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Confesiones 07/Jul/2017

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Por Guillermo Vázquez Handall

Los dos dirigen partidos de corte socialista, pero ninguno de los dos cree en esa ideología; ambos quieren ser presidentes de sus países, pero hacen todo lo posible para que eso no suceda; son cada uno, su propio peor enemigo.

A pesar de los contrastes de situación entre las dos naciones, empezando por el hecho de que España es una monarquía constitucional y su régimen es parlamentario, y el mexicano es un sistema republicano presidencialista, su desempeño bien puede mirarse a través del mismo espejo.

En el comportamiento de Pedro Sánchez, podemos encontrar una buena cantidad de similitudes con el de Andrés Manuel López Obrador, en todo caso las diferencias entre ellos resultan mínimas.

Básicamente lo que los identifica es la arrogancia, la terquedad y sobre todo una visión individual de las cosas, en las que la única verdad es la que ellos postulan, quienes no están de acuerdo están en su contra.

Pedro Sánchez, recientemente electo por segunda ocasión jefe del Partido Socialista Obrero Español, no atina a comprender que para ser presidente del gobierno tiene que esperar al término de la actual legislatura.

Que con el fin del bipartidismo en España, requiere no sólo de reposicionar al PSOE, también construir alianzas reales más allá del discurso y la foto, esencialmente con Podemos, de Pablo Iglesias, fuerza que le ha quitado poco más de la mitad de sus preferencias electorales tradicionales.

Sobre todo, que no hay condiciones para poder derrocar a Mariano Rajoy, porque independientemente del fracaso de la moción de censura, presentada en conjunto por Podemos y el PSOE, el Partido Popular sigue siendo aún sin mayoría legislativa, el más votado de España.

En ello median dos factores esenciales: el primero es el anterior intento de paralizar la investidura de Rajoy y convocar a nuevas elecciones -por tercera vez en un año-, que ocasionó una molestia generalizada en la sociedad y eso fue precisamente lo que provocó que el PP accediera a un mayor número de sufragios.

Por otro lado, no se puede dejar de lado que la actual crisis económica española fue provocada por el gobierno del socialista Rodríguez Zapatero y quien la está revirtiendo es Rajoy.

En términos pragmáticos, el problema del Partido Popular no se relaciona con su actual gestión de gobierno, que hay que reconocer está resultando tan efectiva, que no sólo ha resuelto la depresión, incluso está entregando cifras de crecimiento moderadas.

La coyuntura son los interminables escándalos de corrupción en los que están envueltos muchos de sus dirigentes, pero esa bandera quien la enarbola es Ciudadanos, no el PSOE.

Y aunque parezca contradictorio, Ciudadanos es precisamente el partido que facilito la investidura de Rajoy, con el que el PP habrá de negociar la autorización del presupuesto para el año siguiente, lo cual de suyo garantiza la vigencia y permanencia de la actual legislatura hasta su término constitucional en 2019.

Si la situación continúa de esta manera, es previsible que la alianza de facto aún con sus diferencias, entre el Partido Popular y Ciudadanos, siga manteniendo ventaja electoral.

Si Pedro Sánchez continúa en su actitud rupturista, sólo deja en claro que lo que lo mueve es una ambición enfermiza por el poder, que es la que está provocando rechazo general, especialmente entre los suyos.

Bajo esta perspectiva, quienes salen ganando son Albert Rivera, dirigente de Ciudadanos, que está convirtiéndose en un fiel de la balanza de corte moderado y por el otro lado, Pablo Iglesias, de Podemos.

Porque a Iglesias no le preocupa ni le interesa la presidencia del gobierno, sino ganarle cada vez más espacios y curules al PSOE, su intención manifiesta es convertirse en la segunda fuerza política nacional y por ende asumir la jefatura de la oposición.

Lo que es evidente es el error de estrategia, el análisis de contexto y cómo desempeñarse en esas condiciones, algo muy parecido a lo que está sucediendo en nuestro país en el previo de la sucesión presidencial.

López Obrador quiso derrocar al régimen en el poder, sino de hecho al menos en la sensación colectiva, derrotarlo antes de los comicios, promoviendo el anti priismo como factor determinante.

Si bien es cierto que esa sensación ha logrado permear, no ha sido contundente, el anti priismo tiene diversas aristas, sin embargo no parece que sea suficiente para dar por concluida la competencia antes de las campañas.

Más aún si se considera que el anti López Obradorismo también está acrecentándose de manera muy importante, lo que impone que quien logre construir un frente común en contra suya en el 2018, tendrá una enorme posibilidad de triunfo.

De lo que no hay duda es que en tiempos revueltos, lo que se pondera es la prudencia y el establecimiento de los equilibrios, en contraste con la entronización de figuras mesiánicas.

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