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En el vivir cotidiano, generalmente
no nos damos cuenta de los cambios que se
van produciendo en la sociedad, a menos que
estos sean cambios drásticos; sin embargo,
cuando se trata de cambios paulatinos, estos
son prácticamente desapercibidos, simplemente
se van asumiendo conforme se van dando.
El que sean correctos o no esos cambios tal
vez sería injusto determinarlo ahora
ya que sólo el tiempo permitiría
hacer un balance de los resultados; aún
así, esos cambios seguramente fueron
inevitables, más bien, surgieron de
la propia inercia de la dinámica del
ritmo de vida.
Esto, en referencia específicamente
a la conformación diferente que hay
ahora en la estructura de la sociedad, en
aspectos tales como la división del
trabajo en el hogar; el ejercicio, valoración
y percepción de los nuevos roles de
sus integrantes; las relaciones de género;
la convivencia de distintas generaciones;
y las pautas de derechos y obligaciones alas
que ahora están sujetas los mismos
integrantes de la sociedad.
Según algunos investigadores de CONAPO,
no todos los aspectos que integran la llamada
"transición de la familia"
han cambiado al mismo tiempo ni con la misma
intensidad.
Y un aspecto interesante es el aumento en
el nivel educativo de las mujeres, su creciente
incorporación en la actividad económica
y su mayor acceso a recursos monetarios y
no monetarios, aunque esto último no
se ha traducido de manera directa y lineal
en cambios en la vida familiar ni en las relaciones
entre hombres y mujeres.
Por ejemplo, hay actualmente un proceso o
pérdida gradual en la capacidad del
hombre como proveedor único, esto en
un contexto de deterioro del poder adquisitivo
del salario, transformando la organización
doméstica y favoreciendo la negociación
de espacios de poder; sin embargo, también
ha sido fuente de conflictos y violencia al
interior de las familias.
Una posible explicación de la mayor
agresividad masculina es que los hombres ven
amenazado su papel de proveedor principal,
lo cual puede deberse a que hombres y mujeres
les asignan significados diferentes, obviamente
mediados por el género, al empleo remunerado;
al hecho que el empleo remunerado es sustancialmente
diferente de la responsabilidad de proveer
un hogar; y a que la provisión de recursos,
al ser parte del proceso de la construcción
social de género, actúa a manera
de frontera para distinguir a los hombres
de las mujeres, siendo claramente el hombre
el responsable de esta tarea desde el punto
de vista femenino y masculino.
Las consecuencias de esas transformaciones
demográficas son muchas, y uno mencionable
es que en la medida que se contrae el tamaño
del hogar, es decir, el número de los
integrantes de una familia, los ritmos de
la vida familiar también cambian.
Por ejemplo, los niños tienen menos
hermanos y primos con quiénes jugar;
las parejas pasan más tiempo haciendo
vida común sin hijos dependientes;
hay menos parientes que ayuden a cuidar a
los niños pequeños y menos hijos
que se hagan cargo de sus padres en la vejez;
además, ocurren menos nacimientos,
bodas y muertes, o cualquier otro evento familiar,
que congregue a las familias.
Asimismo, la reducción de la descendencia
ocasiona que las mujeres disminuyan el tiempo
dedicado a la crianza de los hijos, lo cual
abre el espacio para llevar a cabo otras actividades
extradomésticas, es decir, trabajar
fuera de casa.
El aumento de los hogares monoparentales,
como resultado de la mayor incidencia de separaciones
y divorcios y del incremento en la jefatura
femenina de hogar, sugiere una presencia cada
vez mayor de mujeres que enfrentan solas los
trabajos productivos y reproductivos necesarios
para llevar a cabo la subsistencia cotidiana
de sus hogares.
Ello resulta particularmente relevante si
se estima que la mayoría de los niños
que viven en hogares monoparentales permanecerá
en una familia de este tipo, encabezada generalmente
por su madre, por el resto de su niñez.
Sin embargo, la dinámica familiar no
descarta la posibilidad de que otros adultos
se incorporen, temporal o permanentemente,
a la unidad doméstica, como sería
deseable, que intervengan sistemas financieros
ajenos a la propia familia, en la reestructuración
y emergencia de las funciones familiares.
Por supuesto que los mexicanos, y por ende
los yucatecos, ya no somos los mismos que
hace cinco, 10 o quince años. Hemos
evolucionado como sociedad; la estructura
que ahora conforma la sociedad -en la que
nos hemos convertido- ha tenido una transformación
que ya sea negativa o positiva, se ha dado
sin poder siquiera esquivarlo.
Tal vez lo importante sería, intentar
-al menos- procurar darnos cuenta de estos
cambios, intentar estar conscientes de las
consecuencias de la forma de actuar que hoy
tengamos, porque si hoy nos hemos convertido
en lo que somos, como sociedad cambiante continuaremos
evolucionando, pero tenemos que tener hoy
una idea clara de qué es lo que queremos
ser en el futuro. (E.M., Mérida, Yucatán,
Méx., mayo de 2002).
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