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Confesiones 12/May/2017

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Por Guillermo Vázquez Handall

Antes que se definiera quién sería el candidato del PRI a la gubernatura del Estado de México, los principales grupos de poder empresariales y políticos de esa entidad, tanto los pertenecientes como los afines a ese partido, ya debatían respecto a la que tendría que ser la mejor estrategia para la campaña.
Para ellos estaba muy claro que dependiendo de quien fuera el ungido, habría que establecer un mecanismo publicitario diferenciado y acorde a sus características personales.
Incluso, de forma independiente a las tácticas de las que echarían mano sus eventuales competidores y bajo la premisa de que por el tamaño geográfico y poblacional del Estado de México, la mayor complejidad radicaba en un diseño que favoreciera y cuidara a su candidato.  
Específicamente hablando del caso de Alfredo del Mazo, se reconocía de antemano que su imagen de corte elitista y su poco contacto con las denominadas bases, obligaría a un método en el que debería prevalecer la publicidad estática y masiva.
Se pretendía dejar en manos de los expertos la operación política para que fueran ellos quienes se encargaran de garantizar la votación, sin la intervención del candidato y su equipo cercano, quienes deberían circunscribirse únicamente a custodiar su imagen.
Del Mazo no es precisamente un político que conecte con la gente; por el contrario es repelente, adolece de capacidad para simpatizar, de modo que abusar de su presencia en eventos masivos, no daría el resultado esperado.
Por ello que una vez que se le nominó como candidato a la gubernatura, todas esas voces recomendaron, solicitaron y hasta suplicaron no exponerlo innecesariamente.
La preocupación fundamental era y es que si Del Mazo apostaba por el acercamiento físico con los votantes, corría el riesgo de no convencer a los que no son priistas y decepcionar a los que sí lo son.
Sin embargo, esas recomendaciones no tuvieron eco ni en Del Mazo ni en su equipo de campaña, que es un grupo donde se hace evidente la inexperiencia y, sobre todo, la soberbia, producto de haber integrado en posiciones claves a elementos que no tienen ni la habilidad ni el talento para ello.
Además, estos coordinadores hicieron patente de inmediato el contagio de esa enfermedad tan agresiva y recurrente en los políticos de nuevo cuño de marearse con sólo subirse a un ladrillo.
En términos de plantear una analogía que explique este fenómeno, bastaría decir que en el equipo de campaña de Alfredo del Mazo se ascendieron de facto a los capitanes a generales, sin pasar por los escalafones subsecuentes, ni respetar jerarquías.
Prueba de ello fue su participación en el debate de candidatos a la gubernatura, que representa el punto de inflexión que terminó por darle la razón a todas esas expresiones que con toda oportunidad se manifestaron en contra de exponerlo al juicio colectivo.
según ha trascendido, la mayor cantidad de personas que vio dicho debate en televisión fueron priistas y el efecto que causó la participación de su candidato, fue efectivamente muy decepcionante.
Del Mazo no tenía más opción que acudir al debate, pero desde ese momento su estrategia publicitaria no ha variado.
Esta situación está poniendo muy nerviosa a la clase política y empresarial priista de la entidad, porque más allá de lo que los otros candidatos puedan o no lograr, el asunto es que Del Mazo no siga debilitándose.
Hasta ahora se percibe que todavía existe una posibilidad de que el PRI conserve la gubernatura, gracias a la operación de las estructuras que -hay que decirlo-, son las mejores del priismo en todo el país, pero no gracias a la aportación de Del Mazo en lo personal.
De continuar esta tendencia, en lo que resta para la votación, el pronóstico puede cambiar radicalmente y consignar no sólo una de las peores derrotas históricas del priismo, peor aún perder su más grande e importante bastión.
Ante la enorme dificultad, más bien imposibilidad, de que el PRI pueda conservar la Presidencia de la República en el 2018, mantener el Estado de México significa literalmente, preservar un refugio fundamental para el futuro de ese partido.
Por esa razón, hoy el debate interno ya no se concentra en si la determinación de postularlo fue la correcta o no, ya que independientemente del resultado final es evidente que no lo fue. Hoy la coyuntura está en no perder por su culpa.
No se puede esconder a quién está buscando votos, pero tampoco se comprende que si sus características personales son las que juegan en contra del propósito, no se cambie radicalmente el formato que hasta ahora no sólo no da resultados, sino que más bien se está convirtiendo en su peor lastre.
El otro gran motivo de preocupación manifiesta es que aún con este diagnóstico no ha habido una intervención contundente para corregir de parte de Los Pinos y por supuesto mucho menos de la dirigencia nacional del partido.

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