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Tras la
celebración de las elecciones del 6 de julio de 1997, en las
que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió dos
gubernaturas, la jefatura de gobierno del Distrito Federal y, por
primera vez en su historia, la mayoría absoluta en la Cámara
de Diputados, el sistema de partidos mexicano se transformó
drásticamente. De los 500 escaños, el PRI ganó
239; el PRD 125; el PAN 121 y los demás 15. Declina el "hegemonismo
pragmático" y se erige en su lugar un régimen de
competencia electoral libre y justo. Es el umbral de una era con características
inéditas en México, que a la vez implica enormes retos
para los partidos políticos.
El
"hegemonismo pragmático" fue descrito por Sartori
al definir aquellos regímenes donde no existe competencia
electoral equitativa y democrática pero tampoco prevalece
una ideología totalizadora que justifique la preponderancia
de un solo partido político, y donde actúan con cierta
libertad formaciones de oposición encargadas de presentar
a la entidad hegemónica un antagonismo "leal".
Según el politólogo italiano: ...el partido hegemónico
no permite una competencia oficial por el poder, ni una competencia
de facto. Se permite que existan otros partidos, pero como partidos
de segunda, autorizados; pues no se les permite competir con el
partido hegemónico en términos antagónicos
y en pie de igualdad. No sólo no se produce de hecho la alternación;
no puede ocurrir, dado que ni siquiera se contempla la posibilidad
de una rotación en el poder...
Es difícil establecer con precisión, en el dudoso
caso en que esto fuera posible, ¿cuándo comenzó
el declive del PRI? Pero lo cierto es que es desde las polémicas
elecciones de 1988 dicha decadencia se hizo evidente. El PRI había
dejado de ser invencible: ya no contaba con la casi unanimidad de
la que gozó por mucho tiempo, y parecía abierta la
eventualidad de apartarlo del poder por la vía electoral.
Para
Pedro Aguirre la gran paradoja del PRI reside en que pese a ser
un partido gobernante por un tiempo muy prolongado, su fortaleza
institucional ha sido relativamente débil hasta el momento.
Jamás ha funcionado como una organización independiente
dueña de vida propia, lo intenta serlo ahora sin su cabeza
principal, el presidente de la República a raíz de
que perdiera los comicios más importantes en el año
2000. El PRI, se caracterizó en un presidencialismo rígido
y vertical, fue órgano de control en las manos del todopoderoso
jefe del Ejecutivo, quien le imponía a placer dirigentes
y candidatos, y le ordenaba ajustarse a sus líneas programáticas.
La tarea de este partido consistía en mantener disciplinada
a la clase política y en controlar a los grupos sociales
adscritos a su estructura, notoriamente la clase obrera organizada
en el sindicalismo oficial, los campesinos, la burocracia y las
denominadas "organizaciones populares" mediante esquemas
puramente clientelistas.
La legitimidad del PRI se basaba no en el voto sino en el clientelismo.
Al mismo tiempo, mantenía organizada y disciplinada a la
clase política mediante promesas de ascenso social y económico.
Dentro del PRI y siguiendo las reglas del juego todo era posible;
pero fuera del partido era muy poco lo que se podía hacer.
Por años, dedicarse a la política oficial fue un eficiente
canal de movilidad social. Muy pocos eran quienes se aventuraban
a militar en las filas de la oposición (personajes con "alma
de misioneros", se decía que eran), y peor les iba a
los tránsfugas que probaban suerte abandonando el sendero
priísta. Sin embargo, a pesar de su aparente influencia,
el PRI tenía poco peso en la estructura real del poder. Sus
legisladores aprobaban todo lo que el Ejecutivo enviaba para su
consideración, sus gobernadores obedecían al Presidente
o se iban, y su dirigencia era absolutamente inocua frente a la
inmensa potestad del mandatario, a la que todo le debían.
Con
el tiempo, la multiplicación -en número e influencia-
de los grupos sociales no orientados a la lógica del clientelismo
priísta y que, por lo tanto, ocupaban el control del partido
oficial (tales como profesionales, empresarios, clases medias y
otros) fue mermando al sistema. Así mismo, las recurrentes
y cada vez más graves turbulencias y crisis económicas
hacían que ya no "hubiera de todo para todos" y
la capacidad de gestión del PRI conoció sus límites.
Evidentemente, al entrar el clientelismo en dificultades la legitimidad
priísta comenzó a erosionarse. Ya no era posible atender
efectivamente las necesidades de los grupos corporativizados. Las
demandas en pro de la democratización iban en aumento acicateadas
por los profundos cambios en el panorama nacional y por la acelerada
democratización de las naciones de América Latina.
Como lo ha descrito el politólogo José Antonio Crespo,
a partir de los años ochenta se empezó a vivir en
México un tránsito en los criterios referidos a la
legitimidad, pasando "de una legitimidad de gestión
a una legitimidad de origen"
La
clase política tradicional, es decir, la que se formó
en los cauces del partido oficial, comenzó a sentirse desplazada
por "camarillas tecnócratas". Ser un político
de carrera en el PRI estaba dejando de ser un canal seguro de ascenso
social y, lógicamente, de la fidelidad cayó en entredicho.
La escisión de la Corriente Democrática del PRI, ocurrida
a finales de 1987, fue provocada más por la nostalgia populista
que por una vocación genuinamente democrática de sus
líderes, y por el hecho de que consideraban al presidente
De la Madrid y a sus allegados como un "grupo de financieros"
que se había enquistado en el poder y que parecía
un círculo cada vez más cerrado y recelosos de compartir
el gobierno.
Con
las difíciles elecciones de 1988 se agravó la crisis
del PRI. Lo peor es que el partido estaba maniatado por su sumisión
al Presidente. Era en realidad sostiene Aguirre "un coloso
con pies de barro", incapaz de una iniciativa que propiciara
su modernización. La gota que derramó el vaso fue
la presidencia de Carlos Salinas, quien en mucho ha sido uno de
los mandatarios más personalistas e intransigentes de México.
Con Salinas, el sometimiento del PRI a la voluntad presidencial
llegó a su máxima expresión. Sin embargo, las
cosas parecían marchar bien. Los buenos resultados económicos
obtenidos en el auge del salinismo que el PRI saliera vencedor absoluto
en las elecciones intermedias de 1991, con un resultado "como
en los buenos tiempos". Empero, se mantenían soterrados
los rencores de los grupos desplazados, los cuales no tardarían
en salir abruptamente. En 1994, el espejismo salinista feneció.
Los asesinatos políticos de ese año fueron la violenta
manifestación de grandes pugnas al interior del partido.
La crisis económica y la posterior defenestración
de Salinas, ejemplificada con el apresamiento del "hermano
incómodo" Raúl Salinas y el destierro de Dublín,
devastaron irremediablemente el prestigio y la popularidad del PRI,
que comenzó a perder elecciones locales a un ritmo increíble.
Hasta la fecha, como si fuera una maldición, este partido
carga el pesado fardo del brutal legado.
Tenemos
entonces que la crisis de representatividad del PRI se da no tanto,
como ha sucedido en partidos de otros países, por abandonar
una línea ideológica específica, ya que el
PRI es famoso por un pragmatismo para muchos excesivo, sino por
la incapacidad de atender las tareas de sus afiliados y su clase
política. Así mismo, las alteraciones económicas
padecidas en los años ochenta acarrearon cambios estructurales
de la sociedad y la economía que limitaron la capacidad de
alcance del Estado mexicano, fundamentalmente dirigista y paternalista
por tradición. El reto del PRI es modernizarse para convertirse
en un verdadero partido competitivo que represente una alternativa
de gobierno moderna y coherente.
Poco
después de las elecciones en 1997, el PRI no pudo reaccionar
con rapidez a las nuevas condiciones y la oposición se adelantó
formando un bloque parlamentario con 261 de los quinientos diputados,
logrando imponer sus criterios a la bancada priísta y elegir
la mesa directiva. Es decir, el Revolucionario Institucional fue
víctima de su propia verticalidad. En palabras del ex diputado
y ex militante de este partido y ahora gobernador de Zacatecas Ricardo
Monreal:
"No
reparamos en los pasos estratégicos que nuestros adversarios
estaban dando, y de haberlo hecho habríamos encontrado el
camino adecuado para actuar a tiempo con firmeza y responsabilidad.
La oposición percibió nuestros titubeos y nuestro
desconcierto, y advirtieron que estaban basados en una tendencia
a la práctica inveterada de adecuar a los tiempos políticos
a nuestra dinámica interna... Ante la nueva realidad que
imponía operar con agilidad y audacia frene a la oposición,
el partido actuó bajo la creencia de que las cosas se mantendrían
dentro de los cauces normales y que nada grave ocurriría".
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