El legado de Boris Yeltsin
Edición
914, 27/Abril/2007
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María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com
El primer Presidente de la Rusia post-soviética, Boris Yeltsin, falleció el pasado 23 de abril de 2007 a los 76 años de edad. Se le recordará, ciertamente, como uno de los artífices de la desaparición de la Unión Soviética, y hay quien no dudará en considerarlo un paladín de la democracia debido al papel que desempeñó en el marco de la intentona de golpe de Estado del 18 de agosto de 1991, cuando los comunistas de línea dura encabezados por Vladímir Kryuchkov depusieron temporalmente el régimen del hasta entonces líder soviético Mijaíl Gorbachov. En ese contexto, Yeltsin se apostó en la Casa Blanca moscovita, desafiando a los golpistas.
Con todo, la disolución de la Unión Soviética colocó a la Rusia de Yeltsin en una dramática situación, debido al declive estrepitoso del producto interno bruto (PIB) del país; la “terapia de choque” que el régimen aplicó para “estabilizar” la economía, siguiendo los lineamientos del llamado Consenso de Washington; la disminución de la esperanza de vida, sobre todo en hombres, llegando a una media de 57 años –a niveles comparables a los de numerosos países en desarrollo; las tensiones con los nuevos países surgidos de las cenizas de la URSS; el separatismo de algunos territorios de la Federación Rusa, sobre todo Chechenia, etcétera.
Lejos de comportarse como un líder democrático, al paso de los años Yeltsin asumió facultades extraordinarias, reuniendo en su misma persona las facultades presidenciales y las de un primer ministro; y en 1993, tras un anuncio en la televisión en la que el mandatario ruso hizo saber a los espectadores que necesitaba ciertas atribuciones para llevar a cabo su programa de reformas y a pesar de que la Duma lo había enjuiciado declarándolo no apto para gobernar, Yeltsin, con el apoyo del ejército y de las fuerzas de seguridad, cercó la Casa Blanca y aplastó a sus adversarios políticos en ese fatídico mes de octubre.
Yeltsin gobernó a Rusia por dos períodos, el segundo de los cuales (que comenzó en 1996) se caracterizó por el incumplimiento de sus promesas de campaña, como mejorar los niveles de vida de la población, y detener las dolorosas reformas económicas que tantos efectos adversos le provocaban al nivel de vida de la población. Quizá su único logro fue poner fin a la desgastante guerra en Chechenia. Su Primer Ministro, Vladímir Putin, lo sucedería en el poder, luego de que en un sorpresivo anuncio televisado el 31 de diciembre de 1999, Yeltsin anunciara su renuncia al cargo.
El alcoholismo de Yeltsin –que incluso ha sido motivo de mofa hasta en la serie de dibujos animados de Los Simpson- afectó, sin duda, su desempeño como figura política. Al respecto, se recuerdan episodios lamentables como cuando llamó telefónicamente a William Clinton completamente alcoholizado, en enero de 1993 luego de que éste fuera investido como 42º Presidente de Estados Unidos; o cuando ambos sostuvieron un primer encuentro en Vancouver y Yeltsin, de nueva cuenta se encontraba muy ebrio; o en 1999, cuando se produjeron los bombardeos de EEUU y sus aliados contra posiciones serbias en Kosovo, y Yeltsin, molesto por esta situación, pidió a Clinton llevar a cabo una reunión urgente en un submarino; o cuando, estando en Finlandia, agradeció a los “reyes” de ese país por su hospitalidad –Finlandia es una república, no una monarquía-, además de confundir el nombre del país y llamarlo “Suecia”; o bien cuando en 1994, luego de un viaje efectuado a EEUU, Yeltsin iba a reunirse con el líder de Irlanda, Albert Reynolds, y nunca descendió del avión, debido a que estaba “sumamente cansado” (¿o ebrio?).
El ascenso de Putin al poder ha estado acompañado de una recuperación económica de Rusia, a la vez que la estatura internacional del país ha mejorado sensiblemente. Yeltsin fue una figura gris a la que correspondió gobernar a un país en transición. Pareciera entonces, que preparó el camino para tiempos mejores bajo la administración de Putin. Ese es su verdadero legado.
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