Yucatán, 3
semanas antes del segundo año del tercer milenio. Han pasado 20 años de modernización
económica, privatizaciones y desregulaciones, apertura de la economía nacional al
mercado exterior, tratados de libre comercio, cambios estructurales al gusto de la cúpula
empresarial mexicana y, a pesar de ser la "novena economía mundial" según Fox,
empezaremos el segundo año del milenio en condiciones económicas muy malas y con
pronósticos que no dan lugar a ningún tipo de optimismo.
Las cifras nacionales de la pobreza
sintetizan las consecuencias de los últimos 20 años de cambios neoliberales. De acuerdo
con el presidente de la República, los pobres suman 40 millones en tanto que
investigadores independientes los calculan en 58 millones. Si se tiene que somos 100
millones de mexicanos, entonces hablaríamos de un 40% o de un 58% de pobres. ¿A cuál de
esas dos versiones numéricas de la pobreza se aproxima más la realidad yucateca?
Según el informe del grupo financiero
BBVA-Bancomer, a fines de junio del año pasado, en el ocaso del cerverato, 10.7% de la
población ocupada no recibía ingresos, 23.7% ganaba menos de un salario mínimo, 34.9%
estaba en el rango de uno a dos salarios mínimos y 10.8% devengaba entre dos y tres
salarios mínimos. Sin agregar el porcentaje de quienes ganan entre 3 y 5 mínimos (8.6%)
que están en los límites que separan a los pobres de los que no lo son, de acuerdo con
las cifras del grupo BBVA-Bancomer, el 80% de los yucatecos es de indigentes y pobres.
Si las cifras de BBVA-Bancomer son
correctas, entonces la realidad yucateca se acerca más a la percepción independiente de
la realidad nacional que a la presidencial, aunque resulta peor que ambas. Ante las cifras
de la triste realidad nacional y de la local que está todavía peor, suena a
gracejada de humor negro la presunción presidencial por el lugar que México ocupa
supuestamente entre las más grandes economías del mundo y la afirmación de Patricio
Patrón, hecha en Tizimín al inaugurar una sucursal bancaria, en el sentido de que
Yucatán es uno de los pocos Estados en donde se generan más empleos que los que se
pierden.
De muy poco le sirve al Estado, y es prueba
de su subdesarrollo, el que ahora que la recesión está golpeando al país en nuestro
Estado el atractivo de los sueldos miserables sea el que motive principalmente a muchas
empresas a crear empleos que están entre los peor pagados, al grado de que uno de cada
diez yucatecos que trabajan lo hacen gratis. ¿Qué pasaría si los sueldos promedio en
Yucatán crecieran por encima del promedio nacional? Que los capitales y las empresas
volverían por donde vinieron o se irían a otras regiones y lugares que les ofrecieran
obreros que acepten cobrar menos y que trabajen por lo menos igual que los yucatecos. Si
nuestra gente fuese sorda y ciega, o si no tuviera acceso, todo el año y no sólo en
épocas navideñas, a las vitrinas y a los aparadores de las grandes plazas o a las
ubicuas pantallas de los televisores, en los que los anuncios buscan crear el ansia
irrefrenable por el consumismo, sólo unos pocos se frustrarían. Pero a la incitación
despiadada al consumo, a las probaditas virtuales de paraísos virtuales, tan apetecibles
y cercanos como inaccesibles, no pueden escapar muchos de quienes son parte del 80% de
pobres e indigentes yucatecos, especialmente si son jóvenes.
La desigualdad y la pobreza son más
insoportables frente a la opulencia que se muestra a cada instante y por todas partes. Y
no todos resisten. Unos terminan por robar lo que sus raquíticos sueldos o la carencia
absoluta de ellos no les permite alcanzar. Otros buscan en el vicio y las drogas un
sucedáneo del paraíso inalcanzable. Otros pocos son presa de la desesperanza y buscan en
el suicidio la salida de una vida que los excluyó de todo, incluso del amor y la
solidaridad humanas, hoy tan poca cosa frente a la tiranía de las mercancías en las que
se han convertido casi todas las cosas.
Las cifras de la distribución de ingresos
y riqueza en nuestro Estado nos dicen que por encima de cualquier otro problema social y
político, el del desempleo y los bajos sueldos son su mayor problema, aunque no es
privativo de los yucatecos. Nosotros no podemos esperar a resolver el problema de la
desigualdad que provocan la explotación de nuestras personas y la expoliación de nuestra
nación a mediano plazo porque, como muchos dicen, a mediano plazo ya todos estaremos
muertos.
Aislados de los demás mexicanos y de los
pueblos de otras naciones del mundo, puestos a competir para producir más a menor costo
estamos condenados a perpetuidad. Es tarea de la sociedad pero también de los gobernantes
resistir la ideología y la política neoliberales dominantes en México y el mundo. Por
ese camino acabaremos enfrentándonos unos con otros. La hora de cambiar está llegando. (R.A.S.
Mérida, Yucatán, diciembre de 2001). |