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Las palabras genio e inmortal son adjetivos que suelen acompañarse
y que rara vez se aplican con justicia. Movidos por la grandilocuencia
y por la emoción, a veces nos da por adjudicarle estos atributos
a los hombres que admiramos, pero no todos pasan la prueba, Beethoven
sí.
El
genio se refiere a la facultad extraordinaria, a la dimensión
de la obra, a la capacidad de crear no de acuerdo con los cánones,
sino de crear los cánones mismos.
La
inmortalidad no se refiere desde luego a la condición biológica
sino a la presencia espiritual, al hecho de nacer y renacer en plenitud
todos los días albergado en la memoria de un pueblo, en el
corazón de un hombre o de una mujer que ama, en el alma de
quien busca consuelo, en la pasión de quien enciende un fuego.
Aunque
comparado con otros músicos, Beethoven no fue particularmente
prolífico (Mozart escribió más de 20 conciertos
para piano, Haydn 107 sinfonías) el alcance de su obra es
universal y su creación inauguró para el mundo un
nuevo estilo: el romanticismo. Su obra es introspectiva y pasional;
sus temas son el amor, la naturaleza, el hombre mismo, el bien,
la libertad.
Entre
los grandes biógrafos de Beethoven destaca Romain Rolland,
quien además de ser un escritor galardonado con el premio
Nóbel de Literatura (1915) estudió música y
filosofía y con ese acervo intelectual dedicó tres
obras a la vida y a la obra de Beethoven: una biografía novelada,
"Juan Cristóbal"; un ensayo crítico, "Beethoven,
las grandes épocas creadoras" y una biografía,
"Vida de Beethoven", que contiene tres apéndices
que recogen el pensamiento íntimo del músico alemán
expresado en su testamento, sus cartas y sus opiniones sobre la
música. Frases que revelan a un hombre profundo, indómito
y tierno.
Hay
en esta colección de pensamientos de Beethoven consignada
por Rolland una recomendación pedagógica que bien
podría sumarse a los textos que deben aprender los maestros
de cualquier materia "Cuando vuestro discípulo consigna
en el piano la conveniente digitación y la medida justa...
no le hagáis detenerse en faltas leves, que sólo debéis
hacerle notar al fin de la pieza..."
Es
sabido que Beethoven era un hombre rudo e intolerante ante la falsedad
y la injusticia, así escribió, en 1792, una frase
que hoy convendría repetir frente a ciertos líderes
mesiánicos "Hacer todo el bien posible, amar la libertad
sobre todas las cosas y, aun cuando fuera por un trono, nunca traicionar
a la verdad"
El
lenguaje musical de Beethoven nos confronta tanto como su palabra,
lo mismo nos eleva a la más placida contemplación,
que nos sumerge en las más crudas pasiones. Sorprende saber
que era sordo, no es imaginable que tanta belleza y perfección,
que tanta fuerza proviniera de un hombre incapaz de escuchar a la
orquesta ejecutando su propia música. De aquí se desprenden
dos claves: la primera, que la música es un lenguaje interior,
un dictado del espíritu. La segunda, que la sordera acalla
el mundo exterior y permite escuchar con mayor nitidez lo que el
alma canta.
Esta
segunda idea fue magistralmente expresada por Wagner en el fragmento
de una carta que tomamos de: Beethoven. La fuerza de lo absoluto.
Philippe A. Autexier. Ed. Aguilar Universal Música, 1992.
"...ahora
el músico que ha quedado sordo: ajeno ya a los fastidiosos
ruidos de la vida, no oye sino sus armonías interiores, y
desde lo más profundo de su alma aún se dirige a ese
mundo, que para él permanece sumido en el silencio. De este
modo el genio, liberado del no yo, se concentra -y se limita a su
yo."
Nacido el 16 de diciembre de 1770, hace 232 años, Ludwig
Van Beethoven, este genio inmortal, nos legó una obra extraordinaria
en su música y su pensamiento.
(F.A.V.
Mérida, Yuc. Diciembre 12 de 2002)
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