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La intolerancia desata la guerra...
Fue
el 14 de junio de 1926 cuando Plutarco Elías Calles dio a
conocer su nuevo Código Penal que hacía más
intolerantes e intolerables las disposiciones de la Constitución.
Este código penal fue conocido como la Ley Calles o la 515,
y se refería exclusivamente a delitos e infracciones en el
campo religioso. La Ley Calles constaba de 33 artículos,
le declaraba abiertamente la guerra a la Iglesia Católica
y advertía que, quien no la obedeciera, sería castigado.
Nos
alargaríamos demasiado si, aun resumidos, tuviéramos
que anotar los artículos más importantes de tan mencionada
Ley. Pero sí es posible decir que fue concebida para dañar
directamente a la Iglesia y a sus fieles. Apegados a ella, los enemigos
de la religión católica desencadenarían la
peor persecución que se tenga memoria en la historia de México.
Miles de mexicanos se sacrificarían en respuesta al desafío
que Calles les planteaba.
Ante
una situación que día a día se hacía
más difícil, su santidad el Papa Pío XI designó
a Mons. Jorge Caruana como Delegado Apostólico. Éste
llegó a México el 4 de marzo de 1926 y, aunque se
cuidó de no infringir las leyes callistas, el 12 de mayo
del mismo año fue notificado de su expulsión del país,
dándosele tres días para abandonarlo.
Como
premio por "sus señalados hechos en la reconstrucción
de las condiciones del país", el presidente Calles fue
condecorado por la Logia masónica de Washington. Dicha "reconstrucción"
se basaba en la perversa Ley que lleva su nombre y que acotaba el
trabajo de la Iglesia (García Gutiérrez y Pallarés,
La Persecución Religiosa en México, p.135). Siendo
que la Ley Calles entraría en vigor el 31 de julio de 1926,
el gobierno exigió a los obispos mexicanos que definiesen
su posición respecto a ella. Ante los innumerables obstáculos
que ponían esta ley y otras existentes, el Episcopado mexicano
decidió que no era posible obligar al pueblo a aceptar tal
cantidad de injusticias; por tanto, resolvió comenzar la
resistencia suprimiendo el culto público en todo el país
a partir del 1º de agosto de aquel año.
Esta
decisión no la tomó sola la jerarquía sino
que la consultó al Vaticano y previno anticipadamente al
pueblo, mediante la lectura en los templos de una carta pastoral.
En respuesta, el secretario de Gobernación, Adalberto Tejeda,
acusó al clero de propiciar la rebelión contra las
disposiciones del gobierno. Elías Calles ordenó que
se tomasen las medidas indispensables para obligar a los católicos
a cumplir la ley. El arzobispo de Michoacán, Leopoldo Ruiz
y Flores, acompañado del obispo de Tabasco, Pascual Díaz;
consiguió una entrevista con Calles, quien les dijo: "Sólo
tienen dos caminos: o acudir al Congreso o tomar las armas".
Los
católicos presentaron al Congreso una petición firmada
por dos millones de ciudadanos, en la cual exigían un cambio
a las leyes para que la Iglesia tuviese un mínimo de libertad.
El 23 de septiembre de 1926, el Congreso rechazó la demanda.
Ante la negativa del gobierno callista, los obispos redactaron una
carta pastoral conjunta en la que le hacían saber a Calles
que, ante Dios y los hombres, ante la patria y la historia, protestaban
enérgicamente contra la Ley Calles y, que con el auxilio
del pueblo de México, trabajarían para que esa ley
y otras antirreligiosas de la Constitución fuesen reformadas,
y que no descansarían hasta conseguirlo. La declaración
de guerra estaba dada. Los primeros levantamientos armados habían
empezado aisladamente desde agosto. Entre este mes y diciembre de
1926 se registraron 64 levantamientos en los estados de Jalisco,
Guanajuato, Michoacán, Guerrero y Zacatecas.
El
21 de octubre de 1926, Calles dio a conocer la modificación
del Art. 83 constitucional, que prohibía volver a desempeñar
el cargo de presidente de la República. Le despejaba el camino
a Alvaro Obregón para que, reeligiéndose, pudiese
ser su sucesor.
Ante
la ola antirreligiosa que barría el país, Anacleto
González Flores recordó las palabras de Lacordaire:
"En presencia de una legislación rudamente opresora
no hay que pedir la libertad del derecho, debe uno tomársela
y defenderla". Por tanto, en compañía de otros
hombres que como él creían en la defensa de los derechos
dados al hombre por Dios, decidió comenzar, en enero de 1927,
una guerra de guerrillas en los Altos de Jalisco. Este movimiento
clandestino, inspirado en la lucha de los irlandeses por su libertad
o en la de los judíos a lo largo de la historia, se convertiría,
al paso del tiempo, en una guerra abierta al gobierno en donde morirían,
al grito de ¡Viva Cristo Rey! miles de católicos mexicanos
defendiendo heroicamente su fe. Esta guerra es conocida en la historia
de México, como la Guerra Cristera.
C.A.S.B.-
Mérida, Yucatán, diciembre de 2002. (Continuará).
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