¿Hacia un Tratado Trasatlántico de Libre Comercio?
Edición
925, 14/Julio/2007
Cartas desde Berlín
María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com
Berlín, Alemania.- Desde que Estados Unidos tomó la decisión, en la segunda mitad de la década de los 80, de suscribir acuerdos bilaterales de libre comercio con países “seleccionados” –comenzando con Israel en 1985, siguiendo con Canadá en 1989 y luego con México en 1993, más su propuesta continental del Área de Libre Comercio de las Américas o ALCA en 1994-, una de las preguntas más recurrentes entre los especialistas en comercio e inversiones es si Washington estaría en condiciones de concretar acuerdos amplios de libre comercio con naciones como Japón o la Unión Europea (UE). La pregunta es pertinente, porque en la medida en que Estados Unidos negocia con Estados como los latinoamericanos, Israel e incluso Canadá, siempre resalta la asimetría imperante en el proceso, donde Washington puede –y lo hace- utilizar su condición de potencia mundial para ventilar las agendas que más convienen a sus intereses. Otra cosa por supuesto, sería negociar con países más “simétricos” como Japón y los de la UE, dado que, debido a las capacidades que éstos poseen, Washington no podría lograr que prevalezca únicamente su voluntad.
Con todo, en el caso de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea subsiste la idea de negociar lo que se denominaría Tratado Trasatlántico de Libre Comercio (o TAFTA por sus siglas en inglés). La idea no es nueva y se remonta, por lo menos, a 1990, cuando ambas partes emitieron la Declaración Trasatlántica, seguida, en 1995, de la Nueva Agenda Trasatlántica, en la que se ventiló la posibilidad de crear un Tratado Noratlántico de Libre Comercio (o NAFTA por sus siglas en inglés). El tema siguió siendo revisado en 1998, a propósito del anuncio de la Asociación Económica Trasatlántica, y, de manera más reciente, en 2005, cuando se dio a conocer la Iniciativa Económica Estados Unidos-UE. En este último caso, se identificaron como temas prioritarios a negociar la cooperación en materia de estándares y regulaciones, el fortalecimiento de la competencia en mercados de capital más abiertos, el fomento de la cooperación y el desarrollo tecnológicos, la protección de los derechos de propiedad intelectual, las inversiones, las políticas de competencia, las compras del sector público y los servicios.
Es interesante hacer notar que los europeos, particularmente Alemania, han dejado entrever desde 1995, el deseo por suscribir un TAFTA, sin lograr el interés de Estados Unidos –y de otros socios europeos como Francia. Por lo tanto, vale la pena preguntarse cuál sería el interés específico en una zona trasatlántica de libre comercio, cuando la media arancelaria entre los dos socios –excluyendo a los productos textiles y agrícolas- es del cuatro por ciento. Es de suponer entonces, que más que las reducciones arancelarias, las prioridades en una negociación de este tipo estarían en un acuerdo amplio que debería incluir aspectos como barreras técnicas al comercio, la integración de los mercados financieros y de capitales, aspectos de las leyes anti-monopolios y políticas de competencia, las inversiones, el medio ambiente, y las políticas energéticas. Como se ve, se requerirían largas y arduas negociaciones para concretar un TAFTA en estas condiciones.
Con todo, visto desde otras regiones, el TAFTA parece la respuesta lógica de Occidente al ascenso de la República Popular China e India, quienes están logrando que, por lo menos en el terreno económico, las relaciones internacionales se inclinen a favor del continente asiático. Pero el TAFTA no sería deseable desde la óptica del estancamiento que prevalece en las negociaciones comerciales multilaterales al amparo de la Organización Mundial del Comercio (OMC), toda vez que las preferencias que se otorgarían mutuamente Estados Unidos y la Unión Europea, tendrían un impacto sistémico en la economía global, discriminando, además, al resto del mundo. Por ende, es en las negociaciones multilaterales donde residen las mejores soluciones a los problemas del mundo, claro, siempre que exista la voluntad política de los actores más poderosos, como Estados Unidos y la UE, para apoyarlas.
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