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DEBO
de estar ya envejeciendo porque priva el evocar el pasado más
remoto y no el ayer que, por inmediato, debería estar más
cercano. Y comienzan los anuncios en la tele sobre la Navidad, como
siempre, demasiado pronto. Y no recuerdas la Navidad pasada, ni
el año que se nos va, aún tan joven y ya muerto. No,
recuerdas tus años mozos, a veces tu infancia. Y hoy, que
llueve a rabiar y el frío campea por la calle y vuelves de
una cita que ya has olvidado, sientes el calor del hogar, aunque
se notan más que nunca las ausencias, pero te pegas, te agarras
a la vida precisamente por eso, porque sabes que es un don precioso
que deshojas día a día, en el calendario tan corto
de la existencia.
Y mientras te cambias de ropa y te vas poniendo cómoda, con
las viejas zapatillas que tan bien se amoldan a tus pies y que hay
que ir jubilando ya, pero sabes que tardarás otro año
en ejecutar esta decisión. Y te pones pijama y la bata y
acudes de manera casi inconsciente al ordenador para ver si hay
algún mensaje, y todo sigue igual y suena el ruido de la
lluvia frente a tus cristales mientras tomas el último café
del día, y te arrebujas en ti misma y se impone aquella imagen
de tus siete años un día que para ti no era cualquiera,
pues deseabas que lloviera, que se abrieran los cielos en canal,
y cayera el agua hasta formar en la calle grandes charcos para romperlos
con tus botas nuevas, tus famosas katiuskas negras de media caña,
tan lindas, tan brillantes, que tenían, hasta en el nombre,
sabor a lejanía.
Tu madre te decía que eran rusas, y a ti eso te sabía
aun mejor si tus botas eran capaces de aguantar todos los charcos
del pueblo, en una sola tarde. Pero no llovía ese día,
ni al siguiente y tenías que esperar a veces más de
una semana para estrenar tus maravillosas botas de agua. Amén
de exóticas por lo de rusas. Y, en aquellos días,
mientras esperabas que se abrieran los cielos y soltaran el líquido
elemento, soñabas cómo serían los habitantes
de aquellas regiones siempre con frío, mucho frío,
y nieve en el invierno. Ya sabías cómo se vestían
pues lo habías visto en un cuento y en el circo, y allí
además tomaban vida, bailaban y, mientras cerrabas los ojos,
danzaban de nuevo en tu cabeza frenéticamente con sus vestidos
y cintas de mil colores, y sus botas katiuskas de piel blanca.
Y, por fin, un día llovió, poquito, pero llovió,
y rompió los escasos charcos del pueblo con sus botas relucientes
e inigualables. Y era Navidad. Y tenías vacaciones. Y mientras
metía sus katiuskas en un delgado y escuálido charco,
sonaban en todas las radios del pueblo los niños de San Ildefonso
cantar la lotería. No había duda: ya era Navidad y
estaba más contenta que nunca, incluso más contenta
que aquellos niños que, con voz cantarina, decían
los números premiados. Ella no necesitaba dinero. Qué
mejor lotería que un poquito de lluvia y de música
que formaban, ella y sus amigos, entrando y saliendo en los rácanos
charcos del pueblo con unas botas de agua negras de media caña,
recién estrenadas. En definitiva, con sus maravillosas katiuskas.
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