El fin de la
elección interna del PRI ha llegado y, con ella, un virtual ganador. Como se había
pronosticado antes, era muy posible que se diera el escenario de 1999 cuando entre los dos
contendientes mayoritarios del PRI a la presidencia de la República lograron dividir al
partido. En ese entonces no fue su culpa, sino de todos los grupos cupulares que existían
y existen actualmente en el partido, aún mayoritario en nuestro país. Esos grupos,
entonces creían imposible que aún con esa fractura interna se pudiera perder la
elección presidencial del 2000: estaban equivocados.
La idea en sí de elección interna fue
excelente, pero no permitamos que sea contraproducente. No pudo tener el PRI una mejor
opción para democratizarse en su interior, pero el objetivo principal de las internas fue
fortalecer al partido, no debilitarlo. La razón por la cual esta elección puede resultar
adversa es sólo una: que los objetivos personales vayan por encima de los intereses del
partido. Por esta razón, la única salida es el diálogo y la búsqueda de acuerdos
comunes que presenten al PRI como un partido fuerte y unido.
Desde antes de las campañas, ya se
observaba un posible panorama agresivo entre los posibles competidores. Frente a esta
situación hubo quejas (incluyendo la de gobernadores priístas) para llamar a la cordura,
al debate de ideas, a la confrontación de programas, para lograr elegir sin rompimiento
una candidatura común y, a la vez, mantener la unidad del Partido Revolucionario
Institucional.
Sin embargo, se llegó a la conclusión de
que el concepto de democracia que reflejan las internas podría ser benéfico para el
partido. El problema que surgió es que nadie se pudo poner de acuerdo en cómo poner en
práctica la democracia dentro de nuestra organización partidista. En apariencia, lo
ideal era que el elegido surgiera de un voto universal y directo, pero los antecedentes
indicaban que existía el riesgo de que la "línea" y la "cargada"
revivieran y distorsionaran los resultados. Además, con frecuencia, las votaciones
internas en vez de contribuir a la fortaleza del partido han servido para generar
divisiones (la del 7 de noviembre de 1999 es el más claro ejemplo).
Hoy, nos encontramos ante un panorama
similar al de 1999. La única diferencia es que actualmente nos encontramos en una
situación más frágil que en aquel entonces. Hoy, los ojos de nuestros militantes y de
todo México se encuentran puestos sobre un partido que es pieza fundamental en la
gobernabilidad de México. La situación a reflexionar es de qué manera nos queremos
presentar ante estas personas.
La elección ha concluido, existen asuntos
pendientes los cuales se deben atender como una organización institucional, no como
enemigos. Es importante que no nos presentemos ante la opinión pública como dos bandos
que buscan el poder, sino como dos grupos que se consideran con los atributos necesarios
para dirigir al PRI, pero que, sin embargo, están dispuestos a sumarse al que resulte el
verdadero triunfador. De esta manera, el neoliberal que hoy ostenta el poder se sentirá
decepcionado de que en lugar de encontrar un partido debilitado, se topará con un PRI
fortalecido para seguir luchando por las causas del pueblo.
La propuesta de los verdaderos militantes
es la siguiente: No permitamos que nuestro partido naufrague en los mares de la avaricia y
el poder; no permitamos que la ambición se situé por encima del bien común; no dejemos
que dos fuerzas importantes para el futuro del PRI se destruyan unas a otras; no
permitamos que revanchismos se sitúen como una política a seguir. Lo único que pedimos
es que nos entreguen el nacimiento del nuevo PRI, que tanto añoramos y en el cual tenemos
depositadas nuestras esperanzas. Gracias. (Universidad de Manchester, Inglaterra) |