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Ceguera de los dirigentes

Ciudadanía en pobreza

Por Fernando Pineda Morales
 


No necesitamos ser estudiosos de la pobreza o de la nutrición, y salir a la calle con un conjunto de herramientas teóricas y metodológicas, para darnos cuenta que la pobreza y el hambre nos acosan. Estos fenómenos, hoy asociados, no aparecieron de un día para otro en nuestra sociedad; la pobreza ha estado presente desde hace varias décadas; y, el hambre ha ido incrementándose paulatinamente dadas las precarias condiciones socioeconómicas en que se mantienen millones de familias en nuestro país. Pero lo que nos asombra hoy no es tanto la persistencia o el incremento de dichos males sociales, sino la ineptitud estatal y el fracaso de un abanico de programas asistenciales que en nada han ayudado a aliviar dichos problemas.

Tanto el hambre como la pobreza han cambiado ahora de lugar y se han desplazado de los sectores rurales hacia la periferia de las principales ciudades del país. ¿Hasta cuándo el gobierno federal dejará de permitir que en algunos estados y municipios el clientelismo y el enriquecimiento de algunos cuantos se logre con los recursos escasos destinados a combatir la miseria? ¿Deben continuar los campesinos tomando las instalaciones de las secretarías de Estado para que se les apoye en sus iniciativas?
Sabemos que estas preguntas no tienen respuesta fácil, pues juegan en ellas la deficiencia de nuestras burocracias y las facciones partidarias que insisten en captar más recursos públicos como cosa propia. De todos modos, estas cuestiones revelan la endeble legalidad democrática (según algunos, decrépita e insignificante) con que tenemos que hacer frente a la problemática.

Si la legalidad es una máscara que encubre la desigualdad, cabe preguntarnos ¿de qué vale conservar aquella ficción? ¿Tiene consistencia la ciudadanía democrática cuando más de la mitad de la población es pobre y un tercio se hunde en la indigencia? ¿No favorece esta situación a los demagogos populistas y a los astutos administradores políticos de la marginalidad?

Estos modos de ver la realidad no son nuevos y traen la discusión de antiguas polémicas, típicas de la Europa del siglo XIX, que en México y en algunos otros países de América Latina han recobrado una inusitada actualidad. Se trata de la querella entre libertades reales y libertades formales o, en términos contemporáneos, del contrapunto expuesto por Raymond Aron entre libertad y capacidad.

La primera versión (expuesta por Karl Marx, aunque no fue el único) postulaba una contradicción, imposible de resolver mediante la legalidad vigente, entre las libertades formales del constitucionalismo, cuyo disfrute pertenecía a unos pocos, y la libertad real que se les sustraía a millones de seres alienados. Marx entrevió el camino hacia una dictadura del proletariado (es decir, ejercida por quienes carecían de libertades reales) para superar este dilema.

En nuestra constitución existen varias libertades inscriptas las cuales deben complementarse con la capacidad de los ciudadanos para ejercerlas. La libertad es un atributo básico de la condición humana, que se va realizando a través del tiempo (Lord Acton decía que la libertad es, ante todo, una adquisición): una inteligencia creadora, sujeta a cambios y perturbaciones, que tiene por objeto acumular experiencias y perfeccionar nuestras potencialidades.

Pero podríamos cuestionarnos de qué libertad(es) se trata(n) cuando se arroja a millones de familias nuestras a un destino bloqueado por la ausencia de oportunidades. ¿De qué sirven esas libertades si no para producir ciudadanos de segunda o de tercera clase? Habrá que aferrarse pues a esta frágil legalidad para transformarla en un proyecto más apetecible, en un programa económico y social que busque aunar libertad con capacidad. Ese debería ser el horizonte. En el corto plazo, las imágenes de esas familias pobres y niños de la calle hambrientos reclaman el esfuerzo moral de satisfacer cuanto antes necesidades mínimas, el suelo elemental de lo humano. Sólo cuando se pierdan todas nuestras libertades despreciadas caeremos en la cuenta de cuán reales eran por más formales e intrascendentes que hoy nos parezcan.
En México no existe un esfuerzo colectivo para avanzar en la solución de problemas, esto nos explica porqué nuestros dirigentes -en todos los niveles de gobierno- no atienden a lo que realmente pasa en el fondo de nuestra sociedad. En la arena política, la lucha por los cargos y las candidaturas, ha dejado a un lado el tiempo de la autoridad, vale decir, la acción inmediata para poner la "casa en orden". Y no está por demás señalar que la historia también nos muestra que las democracias sucumben por la ceguera de los dirigentes. * Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM

 




 

 

 


 


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