MINAS ANTI-VEHÍCULO Y LA NUEVA CARRERA ARMAMENTISTA
Por:
María Cristina Rosas ( mcrosas@tutopia.com
)
Edición
875, 30/Julio/2006
Cuando en 1997 fue suscrito el Tratado de Ottawa para proscribir las minas terrestres anti-personal de la faz de la Tierra, parecía que finalmente se estaba logrando poner el dedo en la llaga de las armas convencionales que son las que fundamentalmente se emplean en los conflictos que tienen lugar en el mundo –destacando ciertamente, el empleo de armas pequeñas y ligeras. Como se recordará, prácticamente la totalidad de la guerra fría orientó el debate del desarme al tema de las armas nucleares, en tanto las armas convencionales recibieron menos atención. Con el fin de la guerra fría y extinta la Unión Soviética, se modificaron considerablemente los patrones de los conflictos en el mundo: otrora internacionales, a lo largo de la década de los 90 y hasta el día de hoy prevalecerían los de carácter intra-nacional. Asimismo, el empleo de armas pequeñas y ligeras se acentuó, debido a que las partes en conflicto no necesariamente contaban en todos los casos con los recursos para allegarse sistemas sofisticados de armamento, máxime si se trataba de grupos insurgentes, clanes, etcétera. Baste recordar que el revanchismo étnico visto en el genocidio perpetrado en Ruanda entre abril y junio de 1994, se llevó a cabo con machetes.
María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com
Cuando en 1997 fue suscrito el Tratado de Ottawa para proscribir las minas terrestres anti-personal de la faz de la Tierra, parecía que finalmente se estaba logrando poner el dedo en la llaga de las armas convencionales que son las que fundamentalmente se emplean en los conflictos que tienen lugar en el mundo –destacando ciertamente, el empleo de armas pequeñas y ligeras. Como se recordará, prácticamente la totalidad de la guerra fría orientó el debate del desarme al tema de las armas nucleares, en tanto las armas convencionales recibieron menos atención. Con el fin de la guerra fría y extinta la Unión Soviética, se modificaron considerablemente los patrones de los conflictos en el mundo: otrora internacionales, a lo largo de la década de los 90 y hasta el día de hoy prevalecerían los de carácter intra-nacional. Asimismo, el empleo de armas pequeñas y ligeras se acentuó, debido a que las partes en conflicto no necesariamente contaban en todos los casos con los recursos para allegarse sistemas sofisticados de armamento, máxime si se trataba de grupos insurgentes, clanes, etcétera. Baste recordar que el revanchismo étnico visto en el genocidio perpetrado en Ruanda entre abril y junio de 1994, se llevó a cabo con machetes.
Estos hechos contribuyeron a que el desarme convencional ocupara un lugar más destacado, incluyendo a las armas pequeñas y ligeras, de las que las minas forman parte. El problema de las minas, que se encuentran sembradas especialmente en los países en desarrollo, derivó en un arduo trabajo de parte de diversos organismos no-gubernamentales que se coaligaron en la campaña que ganó el apoyo de gobiernos como el de Canadá, para, finalmente, suscribir el Tratado de Ottawa.
Hacia 2004, este tratado había sido suscrito por 152 países y ratificado por 144, con todo y que hay naciones como China, Rusia y Estados Unidos que no se han adherido a él. Empero, el esfuerzo de desminado del Tratado de Ottawa, se circunscribe únicamente a las minas anti-personal, es decir, a los artefactos explosivos emplazados para ser detonados por personas. Desafortunadamente el citado tratado no incluye la proscripción ni de las bombas de racimo, ni de las minas tipo claymore, como tampoco de las minas anti-vehículo.
Curiosamente ha sido EEUU junto con Dinamarca, el artífice de la proscripción de minas anti-vehículo desde 2001. Aun cuando Washington esgrime argumentos humanitarios –por ejemplo afirma que la repatriación de refugiados puede padecer a causa de la existencia de minas que pueden detonar al paso de los vehículos que los transportan-, lo cierto es que la administración Bush está apoyando el desarrollo de “minas inteligentes” –capaces de autodestruirse al transcurrir cierto tiempo desde su activación- y “detectables” –al colocarles algún elemento metálico que facilite su ubicación-, con el argumento de que esas “innovaciones” en las citadas minas no son tan costosas. EEUU ofrece asimismo la transferencia de la tecnología necesaria, sea para fabricar las “minas inteligentes” o para facilitar su detección. Washington aclara que estas innovaciones no serían aplicadas a las minas “viejas” –o sea, las que ya están sembradas en los suelos del mundo- sino a nuevas generaciones de minas. Cabe destacar que los estadunidenses insisten en que ya no fabrican minas, aunque siguen elaborando los componentes que permiten su existencia.
En este sentido, pareciera entonces que EEUU está reorientando el debate del desminado a favor de la creación de nichos de mercado para nuevas generaciones de minas, lo que en otras palabras significa que Washington seguirá valiéndose de estos sistemas de armamento a los que ha identificado como “demasiado útiles para los objetivos estratégicos del país.” Y dado que este es el peor momento para hablar de desarme, considerando las erogaciones por más de 500 mil millones de dólares que le asigna EEUU al gasto en defensa, no parece que el problema de las minas sea resuelto en el corto ni el mediano plazos.
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