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Las señales del ascenso de la extrema derecha al poder en Europa fueron
sucediéndose una tras otra en distintos
países de la Unión. En su momento,
las victorias de partidos nacionalistas fueron
alarmantes, pero el eco no fue suficiente
como para provocar una reacción que
hiciese reaccionar a los diversos grupos de
la izquierda o de la derecha moderada, hoy
por hoy, de frente a situaciones que corren
el riesgo de convertirse en extremismos de
la más pura usanza fascista. Quizá
el mote pueda ser exagerado, sin embargo,
el discurso que poco a poco comienza a expandirse
en varias naciones europeas posee similitudes
notables con los que devinieron en las dictaduras
y los regímenes totalitarios que más
daño causaron al siglo XX: el fascismo,
el nazismo y el comunismo.
La primera señal, proveniente de la
voluntad popular, ocurrió en Austria,
cuando en febrero de 2000 el ultraderechista
Jörg Haider, simpatizante del Tercer
Reich, obtuvo la victoria luego de una campaña
basada en argumentos populistas, xenófobos
y antieuropeístas que ya aplicados
a la vida común han hecho casi imposible
el ingreso al país de emigrantes y
refugiados, además de poner en riesgo
la unidad política actual y futura
de la Unión Europea. La segunda señal,
fue la llegada al gobierno italiano de Silvio
Berlusconi, quien fue respaldado por fascistas
"reconvertidos" y dispersos en diversas
agrupaciones de derecha; la tercera señal,
sucedió en Alemania (Hamburgo y Baviera),
en condiciones similares, pero en un país
donde el extremismo había alcanzado
-en las últimas décadas- no
más del 10%, en las urnas. En Holanda,
cuarta señal, la extrema derecha es
el primer partido, en la ciudad de Rótterdam,
como no sucedía desde la Segunda Guerra
Mundial; el programa político de aquélla
incluye el cierre de fronteras, la salida
de muchos convenios de las Naciones Unidas,
la eliminación del Parlamento Europeo,
el regreso a las escuelas pequeñas
sin computadoras y el servicio militar obligatorio,
entre otras propuestas tan retrógradas
-como puede ser el aceptar a inmigrantes que
accedan por Alemania, Francia, Reino Unido
o Dinamarca-, como absurdas -talar los árboles
que circundan la sede de gobierno para tener
"una vista mejor". Otras señales
han surgido en Amberes, Bélgica, bajo
discursos en defensa de la raza, y en Dinamarca,
donde se alcanzó el 12% de las votaciones
generales, con campañas en contra de
los inmigrantes y los homosexuales.
A pesar de los continuos brotes ultraderechistas
europeos, hizo falta un desmán mayor
para comenzar a considerar este resurgimiento
como un problema del presente que pone en
juego la situación política,
económica y social a futuro: la victoria,
en Francia, de Jean-Marie Le Penn, profesor
partidario de un nacionalismo obtuso que hace
tambalear a una de las democracias más
sólidas y ejemplares del mundo. Como
reacción ante este suceso, numerosas
manifestaciones populares han tomado las calles
-desde el 21 de abril, día de la elección-
llamando a la unidad nacional en contra de
quien, en la segunda vuelta del proceso, muy
probablemente sea vencido por Jacques Chirac
-candidato de la derecha moderada-, el próximo
cinco de mayo. De esta forma, la opción
política francesa oscila entre la derecha
liberal y la radical, sepultando a la izquierda
y reuniendo a sus dirigentes en torno a la
candidatura de Chirac, por quien los socialistas,
trotskistas y comunistas votarán con
tal de evitar un retroceso como el que puede
preverse en caso de llegar Le Penn a la presidencia.
Es notorio que el Front National -partido
fundado y encabezado por Jean-Marie Le Penn-
haya pasado -en poco tiempo- de ser un grupúsculo
estridente y molesto a convertirse en la segunda
fuerza electoral en Francia. Lo mismo sucede
con los diversos partidos y movimientos racistas,
ultraderechistas, xenófobos y/o nacionalistas
que a lo largo y ancho de la Unión
Europea han conseguido cotos de poder explotando
un discurso popular, simplista y radical,
que da soluciones fáciles y rápidas
a problemas como la inmigración, de
la cual el Viejo Continente ha sido receptor
desde tiempos ancestrales hasta nuestros días.
Así, los culpables de los problemas
de desempleo y seguridad -quizá los
dos más preocupantes para la clase
media- son los inmigrantes; la economía
se estanca, los servicios sociales son insuficientes
y los impuestos aumentan por los inmigrantes;
en resumen, esos inmigrantes que hicieron
de Europa el fundido de culturas, tradiciones
y costumbres tan notorios en España,
Holanda, Francia o Alemania, son los responsables
-bajo el discurso radical- de que los niveles
de vida hayan descendido, cuando son los gobiernos
los que han tenido poco éxito en administrar
y distribuir un flujo humano, que seguirá
siendo, mientras la riqueza fruto de la globalización
no sea administrada y distribuida con justicia.
Un ensayo del filósofo italiano Paolo
Flores d'Arcais , afirma que el renacimiento
y la consolidación como fuerzas políticas
de aquellos grupos ultranacionalistas son
"el único enemigo verdadero que
pone hoy en peligro la convivencia civil".
El miedo hacia el otro (el otro, que es la
esencia misma de las culturas que sobreviven
a la Historia, y que hoy día es más
un nosotros) ha sido un factor explotado por
los grupos de derecha extrema en posturas
y soluciones populistas y radicales, que ofrecen
respuestas rápidas que fácilmente
adquieren simpatías entre los inconformes.
Hay que resaltar que las ciudades donde estas
tendencias tienen mayor apoyo son aquellas
donde habitan mayor número de desempleados,
donde los niveles de educación son
más bajos o las que han sido incapaces
de albergar, contener o regular el flujo migratorio...
La política-espectáculo -menciona
Flores d' Arcais- ha sido la base del nacionalismo
actual y sólo puede ser vencida por
el discurso con trasfondo y propuestas, con
fundamentos que sustituyan las propagandas
mediáticas basadas en la imagen y la
mercadotecnia de estos grupos, enfocados a
desprestigiar al oponente más por su
parecer que por su pensar; el discurso vacío,
populista y simplista, representa un retroceso
-novedoso en Europa y tan tradicional en América
Latina- en la manera de hacer política,
pero es también un poderoso trampolín
hacia la victoria y por desgracia ha sido
una opción plausible para muchos candidatos
extremistas, que ya suman una presencia notable
y preocupante en las filas de los gobiernos
europeos.
Fascismo, porque se sustenta en la defensa
del nacionalismo radical. Fascismo, porque
se apoya en el sentimiento de miedo e inseguridad,
presente en las clases más bajas y
lo utiliza para convencer, para convenir.
Pero los paralelismos son también históricos:
"A finales del siglo pasado, en Viena,
la llegada masiva de judíos de Rusia
huyendo de los pogromos zaristas generaron
unos miedos entre las clases bajas vienesas
que encumbraron al alcalde Karl Lueger, gran
líder del antisemitismo ideológico
y referencia imprescindible para Hitler en
su libro Mein Kempf". "El fascismo
llegó al poder en el pasado gracias
a la complicidad de gente que no sabían
de manera clara al principio lo que vendría
de aquellos gobiernos y regímenes que
apoyaban, confiando en que pondrían
orden donde había caos, garantizarían
la seguridad, el empleo, y limpiarían
la sociedad nacional de indeseables extranjeros".
Pero la victoria -de derecha o izquierda-
pertenece a la democracia, al voto, a la decisión
popular. Si la población sufraga a
favor de uno u otro, es por lo atractivo que
sean los programas, discursos o propuestas.
Cuando no hay propuesta o ésta se pierde
en un limbo de promesas incumplidas, la nueva
opción se torna ideal, adopta la bandera
de el cambio.
Imágenes
1.- Poco adepto a la televisión, intenté
sintonizar algún canal que proyectase
las manifestaciones contra Le Penn en Francia.
El poco interés me suele llevar a caer
en esa odiosa práctica del zapping
que transcurre de escena en escena como una
película sin inicio o final. Lo primero
que detuvo mi atención -más
de diez minutos- fue una entrevista al Canciller
Jorge Castañeda, en la que afirmaba
estar dispuesto a dialogar con los inconformes
del PAN o del PRI, en materia de política
exterior, pero no con los otros partidos,
cuyas diferencias con el Ejecutivo "son
diametrales" y hacen imposible el intercambio
de ideas... A pesar de creer que cualquier
secretario de gobierno y cualquier gobierno
debe ser capaz de entablar acuerdos con la
fracción parlamentaria y con la oposición
que sea, considero que hacerlo con quien ofrece
desagravios ante gobiernos asesinos y criminales
es inútil, terco y absurdo, pues es
imposible que se empalme quien venera la vida
y quien celebra la muerte perpetrada por cobardes.
2.- El encuentro con la TV dejó, creo
del canal de la Televisión Española,
una imagen conmovedora y ejemplar de lo que
la solidaridad europea puede ser y ha sido
desde hace mucho: Jean-Marie le Penn entraba
al Parlamento Europeo, en Bruselas, rodeado
de abucheos y protestas; detrás suyo,
una mujer sostenía un cartel que rezaba:
"Franceses disidentes: Bélgica
los espera".
(C.C.L., Ciudad de México, mayo de
2002). xsharly@hotmail.com
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