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¿A DÓNDE VA LA INTEGRACIÓN EUROPEA?
Edición 926, 20/Julio/2007




María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com

Berlín, Alemania.- Con 27 Estados miembros, la integración europea parece haber optado por privilegiar la ampliación sobre la profundización. Es decir, si se toma en cuenta que en los pasados 50 años, la hoy Unión Europea (UE) pasó de seis socios fundadores (Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, República Federal de Alemania, Italia y Francia), a nueve en 1973 (Gran Bretaña, Dinamarca e Irlanda), a 10 en 1980 (Grecia), a 12 en 1986 (España y Portugal), a 15 en 1995 (Suecia, Austria y Finlandia), a 25 en 2004 (Letonia, Lituania, Estonia, Eslovaquia, Hungría, Polonia, República Checa, Malta, Chipre y Eslovenia), y a 27 en 2007 (Rumania y Bulgaria), con la expectativa adicional de que en algún momento se adhieran también naciones como Turquía (motivo de un encendido debate, por cierto), Croacia y Macedonia (los tres, candidatos oficialmente reconocidos), además de Albania, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Serbia (a quienes se vislumbra como posibles aspirantes), vale la pena preguntarse si esta expansión geoeconómica y geopolítica fortalece, al menos en el corto plazo, al ambicioso proceso de integración de Europa.

Las asimetrías entre los diversos socios son visibles. Por ejemplo, comparando el ingreso per cápita (medido en términos de capacidad de compra) que impera en distintas urbes europeas, se observan disparidades brutales entre la ciudad alemana de Frankfurt (con € 68 751 euros) o la francesa París (con € 67 980 euros), respecto la región nororiental de Rumania (€ 5 070 euros), o bien la ciudad búlgara de Severozapaden (con € 5 502 euros). Es cierto que a diferencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la UE cuenta con fondos estructurales que buscan disminuir asimetrías como las descritas, financiando distintos proyectos de inversión para favorecer el desarrollo de las zonas más pauperizadas entre sus miembros. Los fondos estructurales y de desarrollo regional son una gran ayuda, pero la reducción de las asimetrías tomará tiempo y dependerá de numerosos factores. Es innegable, por ejemplo, que gracias a los fondos estructurales, España e Irlanda, por citar dos casos, han vivido un desarrollo espectacular. Sin embargo, su adhesión a la hoy UE ocurrió tras 16 años luego de la creación de las comunidades europeas en el caso irlandés, y tras 29 años en el caso español. En contraste, la UE pasó de 15 a 27 miembros en un período de 12 años y todos los recién llegados, sin excepción, tienen una media de desarrollo inferior a la imperante en la UE de los 15 –esto es, antes del 1° de mayo de 2004.

Europa ha cambiado mucho desde la segunda mitad de los 80 al día de hoy y las naciones de Europa oriental que hoy forman parte del proceso de integración son más democráticas y estables que en la guerra fría. Sin embargo, pareciera que la ampliación a nuevos miembros ha sido muy veloz, tanto, que los ciudadanos comunes y corrientes manifiestan sentimientos encontrados. ¿Por qué parte del presupuesto comunitario debe destinarse a países como los de Europa oriental, siendo que en la propia Alemania, tras la unificación de 1990, subsisten disparidades que demandan recursos cuantiosos –y que, dicho sea de paso, deberían ser prioritarios, al decir de muchos, por encima de las asignaciones que Bruselas –con recursos de los contribuyentes alemanes, entre otros- le otorga a Letonia, Hungría o Polonia? Claramente la UE apuesta al futuro, porque sabe que a la larga, la pobreza de ciertas regiones se revertiría contra el proceso mismo de integración. De ahí el interés por subsanar estas deficiencias.

Con todo, la Europa de los 27 tiende a desdibujar los roles que tradicionalmente se les reconocían a sus miembros. Con ironía hasta no hace mucho se decía que el paraíso es aquel lugar donde los policías son británicos, los cocineros franceses, los mecánicos alemanes, los amantes italianos y todo aquello lo organizan los suizos. En cambio, el infierno es aquel otro donde los cocineros son británicos, los mecánicos franceses, los amantes suizos, los policías alemanes y todo aquello lo organizan los italianos –ojo, que no hay que olvidar que Suiza no es miembro de la UE. Hoy, con tantos socios nuevos, es difícil saber quién organiza y dispone apropiadamente del proceso europeo de integración.

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