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Obregón, preludio de muerte para los católicos
Adolfo
de la Huerta fue nombrado por el Congreso presidente interino para
terminar el período de Carranza hasta el 30 de noviembre
de 1920, permitiendo la apertura de las iglesias cerradas durante
la administración carrancista.
En
las elecciones presidenciales de aquel año resultó
electo Álvaro Obregón, quien tomó posesión
el 1º de diciembre. Nombró secretario de Gobernación
a Plutarco Elías Calles, a De la Huerta en Hacienda y al
Gral. Benjamín Hill como Ministro de Guerra; aunque este
último murió misteriosamente envenenado dos semanas
después de recibir su nombramiento.
Álvaro
Obregón alcanzó la presidencia a los cuarenta años,
eliminando uno a uno a sus enemigos o a quien considerara su rival.
Él ordenó los asesinatos de Villa, Felipe Ángeles,
Diéguez, Lucio Blanco, el Gral. Murguía, Benjamín
Hill... la lista podría ser inacabable; incluyendo en ella
a Carranza, quien con su muerte le dejó libre el camino para
su ambición más deseada: la silla presidencial (Ramón
Puente, La Dictadura, p.184 y sig.).
Siendo
un demagogo y con la finalidad de ganarse el apoyo de las masas,
Obregón se hizo pasar como socialista y enemigo del capitalismo,
al igual que Calles y Lázaro Cárdenas. Era imposible
que pudiese poseer mentalidad socialista porque era inmensamente
rico, pero utilizó el radicalismo del socialismo contra toda
religión, especialmente la católica.
El
anticatolicismo del régimen obregonista fue haciéndose
evidente tan pronto su líder tuvo el control del gobierno
en sus manos. Las provocaciones encubiertas comenzaron el 8 de febrero
de 1921, cuando una bomba estalló en la residencia del Arzobispo
Primado de México, a quien Obregón acusó inmediatamente
de ser el culpable por sus sermones en contra del socialismo. Pocos
meses después, el 12 de mayo, un grupo de socialistas hizo
ondear la bandera roja en las torres de las catedrales de México
y Morelia, Michoacán, lugar este último donde las
aireadas reclamaciones de los católicos hicieron que la policía
disparara sobre la multitud matando a cinco personas e hiriendo
a muchas más.
El
14 de noviembre, otro acto dinamitero tuvo lugar; en la Basílica
de Guadalupe una bomba estalló a los pies de la Sma. Virgen.
Después se supo que el culpable había sido un empleado
de la secretaría particular de Obregón. A pesar de
las protestas de los fieles de la Iglesia, el Presidente brindó
protección al impío.
El
1º de mayo de 1922, un grupo de choque de socialistas armados
asaltó las instalaciones de la Acción Católica
en la Cd. de México, donde destruyeron una imagen de la Virgen
de Guadalupe. La policía obregonista fue testigo del acto
pero no intervino.
Si
Álvaro Obregón no persiguió abiertamente a
la Iglesia durante los dos primeros años de su régimen,
fue porque los EU. no lo habían reconocido. La situación
cambió a partir de agosto de 1923, pues al reanudarse las
relaciones diplomáticas; el lobo disfrazado con piel de oveja
comenzó a mostrar su verdadera cara.
El
primer golpe directo a la Iglesia Católica se produjo cuando
un grupo de católicos decidió construir un monumento
a Cristo Rey en el centro geográfico de la República
Mexicana, en lo alto del cerro del Cubilete, en Guanajuato. Se pidió
entonces a Mons. Ernesto Filippi, delegado Apostólico del
Vaticano en el país, que bendijera y pusiera la primera piedra;
acto realizado el 11 de febrero de 1923 ante cincuenta mil peregrinos
de toda la nación.
Era
la oportunidad que el gobierno revolucionario estaba esperando.
Como el Art. 24º de la Constitución de 1917 prohíbe
los actos de culto fuera de los templos, la administración
obregonista, por medio del secretario de Gobernación Plutarco
Elías Calles, decidió que Mons. Filippi había
violado la Carta Magna y Obregón sentenció que, si
el Delegado Apostólico lo había hecho, procedía
su expulsión del país; por tanto, le dio tres días
para abandonarlo.
Los
obispos mexicanos protestaron enérgicamente, las reclamaciones
de los católicos cundieron por toda la República,
la Secretaría de Estado del Vaticano pidió un aplazamiento
a la orden. Pero fue inútil. Calles y Obregón insistieron
en su ridícula e injusta acusación y el representante
papal tuvo que abandonar el país.
Los
vientos de persecución iban intensificándose a lo
largo y ancho de la nación. El 7 de junio de 1924, Obregón
nombró como gobernador de Tabasco nuevamente a Tomás
Garrido Canabal, un déspota e iracundo jacobino que se convertiría
en el peor azote de la Iglesia Católica en la historia de
México.
Mientras
estas y muchas otras tribulaciones sufría la Iglesia por
parte de los obregonistas, las elecciones presidenciales de 1924
se habían celebrado, resultando vencedor Plutarco Elías
Calles. Su toma de posesión sería el 1º de diciembre.
Para
celebrar su triunfo, el gobierno de la Revolución desató
otro conflicto con la Iglesia Católica. En octubre de aquel
año, los católicos realizarían un Congreso
Eucarístico Nacional. El comité organizador había
arreglado todo lo concerniente a los permisos y se previó
efectuar la procesión de clausura en un parque privado de
la Cd. de México: el parque Lira. A causa de la alegría
que entre los feligreses trajo tan magno acontecimiento, estos decidieron
adornar los frentes de sus casas con banderas y adornos de diferentes
formas.
De
pronto, en pleno Congreso, el 8 de octubre, Álvaro Obregón
denunció que se estaba violando la ley de cultos al adornar
las fachadas de las casas y emitió un decreto por el que
cesaba a todos los empleados del gobierno que hubiesen participado
en el Congreso o adornado sus casas. De la noche a la mañana,
miles de personas se quedaron sin empleo como resultado de sus creencias
religiosas.
En
el Cubilete ya había retumbado el grito de ¡viva Cristo
Rey!, como augurando la disposición de los católicos
mexicanos a morir en defensa de la religión que les habían
inculcado sus padres. Tiempos muy difíciles se perfilaban
para la Iglesia ante la llegada al poder del brutal gobierno de
Plutarco Elías Calles. La mayor tribulación estaba
a punto de llegar y miles de católicos habrían de
verter su sangre por Jesucristo.
(C.A.S.B.,
Mérida, Yucatán, Méx., noviembre de 2002)
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