No cabe duda que por muchos años hemos sufrido y oído acerca de la
invención de hechos que no han sucedido, la mentira, difamación y silogismos fueron
parte de un período perverso y corrupto, que su única finalidad era perjudicar y
castigar a cierto círculo o personas que le eran incómodos a estos. El poder es una
herramienta que bien utilizada es para el bien común, pero una sociedad colonizada no lo
ve así, sino la utilizaba para su bienestar.
Cada quien oye, ve y cree lo que le conviene, es por eso que inventar hipótesis de hechos
es muy fácil.Hace días he leído
-en reiteradas ocasiones- que hay una ausencia de poder, pero me pregunto: ¿qué clase de
poder está haciendo falta actualmente? Me parece que la dictadura y caciquismo quedó
escrito en los libros de la historia, y ahora vivimos en una sociedad libre y dispuesta a
participar en los sucesos en que está inmersa; aquel 27 de mayo, la mayoría de la
sociedad decidió su rumbo, pero paradójicamente pide a gritos un poder que ordene y
dicte reglas que quizás le competan solamente a uno mismo.
El gobernador constitucional Patricio
Patrón Laviada, tiene una idea clara de que los momentos son otros y me atrevería a
decir que está adelantado a su época; la democracia a que tanto aspiramos, la alejamos
al pedir un gobierno que nos imponga decisiones y, por qué no decir, que seamos parte de
un gobierno que se corrompe, pero esto no es fortuito, después de tantos años de esta
línea de dirigir, quizás se extraña, y algunos se aferran a aquellos años donde todo
se manejaba desde arriba.
A río revuelto ganancia de pescadores. ¿A quién le
interesa que retornen otra vez esos momentos tristes de oscurantismo? Quizás sea a los
que, acostumbrados a caminar en las tinieblas, lograban sus propósitos y que la luz los
minimiza.
Hace 6 años se creó uno de los expedientes más polémicos en la sociedad yucateca; sí,
reitero, se creó una de las historias más dolorosas y penosas que demostraba el momento
que se vivía, EL CERVERATO.
En el año 1987, en una reunió familiar conocí a una joven muy tímida con mirada triste
y porte erguido, muy silenciosa y algo ausente, agradable y sencilla; se trataba de la
señorita Flora Ileana Abraham Mafud.
Los años pasaron y se convirtió en una
empresaria con cierto éxito en la comunidad, ante una familia con arraigo e influencias y
con un gran poder económico; quizás en los ochenta, una de las familias más ricas de
esos momentos.
Pero esa introversión nunca la dejó sola,
y combinada con un poder casi sin límites, fue modificando su personalidad. En esa
época, en un viaje en un crucero por el Caribe se compró un anillo de 6,000
dólares. ¿Por qué no? Cuánto más.
En varias conversaciones con sus secretarias, ella
expresaba que los enamorados que tenía la buscaban por lo que tenía y representaba y no
por lo que ella era como persona; la buscaban, pues, por interés.
A mediados de los noventa, conoce a Armando Medina Millet, un joven preparado y de
posición acomodada, que le inspiró a Flora una seguridad que nunca había sentido antes.
Se casan muy enamorados y de repente sus vidas toman un rumbo insospechable.
Lamentablemente muere una joven con un futuro por delante y su esposo Armando es
encarcelado por su muerte. Existe una ruptura en dos ámbitos de la sociedad. Ambos se
convierten en víctimas y victimarios, versiones vienen, rumores acrecientan un suceso
penoso y muy doloroso, pero es imposible ocultar la verdad.
Un hombre está actualmente encarcelado por
un hecho que no cometió.
El chivo expiatorio ya no debe de existir, eso era antes;
cuando es difícil de aceptar la realidad se crean expedientes falsos para impedir que la
verdad salga. Se politizó este suceso para convertirse en una lucha de poder, en la que
el más perjudicado es Armando que todavía se encuentra encerrado, burlado por la
justicia. Debe de salir de inmediato y que se cree una comisión imparcial para efectuar
un verdadero juicio. Pero ya no podemos permitir que se continúe con este grave error,
porque si se permite esta vez, nadie está exento de poder ser el próximo, y si contamos
con un gobierno serio y comprometido, se debe permitir abrir los archivos. Ya conocemos la
libertad y, créame, sería muy difícil volver a las penumbras, donde nadie estaba libre
de sufrir una creación de expedientes falsos y manipulados, manchando el sentimiento más
íntimo, que es la integridad humana. (G.S.G. Mérida, Yucatán, Méx., marzo de 2002). |