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Llevábamos cinco horas oyendo
al comandante Fidel Castro en su discurso
para los periodistas de toda Latinoamérica
que se encontraban en un Congreso en La Habana.
Eran las 2.20 de la madrugada y un pequeño
grupo de periodistas nos quedamos esperando
al Comandante, unos para que les firmara una
foto, algunos para preguntarle sobre el destino
de Latinoamérica y otros, como yo,
para despedirse de él y abrazarlo,
pero con la idea de estudiar más de
cerca los rasgos más interesantes de
su personalidad.
Mis colegas se cansaron de la espera y, después
de 40 minutos, me quedé sola; Castro
se encontraba hablando con un grupo de estudiantes
y los guardias no me dejaban pasar. Más
bien me pidieron que lo dejara tranquilo.
Hice caso omiso a los guardaespaldas y espere
en el pasillo por donde se marcharía
Fidel, al terminar de hablar. Los guardaespaldas
se comunicaban con las miradas e inmediatamente
se dieron cuenta de mis movimientos. Uno de
ellos se puso frente a mí para impedir
que diera siquiera un pequeño paso.
En ese momento el Comandante decidió
retirarse. Un pasillo de unos 15 metros nos
separaba. Cuando emprendió la marcha,
yo grité, como última opción
para llamar su atención: "¡Comandante,
Comandante, soy yo, la venezolana!".
Fidel volvió la vista buscando sorprendido
la voz que lo llamaba, y, al ver que me encontraba
sola y con deseos de acercarme, dio orden
a sus guardaespaldas de que me dejaran pasar.
Eran como tres anillos de seguridad. Todos
vestían pantalones negros y guayaberas
blancas. Los rostros de los guardias destilaban
antipatía hacia la intrusa, pero lo
que dice el Comandante es una estricta orden.
Estaba rodeado por cuatro guardaespaldas y
su asistente Carlitos. Uno de los escoltas,
de rostro feroz, me arrebató violentamente
el bolso. Fidel me pareció muy interesado
cuando yo le dije: "Sólo quería
darle un último abrazo". Me callé
que mi objetivo era hacerle una entrevista.
¿Y ya comiste?, me preguntó.
No... balbuceé. Me interesaba hablar
con usted...
Pues te secuestro y vienes conmigo a cenar.
En su rostro noté un gesto de simpatía.
Luego colocó su mano en mi hombro y
caminamos juntos hacia un pequeño recibidor,
desde donde entramos a un salón. Ordenó
que colocaran unos cubiertos. Después,
cortésmente, me pidió que tomara
asiento frente a él. La mesa era tipo
colonial, muy arreglada, con mantel de tela
color mostaza; los cubiertos tenían
un brillo especial, aún cuando eran
de plata; frente a cada plato titilaba el
cristal de las copas de vino.
Fidel tomó asiento en el sitio de honor.
A su izquierda, Felipe Roque, su canciller;
a su derecha Carlitos, el fiel asistente.
De entrada nos sirvieron unas toronjas (recomendadas
por el médico a Castro). Acompañábamos
con tinto español: Fidel es un degustador
de los caldos rojos españoles. En ese
momento Castro, muy simpático, comenzó
a preguntar sobre mi vida, mi familia, mi
profesión de periodista.
El día anterior, en pleno Congreso,
me había acercado -con muchas dificultades-
hasta donde se encontraba Fidel. Allí
me reuní con un grupo de periodistas
que le rodeaban y le hacían todo tipo
de preguntas. Al verme me saludó y
yo rápidamente le regalé un
libro titulado "La judía de Toledo".
Escribí una dedicatoria, mi nombre
y mi apodo: "La judía de Caracas".
Ahora, cuando estaba frente a mí, en
plena cena, recordé ese momento.
¿Cuál es tu ascendencia? me
preguntó entonces forzando un gesto
de interés.
"admirables judíos"
Comprendí que la pregunta tenía
que ver con el libro, con la dedicatoria,
con lo que yo estaba pensando en ese momento.
Fidel confesó haberlo hojeado con mucho
interés.
Mi mamá es marroquí y mi padre
uruguayo, pero de familia polaca. Cuando era
pequeña, pasaba los veranos en Tánger,
con mis abuelos...
Así que eres sefardita.
Me quedé impresionada. Más que
una conversación parecía un
interrogatorio basado en lo que el servicio
secreto cubano hubiera investigado sobre mí.
Felipe Roque, inmediatamente, acotó:
Entonces, por parte de tu padre, si él
es de origen polaco, tú eres esquenazi,
ashquenazí, así es como se dice,
¿no?
Tanto Fidel como Roque sabían mucho
sobre judíos. Fidel me confesó
que admira al pueblo hebreo: "Han subsistido
siglo tras siglo, son un pueblo admirable.
Ya ves, Marx era judío". Y jocosamente
acotó: "¿Y quién
crees que maneja la ficción del mundo?
Hollywood, la industria de los judíos".
En esos momentos Fidel con una sonrisa pícara,
mirando a Felipe Roque, exclamó riéndose:
"Óyeme, Felipe... No vaya a ser
que esta mujer sea del Mossad".
Yo me reí y sentí que me sonrojaba.
Supongo que un miembro del servicio secreto
israelí no se habría ruborizado,
así que no necesité responder
a su broma. Fidel tomó su copa de vino
y se reía mientras observaba mi reacción
disimuladamente.
El Mossad. Israel. Comenzamos a conversar
sobre Oriente Medio. Fidel condenó
la política del primer ministro israelí,
Ariel Sharon, asegurando que "está
llevando a su pueblo a la destrucción".
Entonces, ¿usted apoya únicamente
al pueblo palestino?, le pregunté.
Hay que ver que los palestinos están
viviendo lo mismo que pasaron los judíos
en la Segunda Guerra Mundial: muerte y diáspora.
El poderío militar de Israel es un
gran peligro, son poderosos. Los yanquis siempre
estarán con Israel y esa alianza de
intereses los fortalece.
¿Usted cree que si los países
árabes de Oriente Medio se unieran
a Israel, podrían convertir la región
en una gran potencia?
Fíjate que eso que tú dices
es interesante, pero acuérdate que
la política son intereses. Es difícil.
Hay factores religiosos, históricos
y territoriales que hacen difícil esa
idea.
¿Y la paz?, le pregunté.
El hombre de paz para Israel fue Rabin y uno
de los suyos lo mató. Así pasó
con Sadat en Egipto. Es el extremismo...
La conversación estaba entrando en
calor y yo cada vez me encontraba más
tranquila. Quizá sí tenga madera
para agente del Mossad. Mientras Fidel saboreaba
su último pedazo de toronja, me atreví
con un tema delicado.
¿Está circuncidado?
Comandante, dicen que usted tiene algún
vinculo familiar con el judaísmo. ¿Es
usted bautizado?
Recuerdo que tenía cinco o seis años
cuando me bautizaron en Santiago de Cuba.
En ese ambiente no había mucha religión.
Recuerdo que al que no estaba bautizado le
decían judío. Yo no sabía
qué quería decir eso. Sólo
sabía que un judío era un pájaro
que hace mucho ruido, oscuro. Creía
que ése era el único significado
de judío.
De repente, sin razonarlo, se me ocurre preguntarle:
¿Está usted circuncidado?
El Comandante, aunque parezca increíble
en un hombre con su edad y su historia, se
ha sonrojado. Él y Roque se atragantan
con la risa que les ha desatado mi pregunta.
Óyeme, Nicole. Qué osada tu
pregunta. Nunca me la habían hecho
y sigue carcajeándose. Ahorita no te
la responderé.
Fue entonces cuando se rompió el hielo
entre el Comandante y yo. Él me miraba
con su usual picardía. Era como conversar
con un amigo que sabía más de
lo que yo me imaginaba. Pero mi atrevida pregunta
le había turbado a pesar de su experiencia.
En ese instante nos trajeron el segundo plato:
arroz con pollo. El camarero era un hombre
alto y de rostro oscuro y cubierto por una
pátina (barniz duro) de cortesía
permanente. Estaba, de forma constante, muy
atento a su comandante. Fidel prefirió
tortelinis. Después me sorprendió
con una pregunta inesperada:
Nicole, ¿qué opinas sobre el
actual gobierno de [Hugo] Chávez, sobre
Venezuela hoy en día?
Era una pregunta muy comprometedora para mí,
como venezolana y periodista.
El presidente Chávez tiene gran sensibilidad
por los más necesitados, por los excluidos
de la sociedad, y eso es admirable. Pero hay
mucho desempleo e inseguridad, aventuré.
Me atreví a formularle la misma pregunta.
Castro no disimuló la simpatía
que siente hacia Chávez como político
y ser humano.
Chávez puede hacer mucho por su país
y por Latinoamérica, pero en los años
que lleva en el poder creo que ha podido hacer
más. Yo creo en él. He visto
pasar gran cantidad de mandatarios por todo
el mundo, pero Chávez tiene una sensibilidad
muy especial y realmente siente lo que hace
y dice. Algo que yo sí le aconsejaría
es que dejara un poco el tema político.
Ya sabes qué trae eso: confrontaciones.
¿Qué le aconsejaría usted
a su amigo Chávez, Comandante, como
fórmula para fortalecerse?
Que visitara más las fábricas,
a los obreros, oírlos como también
oír a los estudiantes universitarios,
sus inquietudes. Más acercamiento a
los jóvenes estudiantes de toda clase.
Son el futuro del país y Chávez
tiene el carisma para enamorarlos.
Fidel, sin embargo, descarta completamente
que Venezuela pueda vivir el mismo modelo
comunista de Cuba: "Son dos revoluciones
distintas, sólo se asemejan en la lucha
por la educación, el deporte y alimentación
de los más necesitados". La cena
estaba terminando. Trajeron natillas de postre.
A Fidel le encantan. Nos habíamos bajado
ya botella y media de vino. Felipe Roque,
mientras escuchaba nuestra conversación,
cabeceaba. Estaba medio dormido, pero pendiente
de lo que decía el Comandante. "Sí,
Comandante eh.. sí comandante",
reaccionaba entre el sueño y la realidad.
Carlitos, su asistente de 34 años,
casado, pero yo diría que también
con Fidel, mantiene con Castro una especie
de relación paterno-filial. El Comandante
continuaba bien despierto, como si fuesen
las dos de la tarde. Y ya eran las 6.45 de
la madrugada. Roque le recuerda al Comandante
que a las 12:00 tendrá un encuentro
con el embajador de Italia. Fidel le ordena
que retrase la entrevista hasta las 14.00
horas, "para dormir dos horitas a las
11.00".
Chanel le encanta
Yo fui un momento al baño, pero inmediatamente
volví. Fidel había ido al baño
también. Creía que ya se había
acabado nuestro encuentro. Le pedí
que me firmara una foto en la que saliéramos
juntos. Pregunté si me podía
acercar un poco más a él y extendió
una silla que colocó a su lado. Nos
quedamos solos en el comedor, sacó
un bolígrafo y me firmó la foto.
En su mano izquierda llevaba un reloj Casio.
Entonces le abracé.
Era una especie de aventura para mí,
y para el hombre de la barba fue un momento
inesperado. En la mesa sólo quedaban
las copas y un cuchillo. Yo era una extraña.
Fidel, el ídolo de pueblos y de muchas
damas en sus primeros y continuos años
de revolución. El amante de las mujeres,
el que las envolvía con su verbo, con
su infinito e inagotable ideal de lucha, con
un físico de altura, una romántica
y mística expresión en sus ojos,
como evocando al santísimo del África
negra. Los años pasaron por él
como por cualquier mortal, pero un espíritu
joven y eterno le acompaña. Mi perfume
Allure de Chanel le encanta y me lo hace saber.
Una dama fina siempre lleva el mejor perfume
francés, dice con galantería
socarrona.
Pero el Comandante sabía que estaba
con una joven periodista de 24 años,
que lo trató como a uno de estos hombres
sabios que te encuentras en una plaza, sentados
en un banco, con la mirada en el pasado. Miré
a Fidel directamente a los ojos y le dije
que no me había respondido si estaba
circuncidado. Volvió a ponerse rojo
y, tras unos segundos en silencio, con la
mirada pícara, respondió, pero
me pidió que no transcribiera la respuesta
en ningún artículo, que fuera
"un secreto de amigos". Y es que
Fidel guarda secretos positivos que podrían
haber cambiado su rumbo en la vida. Comenzamos
a hablar de su vida, su niñez.
¿Quiénes eran sus padres?, le
pregunté.
Mi madre se llamaba Lina. Era campesina cubana,
analfabeta, que aprendió a leer sola,
siendo adulta. Mi padre, de origen español,
de Galicia, llegó a Cuba sumamente
pobre, hijo de un campesino español
pobre. Lo enviaron a Cuba en la última
Guerra de Independencia, en 1895, como soldado
español. Se volvió otra vez
a España, pero como le gustó
Cuba...
¿Y dónde estudió usted,
Comandante?
Estudié los primeros años de
primaria con los Hermanos de La Salle, que
no son ordenados sacerdotes. Por eso, terminé
haciendo el quinto grado con los jesuitas.
¿Cómo era su vida en el campo,
donde se crió?
Fíjate que en el campo se aprende realmente
la vida. Las tierras, lo extenso del verde
incita al cuerpo.
¿Cuántos hijos tiene?, pregunté.
Se quedó pensando y tras un pequeño
silencio, puso su mano sobre la mía
y confesó:
Mi primera relación sexual fue a los
siete años, con una mujer del campo,
mayor que yo. En el campo se vive mucho la
promiscuidad, y yo sí que la viví...
¿Y tú, Nicole, con qué
años la perdiste?
Eso, Comandante, no se lo he dicho ni a mi
padre... respondo azorada. Pero como con el
doble de años que usted y un poco más.
No me dijo un número exacto de hijos,
pero esta respuesta tenía un gran significado.
Fidel me habló como un padre le hablaría
a su hija y me dijo que algo que condena en
la juventud es la promiscuidad, asegurando
que los jóvenes deben tener cuidado
con la cantidad de personas con las que se
acuestan, más que nada ahora con las
enfermedades y el Sida.
Fidel enamoró mucho, relata, pero no
fue por la poesía, género que
confiesa no dominar bien. Dice que cuando
era joven pasaba el día y la noche
leyendo y sólo interrumpía la
lectura para comer e ir al baño.
Además de Marx, ¿a qué
otro personaje histórico admira?
Aníbal , responde tajante.
El gran estratega cartaginés, con pocos
medios, puso en un brete al todopoderoso imperio
Romano. Realmente, todo lo que dice Fidel
tiene relación con su pasado y su presente.
Confiesa que la ideología marxista
lo subyugó porque él sentía
el dolor del pueblo y la necesidad de ayudarlo
para lograr el equilibrio social y eliminar
la injusticia y la pobreza. Le recuerdo sus
tiempos con el Ché Guevara. Fidel parece
perder la mirada, y con voz entrecortada responde
solamente: "Era un gran hombre (respira
profundamente), un gran luchador".
Traición de Gorbachov
Después hablamos de sus tiempos de
amistad con la URSS y con el mariscal Tito
y el Movimiento de los No Alineados, de su
decepción ante un hombre a quien admiró
al principio para contemplar después
cómo destruía la Unión
Soviética, como fue Mijail Gorbachov.
Desilusiones y golpes aparte, el Comandante
dice creer, cada día más, en
su Revolución: "Ya ves cómo
los yanquis en 41 años nunca pudieron
con nosotros. Mientras nuestros niños
ven en Internet las páginas autorizadas
de cultura y educación, ellos dejan
que sus niños se ensucien con la basura
que deja el capitalismo, la pornografía,
el materialismo...". ¿Le dirá
algo así a Jimmy Carter, primer ex
presidente estadounidense que pise suelo cubano
desde la Revolución castrista, cuando
visite la isla el próximo mes?
Son las 10:30 de la mañana. Fidel me
despide en la puerta con un cálido
abrazo. Tal vez le he dado la oportunidad
de descargar su atormentado mundo de política
y vivencias personales ante una periodista
bisoña. Nos decimos adiós. Después
sentí la tentación de verle
una última vez. Volví los ojos
y encontré la mirada profunda, anciana,
pero vivaz, de Fidel Castro, revolucionario.
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