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La problemática de las bombas de racimo
Edición 910, 29/Marzo/2006




María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com

A pesar de que la problemática del desarme ha recibido un duro revés a partir del 11 de septiembre de 2001, momento en que Estados Unidos decidió responder a los ataques terroristas de que fue víctima con una renovada carrera armamentista, es innegable que la existencia de ciertas armas convencionales y su empleo en diversos conflictos provoca daños irreversibles a la sociedad civil. Justo en este tenor se encuentran las llamadas bombas de racimo o cluster bombs.

Como lo sugiere su nombre, las bombas de racimo o de fragmentación son artefactos explosivos lanzados por vía aérea o terrestre y que, a determinada altitud se “abren” desplegando numerosas municiones de alto poder explosivo y que pueden ser incendiarias, antipista, antipersonal, perforantes, etcétera. Una bomba de racimo puede contar hasta con 300 municiones y en su despliegue puede alcanzar objetivos militares y civiles.

La problemática de las bombas de racimo es similar a la de las minas. En este último caso, se trata de armas de acción postergada que pueden estar activas hasta por 50 años, matando o lesionando a civiles inocentes mucho tiempo después de que hayan terminado los conflictos armados en que fueron sembradas. En 1997, la comunidad internacional decidió suscribir el Tratado de Ottawa para erradicar las minas terrestres anti-personal, con lo que la supresión de las armas pequeñas vivió un ambiente excepcionalmente positivo. Desde entonces, numerosas voces en el mundo postulan la necesidad de seguir avanzando en la eliminación de otros tipos de armas pequeñas, donde las bombas de racimo figuran de manera prominente, debido a que, cuando no explotan en el momento, se mantienen igualmente activas por mucho tiempo, pudiendo detonar mucho después de que la contienda que las generó, finalizó.

Así, existe una Coalición de bombas de racimo creada en 2003 a fin de difundir información que contribuya a detener el uso y la fabricación de este tipo de artefactos, además de que busca proteger a los civiles en los conflictos en que estas letales bombas son empleadas. Lamentablemente su empleo es muy común: se les ha usado en Chechenia, por parte del gobierno ruso; en Kosovo e Irak a cargo de la Gran Bretaña; en el Líbano por cortesía de Israel; y Estados Unidos ha recurrido a ellas en los conflictos en Afganistán, Irak, Laos y Kosovo.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) reporta que justamente en Irak, los niños suelen figurar entre las principales víctimas ante la existencia de bombas de racimo lanzadas por los países de la coalición desde la invasión de ese país en marzo de 2003. Ocurre que muchos infantes confunden a las bombas de racimo con juguetes. Algunas bombas de racimo son como pequeñas botellas, en tanto otras tienen cintas cortas y amarillas con papel de seda y los niños mueren o son gravemente heridos al contacto con ellas. En otros casos, los niños, deseosos de encontrar piezas de metal que puedan vender, son igualmente victimados por las citadas bombas.

Como es sabido, desde el momento en que estos artefactos no distinguen entre combatientes y civiles, están violando las Convenciones de Ginebra y numerosas disposiciones del derecho internacional humanitario, pese a lo cual, no existe un tratado internacional que las prohíba. Más allá del daño físico que causan a los seres humanos, las bombas de racimo inciden negativamente en el desarrollo de los países al impedir el uso de carreteras, tierras agrícolas, escuelas y hospitales entre otros.

Desafortunadamente, la desactivación de este sistema de armamento se enfrenta a múltiples problemas. Países como Estados Unidos justifican su fabricación y empleo como una “opción militar legítima.” El pasado mes de febrero, 46 países se reunieron en Oslo para acordar diversas medidas encaminadas a destruir las bombas existentes, limpiar las zonas en que éstas se encuentran y rehabilitar a las víctimas de las mismas. Con todo, parece que su erradicación tomará tiempo debido al contexto militarista imperante.



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