home - ediciones anteriores - suscripciones - quienes somos - links - contacto
Editorial
Contacto
Tunkul Político
La Caminera
Cinco minutos de Umán
Crónicas de mi ciudad
Los diputados incumplen un expreso...
"Pancho Cachondo" en acción...
La CNC ya no tiene razón de ser
Niños que quieren ser artistas,...
El PRI no ha sabido ser oposición
Lectorio XXVI
Entre sorbos de café
La diputada Beatriz Zavala quiere ser...
Carlos A. Sarabia Barrera
¿Es culpa de Fox...?
Juan Octavio Cano Cicero
Secuestran a un periodista
Gabriel Salomón González
Los cambios en la radio
César Rovelo Jiménez
Intensificación de maniobras en el PRI
Róger Aguilar Salazar
Muchas evaluaciones y pocos recursos
Fernando Pacheco Bailón
Crisis de las élites electorales priístas
José R. Menéndez Navarrete
¿Permisos inexplicables?
Alejandro López Munguía
El PRI no ha muerto, sigue vivo...
Jorge Iván Gamboa Bustamante
Campeche, priísmo desconcertado
Luis Espadas Gómez
Elecciones en Campeche - Rumbo 2003
Carlos A. Sarabia Barrera
Tribulaciones católicas... (XV)
Ariel Ruiz Mondragón
Un anglogallo pícaro
Freddy A. Heredia Durán
funcionarios que no cumplen...
Lorenzo Carrillo Alcalá
Transparencia
Municipio de Solidaridad
Ayuntamiento de Tekax
Gob. de Quintana Roo
Gob. de Campeche
Mérida,
 

Tribulaciones católicas en el México Independiente (XV)

Por Carlos A. Sarabia Barrera
 


Obregón, preludio de muerte para los católicos

Adolfo de la Huerta fue nombrado por el Congreso presidente interino para terminar el período de Carranza hasta el 30 de noviembre de 1920, permitiendo la apertura de las iglesias cerradas durante la administración carrancista.

En las elecciones presidenciales de aquel año resultó electo Álvaro Obregón, quien tomó posesión el 1º de diciembre. Nombró secretario de Gobernación a Plutarco Elías Calles, a De la Huerta en Hacienda y al Gral. Benjamín Hill como Ministro de Guerra; aunque este último murió misteriosamente envenenado dos semanas después de recibir su nombramiento.

Álvaro Obregón alcanzó la presidencia a los cuarenta años, eliminando uno a uno a sus enemigos o a quien considerara su rival. Él ordenó los asesinatos de Villa, Felipe Ángeles, Diéguez, Lucio Blanco, el Gral. Murguía, Benjamín Hill... la lista podría ser inacabable; incluyendo en ella a Carranza, quien con su muerte le dejó libre el camino para su ambición más deseada: la silla presidencial (Ramón Puente, La Dictadura, p.184 y sig.).

Siendo un demagogo y con la finalidad de ganarse el apoyo de las masas, Obregón se hizo pasar como socialista y enemigo del capitalismo, al igual que Calles y Lázaro Cárdenas. Era imposible que pudiese poseer mentalidad socialista porque era inmensamente rico, pero utilizó el radicalismo del socialismo contra toda religión, especialmente la católica.

El anticatolicismo del régimen obregonista fue haciéndose evidente tan pronto su líder tuvo el control del gobierno en sus manos. Las provocaciones encubiertas comenzaron el 8 de febrero de 1921, cuando una bomba estalló en la residencia del Arzobispo Primado de México, a quien Obregón acusó inmediatamente de ser el culpable por sus sermones en contra del socialismo. Pocos meses después, el 12 de mayo, un grupo de socialistas hizo ondear la bandera roja en las torres de las catedrales de México y Morelia, Michoacán, lugar este último donde las aireadas reclamaciones de los católicos hicieron que la policía disparara sobre la multitud matando a cinco personas e hiriendo a muchas más.

El 14 de noviembre, otro acto dinamitero tuvo lugar; en la Basílica de Guadalupe una bomba estalló a los pies de la Sma. Virgen. Después se supo que el culpable había sido un empleado de la secretaría particular de Obregón. A pesar de las protestas de los fieles de la Iglesia, el Presidente brindó protección al impío.

El 1º de mayo de 1922, un grupo de choque de socialistas armados asaltó las instalaciones de la Acción Católica en la Cd. de México, donde destruyeron una imagen de la Virgen de Guadalupe. La policía obregonista fue testigo del acto pero no intervino.

Si Álvaro Obregón no persiguió abiertamente a la Iglesia durante los dos primeros años de su régimen, fue porque los EU. no lo habían reconocido. La situación cambió a partir de agosto de 1923, pues al reanudarse las relaciones diplomáticas; el lobo disfrazado con piel de oveja comenzó a mostrar su verdadera cara.

El primer golpe directo a la Iglesia Católica se produjo cuando un grupo de católicos decidió construir un monumento a Cristo Rey en el centro geográfico de la República Mexicana, en lo alto del cerro del Cubilete, en Guanajuato. Se pidió entonces a Mons. Ernesto Filippi, delegado Apostólico del Vaticano en el país, que bendijera y pusiera la primera piedra; acto realizado el 11 de febrero de 1923 ante cincuenta mil peregrinos de toda la nación.

Era la oportunidad que el gobierno revolucionario estaba esperando. Como el Art. 24º de la Constitución de 1917 prohíbe los actos de culto fuera de los templos, la administración obregonista, por medio del secretario de Gobernación Plutarco Elías Calles, decidió que Mons. Filippi había violado la Carta Magna y Obregón sentenció que, si el Delegado Apostólico lo había hecho, procedía su expulsión del país; por tanto, le dio tres días para abandonarlo.

Los obispos mexicanos protestaron enérgicamente, las reclamaciones de los católicos cundieron por toda la República, la Secretaría de Estado del Vaticano pidió un aplazamiento a la orden. Pero fue inútil. Calles y Obregón insistieron en su ridícula e injusta acusación y el representante papal tuvo que abandonar el país.

Los vientos de persecución iban intensificándose a lo largo y ancho de la nación. El 7 de junio de 1924, Obregón nombró como gobernador de Tabasco nuevamente a Tomás Garrido Canabal, un déspota e iracundo jacobino que se convertiría en el peor azote de la Iglesia Católica en la historia de México.

Mientras estas y muchas otras tribulaciones sufría la Iglesia por parte de los obregonistas, las elecciones presidenciales de 1924 se habían celebrado, resultando vencedor Plutarco Elías Calles. Su toma de posesión sería el 1º de diciembre.

Para celebrar su triunfo, el gobierno de la Revolución desató otro conflicto con la Iglesia Católica. En octubre de aquel año, los católicos realizarían un Congreso Eucarístico Nacional. El comité organizador había arreglado todo lo concerniente a los permisos y se previó efectuar la procesión de clausura en un parque privado de la Cd. de México: el parque Lira. A causa de la alegría que entre los feligreses trajo tan magno acontecimiento, estos decidieron adornar los frentes de sus casas con banderas y adornos de diferentes formas.

De pronto, en pleno Congreso, el 8 de octubre, Álvaro Obregón denunció que se estaba violando la ley de cultos al adornar las fachadas de las casas y emitió un decreto por el que cesaba a todos los empleados del gobierno que hubiesen participado en el Congreso o adornado sus casas. De la noche a la mañana, miles de personas se quedaron sin empleo como resultado de sus creencias religiosas.

En el Cubilete ya había retumbado el grito de ¡viva Cristo Rey!, como augurando la disposición de los católicos mexicanos a morir en defensa de la religión que les habían inculcado sus padres. Tiempos muy difíciles se perfilaban para la Iglesia ante la llegada al poder del brutal gobierno de Plutarco Elías Calles. La mayor tribulación estaba a punto de llegar y miles de católicos habrían de verter su sangre por Jesucristo.

(C.A.S.B., Mérida, Yucatán, Méx., noviembre de 2002)




 


Copyright © 2001
La Revista Peninsular, S.A. de C.V.,
Calle 35 #489 x 52 y 54, Centro,
Mérida, Yucatán, México. Derechos Reservados.
revista@sureste.com