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Botas y charcos...

De nuevo la Navidad

Por Lola Santiago
 


DEBO de estar ya envejeciendo porque priva el evocar el pasado más remoto y no el ayer que, por inmediato, debería estar más cercano. Y comienzan los anuncios en la tele sobre la Navidad, como siempre, demasiado pronto. Y no recuerdas la Navidad pasada, ni el año que se nos va, aún tan joven y ya muerto. No, recuerdas tus años mozos, a veces tu infancia. Y hoy, que llueve a rabiar y el frío campea por la calle y vuelves de una cita que ya has olvidado, sientes el calor del hogar, aunque se notan más que nunca las ausencias, pero te pegas, te agarras a la vida precisamente por eso, porque sabes que es un don precioso que deshojas día a día, en el calendario tan corto de la existencia.
Y mientras te cambias de ropa y te vas poniendo cómoda, con las viejas zapatillas que tan bien se amoldan a tus pies y que hay que ir jubilando ya, pero sabes que tardarás otro año en ejecutar esta decisión. Y te pones pijama y la bata y acudes de manera casi inconsciente al ordenador para ver si hay algún mensaje, y todo sigue igual y suena el ruido de la lluvia frente a tus cristales mientras tomas el último café del día, y te arrebujas en ti misma y se impone aquella imagen de tus siete años un día que para ti no era cualquiera, pues deseabas que lloviera, que se abrieran los cielos en canal, y cayera el agua hasta formar en la calle grandes charcos para romperlos con tus botas nuevas, tus famosas katiuskas negras de media caña, tan lindas, tan brillantes, que tenían, hasta en el nombre, sabor a lejanía.
Tu madre te decía que eran rusas, y a ti eso te sabía aun mejor si tus botas eran capaces de aguantar todos los charcos del pueblo, en una sola tarde. Pero no llovía ese día, ni al siguiente y tenías que esperar a veces más de una semana para estrenar tus maravillosas botas de agua. Amén de exóticas por lo de rusas. Y, en aquellos días, mientras esperabas que se abrieran los cielos y soltaran el líquido elemento, soñabas cómo serían los habitantes de aquellas regiones siempre con frío, mucho frío, y nieve en el invierno. Ya sabías cómo se vestían pues lo habías visto en un cuento y en el circo, y allí además tomaban vida, bailaban y, mientras cerrabas los ojos, danzaban de nuevo en tu cabeza frenéticamente con sus vestidos y cintas de mil colores, y sus botas katiuskas de piel blanca.
Y, por fin, un día llovió, poquito, pero llovió, y rompió los escasos charcos del pueblo con sus botas relucientes e inigualables. Y era Navidad. Y tenías vacaciones. Y mientras metía sus katiuskas en un delgado y escuálido charco, sonaban en todas las radios del pueblo los niños de San Ildefonso cantar la lotería. No había duda: ya era Navidad y estaba más contenta que nunca, incluso más contenta que aquellos niños que, con voz cantarina, decían los números premiados. Ella no necesitaba dinero. Qué mejor lotería que un poquito de lluvia y de música que formaban, ella y sus amigos, entrando y saliendo en los rácanos charcos del pueblo con unas botas de agua negras de media caña, recién estrenadas. En definitiva, con sus maravillosas katiuskas.

 


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