguir los que
ocasione una guerra prolongada y continua que no respeta límites de tiempo ni de espacio
y que, por tanto, ocasionará inevitablemente las no menos bárbaras respuestas de sus
antagonistas.
Entre las víctimas aún con vida están
los mexicanos desempleados de hoy y futuros de las líneas aéreas, hoteles, agencias de
viaje, maquiladoras e industria de la construcción. La provocadora venganza guerrerista
contra la provocación terrorista sólo promete mayores calamidades económicas a un mundo
que ya se encontraba en crisis. Nadie estará a salvo de sus efectos dañinos, que se
multiplicarán si no se le pone un alto a las conductas demenciales de los detentadores
irresponsables del poder mundial.
Los ciudadanos del mundo debemos rechazar
la perversa división de los humanos entre "malos" y "buenos" o entre
"fieles" e "infieles", que ignora nuestro derecho a rechazarlos a unos
y a otros por irracionales. Deberíamos responderles que la división es otra; que ellos,
terroristas e imperialistas, están juntos, del mismo lado, contra la paz, la solución de
los conflictos por las única vías posibles, las diplomáticas y políticas y contra los
habitantes del planeta.
Qué lástima que hayan tenido que saltar
los monstruos del terrorismo fundamentalista y la guerra imperialista para mostrarnos que
nadie está a salvo de ellos. Y qué tragedia será si no entendemos, ahora que estamos a
tiempo, que hay que parar esta locura antes de que los daños sean mayores o de que
resulte un conflicto irreversible que destruya a la humanidad entera. La PAZ es hoy más
urgente que nunca. Hay que detener la barbarie. (R.A.S. Mérida, Yucatán, Méx.,
octubre de 2001) |