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Aercel 18/Sep/2017

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Por: Uuc-kib Espadas Ancona.

No se me hubiera ocurrido ponerle al artículo “Papá” porque francamente hubiera sido algo muy cursi y sin duda así lo hubiera percibido mi papá. Sin embargo como me hiciera notar Efrén hace algunos días, ése ha sido para mi Aercel Espadas Medina a lo largo de ya más de medio siglo. Reservo su nombre para reñirle o para referirme a él en público. Es el caso. El segundo.

Aercel al fin ha recibido la medalla Eligio Ancona. Puedo decir sin empacho que ya se habían tardado. Y lo puedo decir no porque lo hubiera pensado al momento de conocer la muy grata noticia, sino sobre todo porque así lo declaró uno de los miembros del jurado universitario que decidió galardonarlo. Digamos que no puedo dejar pasar la ocasión de coincidir plenamente con su opinión. Este parecer va, sin embargo, acompañado de mi sincero y profundo reconocimiento a las personas e instituciones que le conceden hoy el galardón.

Más allá de mi orgullo filial, lo cierto es que Aercel, el arquitecto, hace ya cuatro décadas había construido un legado suficiente para merecer la distinción: la profesionalización de su oficio en Yucatán. La actual facultad de arquitectura nació como un esfuerzo personal de un reducido grupo de profesionales, la mayoría arquitectos, y otro de bachilleres aspirantes a estudiar la carrera en el estado, acompañados de sus padres. Hasta el momento, estamos hablando de 1973, había en el Sureste un puñado de arquitectos, y un casi absoluto desconocimiento social de la profesión. No contaré aquí una historia que viví pero de la que no fui ni siquiera actor secundario, eso le toca hacerlo a otros. Los extras, de cualquier forma, vemos cosas interesantes.

La escuela, nacida con el [Sorry, pa’; amicus Plato, sed magis amica veritas] pretencioso nombre de Instituto de Arquitectura y Urbanismo del Sureste, habitaba, con toda su amplitud de horizonte, en un pequeño local prestado “detrás de la peni”. Del IAUS recuerdo unos cuerpos geométricos de cartón de colores vivos, luego supe que eran cajas, pegadas a las paredes, y un amontonamiento de restiradores (palabra que, por cierto, ya ni siquiera aparece en el corrector ortográfico). Nada muy distinto de mi casa, pues. Recuerdo también alguna gran fiesta (en celebración de no sé qué hazaña, creo que un fin o inicio de semestre) donde por primera vez vi un barril de cerveza. Mucha alegría, guitarras, futuro y algún vomitón (cuyo nombre me reservo) en medio del salón. En esos días también se hizo familiar para mí la imagen de dos flacos que a mis diez años veía altísimos y que se presentaban de tarde en tarde en mi casa. El Shután y el Gato, los más activos del grupo de pioneros de la primera generación, llegaban en sus bicis de carreras -vamos, eran egresados del CUM- preguntando por “el arquitecto”.

De las mil y un grillas y jaloneos para sacar adelante el proyecto entendía poco y recuerdo menos, pero un día me di cuenta de que la escuela era una bola de muchos juniors y poquitos de otros, encabezados por un comunista. Tardé décadas en darme cuenta de que no podía ser de otra manera. Eran esos niños ricos los que con mayor facilidad podían apostar un par de años a su proyecto sin poner en riesgo su futuro. Del otro lado, ninguno de los arquitectos sedientos de glamour y que fueron abandonando el proyecto en busca de dinero estaba dispuesto a trabajar en la incertidumbre; por si fuera poco, se trataba de establecer una escuela pública, no un buen negocio. Aercel, el comunista, estaba dispuesto a dejar, como fue, años de trabajo, vida y formación de patrimonio en un proyecto de gran alcance social.

En 1975 la UDY admitió la escuela, y los estudios cursados por los alumnos fueron reconocidos. En algún momento, no recuerdo como, lograron permiso para instalarse en el ex-convento de Mejorada. El pretencioso proyecto del IAUS había fraguado. Espadas, el metarquitecto, diseñó y dirigió la construcción de la Arquitectura profesional en el Sureste de México. En la plataforma establecida en 1975 y desarrollada durante los siguientes seis años se funda, sin lugar a dudas, el espacio profesional de la Arquitectura en Yucatán y, en buena medida, el de la región.

Décadas después, la perspectiva profesional de Espadas sigue viva en la escuela que fundó. Los seis directores que en la ahora facultad lo han sucedido, por mencionar sólo un punto, han sido todos sus alumnos. Con acuerdos y disensos en lo profesional, lo académico y lo político se hicieron arquitectos bajo su directa influencia, en interlocución y a veces hasta en la confrontación. Pero, sobre todo, se formaron en su visión estratégica de la debida función social del arquitecto. De ese arquitecto ciudadano al que Aercel se refiere y que, unos mejor y otros peor, todos ellos han sido.

En 1982, sin embargo, Aercel y Maricarmen fueron expulsados de su obra, en una gala bajeza moral y humana, que se ensañó con ellos hasta forzarlos al autoexilio. El proyecto de una arquitectura comprometida con su sociedad no era aceptable para una mayoría social política e ideológicamente ubicada en una clara derecha. La fantasía del arquitecto en coche deportivo, constructor de “residencias” (como con verdadero entusiasmo llama un querido amigo a las casas de tamaño obsceno) y vacacionando en Aspen era mucho más seductora para pobres y ricos que la de un arquitecto trabajando para la gente café. Pero, sobre todo, la escuela representaba un cada vez más jugoso botín político y económico para distintos grupos. Adicionalmente, se vivía a nivel nacional un proceso de eliminación de la izquierda universitaria, que continúo implacable y se ha ido consumando con en el transcurso de los años. La actividad profesional, académica y política de Espadas estaba, sin embargo, lejos de estar acabada.

En 1983, presionados y en busca horizonte profesional y económico, el matrimonio marchó a Puebla. A esa que casi cuarenta años antes acogiera a la familia de mi madre en el destierro. Esa en la que Joaquín Ancona Albertos, su padre, ex-rector de la Universidad de Yucatán, revolucionara las matemáticas y su enseñanza, y en dónde, finalmente, descansarían sus restos. Maricarmen se convirtió así en exiliada de tercera generación, pues ya durante el Segundo Imperio Eligio Ancona había sido confinado a Cozumel.

Tras años de trabajo en la Universidad Autónoma de Puebla, ahora Benemérita, a principios de los noventas regresaron a Mérida, dónde al tiempo Aercel ganó por concurso una plaza de perito en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Esto ocasionó no sólo el disgusto del director regional, quien personalmente me había expresado su negativa al ingreso de Espadas, sino de diversos mercaderes de la construcción, algunos portadores de títulos de arquitectos. Temían, como en efecto ocurrió, que el nuevo perito pretendiera limitar sus actividades de destrucción del patrimonio edificado histórico, aplicando realmente leyes y reglamentos, y afectando así su enriquecimiento. Varios pronosticaron que era cuestión de tiempo llegarle al precio, algunos ya murieron de vejez en la espera.

En se defensa del patrimonio, Aercel ha enfrentado todo tipo de conflictos a lo largo de los años. Innumerables intentos de soborno, presiones del poder público y hasta la amenaza de la delincuencia organizada fueron inútiles para hacerlo claudicar de su defensa del patrimonio arquitectónico de Yucatán. Su rigurosidad alguna vez me llevó a quedarme con un libro que le enviaron de regalo y que él rechazó por considerarlo incompatible con su función, pero que me dio pena devolver a un potencialmente ofendido remitente. Me pasó lo mismo con un whiskey, pero sin la pena. Espadas, el combatiente, se mantuvo así en las trincheras, de la mano de la Ley.

En los últimos lustros, en paralelo a sus obligaciones laborales, Aercel ha intensificado sus actividades de investigador. En su calidad de iconoclasta, en el pasado destruyó exitosamente las nociones elementales e incorrectas sobre las que se había construido la historia de la traza urbana y la nomenclatura de Mérida, rescribiendo del todo sus fundamentos. En estos años ha seguido con la Casa de Montejo y con la Catedral de Mérida, con resultados semejantes. Aercel, el perito y el académico, han así hecho méritos para ganar, por segunda y tercera ocasión, el reconocimiento que hoy recibe Espadas.

En cuanto a Aercel, el hombre, puedo decir con total certidumbre que mi padre es Inmune a la seducción del dinero, de los poderosos y hasta del hedonismo. A sus 87 años vive sus días robándole horas al sueño para cumplir sus tres trabajos: el de prodigar sus personalísimos cuidados y atenciones a la compañera, no de su vida, sino de su existencia, mi madre; el de su empleo de tiempo completo en el INAH, donde devenga el salario con el que sostiene su hogar; y el de sus propias y amplias tareas de investigación fuera de la jornada laboral, con las que subsidia intelectualmente a la institución en la que labora. Ha asumido, como obligación personal, poner en negro sobre blanco su saber sobre la ciudad y la arquitectura, que no es poco decir. Se le puede ver, de vez en vez, circulando por las calles, que tantas veces ha recorrido, de esta Mérida a la que ha consagrado gran parte de su vida y su pasión. A bordo de su VolfsWagen ‘98, gruñón, preocupado, o las dos cosas, va sin duda dando a luz alguna idea, preferentemente de las incómodas para el orden establecido. Así lo seguiremos viendo muchos años... salvo que uno de estos días volveremos a poner en marcha el VW ‘67. El mismo, por cierto, que nos trajo a vivir de Puebla a Mérida en 1971.

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