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Crisis de las élites electorales priístas

Por Fernando Pacheco Bailón
 
Tras la celebración de las elecciones del 6 de julio de 1997, en las que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió dos gubernaturas, la jefatura de gobierno del Distrito Federal y, por primera vez en su historia, la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, el sistema de partidos mexicano se transformó drásticamente. De los 500 escaños, el PRI ganó 239; el PRD 125; el PAN 121 y los demás 15. Declina el "hegemonismo pragmático" y se erige en su lugar un régimen de competencia electoral libre y justo. Es el umbral de una era con características inéditas en México, que a la vez implica enormes retos para los partidos políticos.

El "hegemonismo pragmático" fue descrito por Sartori al definir aquellos regímenes donde no existe competencia electoral equitativa y democrática pero tampoco prevalece una ideología totalizadora que justifique la preponderancia de un solo partido político, y donde actúan con cierta libertad formaciones de oposición encargadas de presentar a la entidad hegemónica un antagonismo "leal". Según el politólogo italiano: ...el partido hegemónico no permite una competencia oficial por el poder, ni una competencia de facto. Se permite que existan otros partidos, pero como partidos de segunda, autorizados; pues no se les permite competir con el partido hegemónico en términos antagónicos y en pie de igualdad. No sólo no se produce de hecho la alternación; no puede ocurrir, dado que ni siquiera se contempla la posibilidad de una rotación en el poder...
Es difícil establecer con precisión, en el dudoso caso en que esto fuera posible, ¿cuándo comenzó el declive del PRI? Pero lo cierto es que es desde las polémicas elecciones de 1988 dicha decadencia se hizo evidente. El PRI había dejado de ser invencible: ya no contaba con la casi unanimidad de la que gozó por mucho tiempo, y parecía abierta la eventualidad de apartarlo del poder por la vía electoral.

Para Pedro Aguirre la gran paradoja del PRI reside en que pese a ser un partido gobernante por un tiempo muy prolongado, su fortaleza institucional ha sido relativamente débil hasta el momento. Jamás ha funcionado como una organización independiente dueña de vida propia, lo intenta serlo ahora sin su cabeza principal, el presidente de la República a raíz de que perdiera los comicios más importantes en el año 2000. El PRI, se caracterizó en un presidencialismo rígido y vertical, fue órgano de control en las manos del todopoderoso jefe del Ejecutivo, quien le imponía a placer dirigentes y candidatos, y le ordenaba ajustarse a sus líneas programáticas. La tarea de este partido consistía en mantener disciplinada a la clase política y en controlar a los grupos sociales adscritos a su estructura, notoriamente la clase obrera organizada en el sindicalismo oficial, los campesinos, la burocracia y las denominadas "organizaciones populares" mediante esquemas puramente clientelistas.
La legitimidad del PRI se basaba no en el voto sino en el clientelismo. Al mismo tiempo, mantenía organizada y disciplinada a la clase política mediante promesas de ascenso social y económico. Dentro del PRI y siguiendo las reglas del juego todo era posible; pero fuera del partido era muy poco lo que se podía hacer. Por años, dedicarse a la política oficial fue un eficiente canal de movilidad social. Muy pocos eran quienes se aventuraban a militar en las filas de la oposición (personajes con "alma de misioneros", se decía que eran), y peor les iba a los tránsfugas que probaban suerte abandonando el sendero priísta. Sin embargo, a pesar de su aparente influencia, el PRI tenía poco peso en la estructura real del poder. Sus legisladores aprobaban todo lo que el Ejecutivo enviaba para su consideración, sus gobernadores obedecían al Presidente o se iban, y su dirigencia era absolutamente inocua frente a la inmensa potestad del mandatario, a la que todo le debían.

Con el tiempo, la multiplicación -en número e influencia- de los grupos sociales no orientados a la lógica del clientelismo priísta y que, por lo tanto, ocupaban el control del partido oficial (tales como profesionales, empresarios, clases medias y otros) fue mermando al sistema. Así mismo, las recurrentes y cada vez más graves turbulencias y crisis económicas hacían que ya no "hubiera de todo para todos" y la capacidad de gestión del PRI conoció sus límites. Evidentemente, al entrar el clientelismo en dificultades la legitimidad priísta comenzó a erosionarse. Ya no era posible atender efectivamente las necesidades de los grupos corporativizados. Las demandas en pro de la democratización iban en aumento acicateadas por los profundos cambios en el panorama nacional y por la acelerada democratización de las naciones de América Latina. Como lo ha descrito el politólogo José Antonio Crespo, a partir de los años ochenta se empezó a vivir en México un tránsito en los criterios referidos a la legitimidad, pasando "de una legitimidad de gestión a una legitimidad de origen"

La clase política tradicional, es decir, la que se formó en los cauces del partido oficial, comenzó a sentirse desplazada por "camarillas tecnócratas". Ser un político de carrera en el PRI estaba dejando de ser un canal seguro de ascenso social y, lógicamente, de la fidelidad cayó en entredicho. La escisión de la Corriente Democrática del PRI, ocurrida a finales de 1987, fue provocada más por la nostalgia populista que por una vocación genuinamente democrática de sus líderes, y por el hecho de que consideraban al presidente De la Madrid y a sus allegados como un "grupo de financieros" que se había enquistado en el poder y que parecía un círculo cada vez más cerrado y recelosos de compartir el gobierno.

Con las difíciles elecciones de 1988 se agravó la crisis del PRI. Lo peor es que el partido estaba maniatado por su sumisión al Presidente. Era en realidad sostiene Aguirre "un coloso con pies de barro", incapaz de una iniciativa que propiciara su modernización. La gota que derramó el vaso fue la presidencia de Carlos Salinas, quien en mucho ha sido uno de los mandatarios más personalistas e intransigentes de México. Con Salinas, el sometimiento del PRI a la voluntad presidencial llegó a su máxima expresión. Sin embargo, las cosas parecían marchar bien. Los buenos resultados económicos obtenidos en el auge del salinismo que el PRI saliera vencedor absoluto en las elecciones intermedias de 1991, con un resultado "como en los buenos tiempos". Empero, se mantenían soterrados los rencores de los grupos desplazados, los cuales no tardarían en salir abruptamente. En 1994, el espejismo salinista feneció. Los asesinatos políticos de ese año fueron la violenta manifestación de grandes pugnas al interior del partido. La crisis económica y la posterior defenestración de Salinas, ejemplificada con el apresamiento del "hermano incómodo" Raúl Salinas y el destierro de Dublín, devastaron irremediablemente el prestigio y la popularidad del PRI, que comenzó a perder elecciones locales a un ritmo increíble. Hasta la fecha, como si fuera una maldición, este partido carga el pesado fardo del brutal legado.

Tenemos entonces que la crisis de representatividad del PRI se da no tanto, como ha sucedido en partidos de otros países, por abandonar una línea ideológica específica, ya que el PRI es famoso por un pragmatismo para muchos excesivo, sino por la incapacidad de atender las tareas de sus afiliados y su clase política. Así mismo, las alteraciones económicas padecidas en los años ochenta acarrearon cambios estructurales de la sociedad y la economía que limitaron la capacidad de alcance del Estado mexicano, fundamentalmente dirigista y paternalista por tradición. El reto del PRI es modernizarse para convertirse en un verdadero partido competitivo que represente una alternativa de gobierno moderna y coherente.

Poco después de las elecciones en 1997, el PRI no pudo reaccionar con rapidez a las nuevas condiciones y la oposición se adelantó formando un bloque parlamentario con 261 de los quinientos diputados, logrando imponer sus criterios a la bancada priísta y elegir la mesa directiva. Es decir, el Revolucionario Institucional fue víctima de su propia verticalidad. En palabras del ex diputado y ex militante de este partido y ahora gobernador de Zacatecas Ricardo Monreal:

"No reparamos en los pasos estratégicos que nuestros adversarios estaban dando, y de haberlo hecho habríamos encontrado el camino adecuado para actuar a tiempo con firmeza y responsabilidad. La oposición percibió nuestros titubeos y nuestro desconcierto, y advirtieron que estaban basados en una tendencia a la práctica inveterada de adecuar a los tiempos políticos a nuestra dinámica interna... Ante la nueva realidad que imponía operar con agilidad y audacia frene a la oposición, el partido actuó bajo la creencia de que las cosas se mantendrían dentro de los cauces normales y que nada grave ocurriría".


 


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